miércoles, julio 08, 2009

Tío Víctor

Eso pasó hace casi veinte años. A mediados de los noventa. Toqué el timbre y Orlando me abrió la puerta. Era una casa vieja y enorme, la casa de sus padres, en la que vivían desde hacía años solamente Orlando y sus dos hermanos menores (papá y mamá se habían mudado a Sabana de Torres), aunque de vez en cuando llegaban a dormir algunos familiares y amigos de la familia que estaban de visita en la ciudad o se habían quedado sin dónde pasar la noche. Esa tarde íbamos a jugar de nuevo Texas Hold’em, pero lo primero que me dijo al abrir la puerta fue “Venga y le muestro”. Caminamos por el largo pasillo, cruzamos la sala comedor y entramos al cuarto en el que Orlando solía dormir pero que desde hacía semanas ocupaba un tío de unos cuarenta años que vivía en Ráquira o Simacota y que estaba de paso por Bucaramanga. Fue bueno mientras Orlando ocupó el cuarto: era grande y muy caluroso, no tenía ventanas hacia la calle, el techo de vigas de madera se elevaba cuatro metros del suelo, y si cerrábamos la puerta y apagábamos la luz no se veía ni mierda. Durante todo ese semestre que siguió a nuestra graduación Jaimito, Orlando y yo (los tres nos habíamos salvado del servicio militar y no habíamos podido o no teníamos ganas de empezar una carrera) nos encerrábamos a cualquier hora del día a fumar marihuana y a beber cerveza y a escuchar a Café Tacvba o a Faith No More, y si estábamos de buenas nos acompañaban unas amiguitas del barrio que en plena oscuridad se dejaban manosear y lamer, y a veces nos calentábamos tanto que nos subíamos todos a la cama y nos tocábamos mutuamente sin distinciones de género. Cuando prendíamos de nuevo la luz teníamos las mejillas y los ojos salpicados de rojo y a las chicas el pelo se les aplastaba en la cara y se les metía en la boca. Las paredes siempre quedaban empapadas y nos preguntábamos de dónde putas sacábamos tanto sudor. Pero un año más tarde esos ritos se habían acabado, y lo primero que sentí al entrar en el cuarto, esa tarde, fue un punzante olor a vómito, a mierda y a desinfectante.

––El tío Víctor está horita en el hospital ––dijo Orlando al verme recular y taparme la nariz con las manos.

––¿Qué putas fue?

––Anoche, en la madrugada… Se puso a gemir tan fuerte que nos despertó a todos. Al principio pensamos que había llegado borracho otra vez, pero no, se oía rarísimo, como un perro con bozal al que están matando a palos. Abrimos la puerta de una patada. Había manchas amarillas, marrones y verdes hasta en el techo. No se imagina la pisquita, con decirle que ahora huele rico. Llamamos una ambulancia y se lo llevaron. En medio del boleo nos dimos cuenta de que se había jartado completo el tarro de Baygon que teníamos debajo del lavadero.

––¿Y eso por qué?

––Ni puta idea. Anda agarrado con la tía Sara, se habían separado y la vieja se quedó con los chinos. Y como que también está varado, sin trabajo ni una mierda. Pero en general quién sabe.

––Todo un loser ese man.

––Vamos a la tienda por unas polas.

Mientras jugábamos traté de imaginar lo que había sentido el tipo cuando tomó el insecticida. Recordé cierta escena de Alien, y llegué a sentir náuseas, pero eso fue todo. Lo mejor es, sin duda, pegarse un tiro. Eso pensé y me olvidé del asunto. Estuve un rato gritando de júbilo porque les gané a Orlando y a los hermanos cinco mil pesos.

Pero ahora que contemplo este espejo sucio lo recuerdo. Ahora recuerdo muy bien a ese señor, sus gestos y las cosas de las que habló algunas semanas después, cuando nos encontró jugando en el comedor y se nos acercó. Su monólogo era banal o no tenía mucho sentido entonces, y tampoco parece tenerlo ahora, pero siento que algo se agazapaba tras esas palabras, una pregunta que cuando tenía diecisiete años no podía (no debía) siquiera imaginar, y a la que ahora me estoy aproximando ya sin prevenciones, como si me encogiera de hombros en una playa oscura mientras siento que se acerca un huracán.

Llegó del hospital un par de días después, luego de no se sabe cuántos lavados de estómago, y según Orlando estaba idéntico, tal vez más flaco y más afable que de costumbre. El día que lo vi (nunca lo había visto de cerca) estábamos jugando Texas Hold’em, se acercó a la mesa y nos saludó de mano, sonriendo. Era una sonrisa extraña, para nada fingida. Tenía los ojos hundidos casi por completo en unas ojeras que parecían dos pozos marrones y verdes, y la frente y las mejillas estaban surcadas por arrugas como grietas. Llevaba bigote y sudaba copiosamente. Se veía viejísimo. Posó su mano derecha sobre el hombro de Orlando, se lo quedó mirando a los ojos sin decir palabra y le sonrió como si estuviera borracho.

––Ole, mijo ––empezó a decir––. Mijo, muchas gracias. Estoy muy apenado con usted y sus hermanos, pero quiero darle las gracias, de verdad.

––No pasa nada, tío.

––No, no, no… No, mijo, no sabe todo lo que sumercé hizo por mí. Se lo agradezco con toda el alma.

––Está bien, tío.

––¿Ole, y qué es lo que juegan?

––Nada… póker.

––Ah… ¿y será que me dejan acompañarlos un ratico?

