Tatiana Acevedo. Esposa de Antonio Guzmán. Diseñadora de interiores independiente y ama de casa. 35 años.
Llevo quince días tratando de organizar mis recuerdos, de entender todo lo que ocurrió durante las últimas semanas, de descifrar gestos, detalles, cualquier cosa que haya pasado por alto. Antonio, ahora lo sé, estaba pidiendo ayuda a gritos y yo no sabía qué carajos hacer. En estos momentos estoy concentrada en la demanda a Compacta, y busco con toda mi alma hundir a Leobardo Avellaneda, y déjeme decirle que no me importa quién se crea él, o el hecho de que salga en televisión o en revistas. Él es el causante principal de todo esto, y lo vamos a hacer pagar.
Ana María Serrano, ex asistente de gerencia de Compacta S.A. 23 años.
Ese jueves llegué a la empresa mucho más temprano que de costumbre, a las seis de la mañana. Me abrió el portero. El primer piso estaba oscuro y solitario. Había una luz titilando en el segundo piso, al final del largo pasillo rodeado de cubículos, en la oficina de Antonio. Allí estaba él, de espaladas a la puerta, trabajando en el portátil. Me dio la impresión que la oficina olía a sudor frío. Una de las lámparas de neón estaba mal y la luz temblaba desagradablemente. Antonio había colgado el saco en el espaldar de la silla y se había quitado la corbata. Lo saludé y le pregunté que si también le había tocado madrugar. “No me he ido”, fue su respuesta. Tenía una mirada extraña: no buscaba mis ojos, se quedaba viendo fijamente un punto por encima de mi cabeza, y se frotaba la barbilla con la mano. Entrecerraba los párpados; los inferiores estaban más hinchados de lo normal.
A las diez llegó Leobardo, y Antonio y él duraron encerrados en la sala de juntas alrededor de cinco horas. Creo que ni siquiera almorzaron. Dolores entró varias veces con la bandeja de los tintos. Lo único que alcanzábamos a oír era la risa de Leobardo. Él tiene una risa muy potente, que se oye desde cualquier parte de la empresa. No los sentí discutir ni nada por el estilo. Además, siempre me pareció que Antonio le tenía un respeto exagerado a Leobardo, y nunca le levantaba la voz.
Eso es todo lo que recuerdo de aquel día. Renuncié una semana después. No me gustó para nada que a pesar de todo hubieran hecho el baile de integración ese mismo sábado, ni que hubieran asistido más de la mitad de los que trabajaron con Antonio, incluyendo a Avellaneda. Ese señor es una de las personas más… escalofriantes que he conocido. Soy católica y creo que las energías de un lugar influyen en las personas, así que no quiero tener nada que ver con Compacta ni con sus empleados.
Dolores Chivatá, servicios varios, Compacta S.A. 50 años.
Yo no le paro bolas a lo que dicen los ingenieros cuando entro con los tintos. No soy chismosa. Pero sí me acuerdo que ese jueves don Leobardo hablaba mucho y se carcajeaba con gusto. Es muy bromista, don Leobardo, siempre que hacemos reuniones de integración coge el micrófono y se pone a contar chistes y todos nos reímos. Es buen mozo, además. A mí me gusta estar cerca de él por la colonia que usa, y las chinas de la empresa viven pendientes de él, y dicen cosas que no repito acá por pudor. Don Leobardo tiene una personalidad… ¿cómo le dijera?... Y también tiene fama de perro, y dicen que entre él y don Tomás se han acostado con todas las muchachas bonitas de esta empresa, que mal contadas son veinte, y que hacen fiestas terribles en la casa de don Tomás, que vive solo porque es viudo. Quién sabe si lo digan por pura envidia, porque a las que les siguen el juego a los doctores las otras las tratan de vagabundas y cosas peores. Yo sé que don Leobardo tiene esposa, que es joven y bonita, pero no me parece pecado que le guste el baile y picar aquí y allá, a mis hijos les aconsejo que no sean pendejos, que los hombres están para hacer felices a las mujeres.
Con don Antonio no hablábamos mucho pero me parecía una persona correcta, un señor muy decente, sano, nunca vimos que se le fuera la mano con el trago en las integraciones, y un par de veces llevó a la esposa, una señora formal, de buena familia, elegante. A los hijos no los conocí. Pero ahora que lo pienso había algo raro en el ingeniero últimamente, tenía un no sé qué en los ojos, y cuando hablaba conmigo decía cosas que no se le entendían. Me acuerdo que hace como dos meses entró en la cocina y me preguntó que si yo sabía interpretar los sueños, y le respondí que la que sabía era mi señora abuela, y sin más me empezó a decir que las últimas noches había soñado mucho con el mar, que se sentía navegando en un bote pequeño y que miraba para todos lados y sólo veía el mar, y que detrás de él se alcanzaban a ver unas luces muy lejanas, una liniecita de luces, y él sabía que esa era la costa y que allá estaban la esposa y los hijos; pero lo que hacía era remar para el otro lado, hacia la línea del horizonte, que era brumosa y muy negra porque en ese lugar el cielo y el mar eran uno solo; ya estaba oscureciendo y una niebla muy densa empezaba a envolverlo y él sentía de pronto que algo –tal vez un pez gigante– golpeaba el bote desde abajo y lo hacía mover bruscamente y él quería entonces remar de vuelta pero ya no sabía dónde estaba la playa, no veía la línea de luces, no veía nada y le entraba miedo, le daba pánico esa oscuridad tan horrible y justo ahí lo despertaba el tum tum desesperado en el pecho, se despertaba medio ahogado, sudando, y ya no podía dormir más. Yo como de esas cosas no sé le respondía que tal vez lo que él quería era tomarse unas vacaciones, y que por qué no viajaba al Rodadero o a Tolú, le preguntaba que cuánto llevaba sin descansar, y él respondía que hace años y se quedaba callado, se servía un tinto y se iba. Varias veces me preguntó si era cierto que yo era muy devota de la Virgen de Chiquinquirá, y me pidió el favor de que le pidiera a la virgencita por él, para que le ayudara en el trabajo y le diera descanso… Pero válgame Dios, la verdad estuve tan ocupada esos días que se me olvidó mencionarlo en las oraciones. De todas formas, yo sé que la virgencita conoce mis intenciones y que éstas siempre fueron buenas.
El jueves ese no les escuché nada raro a los doctores, don Leobardo se reía mucho, y don Antonio también se reía pero no era una risa normal, parecía más la risa de un loro. Don Leobardo no pidió nada para almorzar, a pesar de que la última vez que entré ya eran como las tres de la tarde, pero don Antonio sí me miraba medio asustado cuando yo llegaba con la bandeja de los tintos. En la mesa de juntas había muchos papeles y unos planos, y don Leobardo estaba de pie y hablaba al mismo tiempo con don Antonio y con alguien más por el celular, y le tenía puesta la mano sobre el hombro. En el tablero habían anotado unas fechas: algunas estaban en negro y otras en rojo, subrayadas.
¿Qué más le digo, señorita? Aunque en general don Antonio era una persona muy tranquila, pienso que se le empezaron a ir las luces cuando se agarró con Carlitos, el mensajero… Pobrecito, estuvo aquí en la cocina llorando toda la tarde, y las chinas y yo nos turnábamos para consolarlo. Pero nada pudimos hacer, ese día se nos fue