––Mmmmmm… Juepuerca, tío, ya está como avanzado el juego… Pero sí, no hay problema. Coja silla.

––Gracias, mijo… ¡Uy!, ¿pero es que están apostando plata?... Ja, ja, no jodan, yo ando sin cinco… No, no, no, más bien los miro jugar, sigan, sigan ustedes.

El hombre se sentó a mi lado. Por un rato no dijo nada, miraba simplemente el movimiento de las cartas, pero con él ahí el ambiente se había puesto pesado, empezamos a jugar sin ganas y decíamos lo estrictamente necesario.

––Planto.

––Doblo.

––No voy.

––¡Vida hijueputa!

Entonces se puso a hablar, sin levantar los ojos de la mesa.

––Mijo, yo me voy ya la próxima semana, me voy pa Zapatoca a ver si me sale un trabajito donde un primo que tiene una droguería. Ya no los voy a molestar más por acá.

––No es molestia, tío.

––Es que ya no puede uno seguir así de un lado pa otro, mijo, viendo a ver qué revienta, viviendo al día. Eso es mal negocio, eso le jode a uno la vida, mijo, vea que su tía Sara no se aguantó… ¡Puaj!... Lo de Zapatoca ya es lo último, allá sí me quedo quieto.

Nadie dijo nada y seguimos con el juego. Yo tenía una mano malísima.

––Muchachos, ¿y ustedes qué, qué están estudiando?

––Errr… Ingeniería civil ––carraspeé.

––Derecho ––dijo Jaimito.

––Ná… ––murmuró Orlando.

––¡Eso, muchachos, me parece muy bien! Tienen que estudiar, tiene que gustarles mucho lo que hacen, cogerle el gusto y quedarse en eso toda la vida…

Orlando resopló largamente.

––Sí, muchachos… eso no se pongan con maricadas, a andar metiendo vicio ni nada de eso… no anden metidos en putas y aguardiente, párenle bolas a sus mamás. ¿Sí me escuchan, pelaos?... Y esto de andar con el juego tampoco, yo que pensé que era por recochar un rato pero me doy cuenta que están es dándole duro a las apuestas, eso no se puede, muchachos, no.

––Está bien, tío, tranquilo ––dijo Orlando palmeándole la espalda a tío Víctor.

––¡Muchachos, ojo con las putas! ¡Si tienen plata ahorren, ahorren, pingos! No se pongan a hacerle caso a brujas y adivinos, ni anden metiéndose con taitas de esos del putumayo y tomas de yagé, ni con lectura del chocolate ni nada… Yo sé por qué se los digo, hijitos… No vean de esas películas de muertos y de aparecidos… Eso pónganse a trabajar mejor, denle duro al trabajo, piensen todo el día en su casa y en sus hijos, en su mujer, quiéranla mucho, respétenla, no se metan con maricas, con locas de esas que se ponen tetas… Quieran su tierra, ¡la tierrita, pelaos, la tierrita que los parió…!

––¡Que bueno, tío Víctor! ––exclamó Orlando, sin hacer el menor esfuerzo por ocultar su impaciencia.

El tío se quedó callado treinta segundos. Luego se paró de la silla de totazo, como si un bicho le hubiera picado una nalga, y nos estrechó la mano a todos sin mirarnos mientras repetía casi en un murmullo “gracias, gracias, qué pena con ustedes, muchachos, gracias”. Luego se encerró en su cuarto.

Orlando se bebió un trago largo de cerveza. Yo conté la plata que había sobre la mesa y propuse que continuáramos con el juego. A todos les pareció bien.

No volví a saber nada del tío Víctor, y tampoco pregunté nunca por él. Ahora es de madrugada y alcanzo a oír la música fuerte y las carcajadas de Miguel y de las dos putas allá en el cuarto en penumbras. Una de ellas me llama insistentemente. Siento que afuera sigue nevando. Me quedo mirando las dos líneas de coca sobre el espejo, y contemplo también mis ojos secos y abismales y las ojeras como dos platos negros. Le sonrío a mi propia imagen y la barba se me expande por las mejillas. Aspiro.

 

© Jorge Mario Sánchez, 2009.

10 comentarios:

Mofeta dijo...

porque eliminaste tu blog? me gustaba

buen cuento

Jorge Sánchez dijo...

Gracias, me inspiré en tus perros pintores y cantantes, por eso puse perros que juegan póker.

El otro blog está muerto, pero igual yo creo en la resurrección.

Anónimo dijo...

hacelo resucitar pronto, Jorge, porque de momento no tengo donde parar.

Anónimo dijo...

Gracias por volver tan pronto! (eres un poco fácil?, te hubieras hecho rogar por los fans, jaja).

En cuanto al cuento, el tío Víctor se robo la historia sin aspirar ni una sola línea.

Jorge Sánchez dijo...

¿Seguro volvió el otro blog?

Anónimo dijo...

eh...se acaba de ir...jaja, te gusta juguetear con el deseo ajeno, eh!, da muy gato de Cheshire.

Anónimo dijo...

y el otro blog :(? lo quiero devuelta..

Anónimo dijo...

ponte de rodillas y ruegale a san jorge

Jorge Sánchez dijo...

Hummm... Estos días me he dado cuenta que lo que escribo sin pensar en los posibles lectores me sale mucho mejor. Como que me hace bien la libertad. Qué dilema, quería resucitar el otro blog, pero ya ven.

PD: Anónimos, favor revelar sus identidades.

Anónimo dijo...

La identidad me cae como a tí te cae la libertad.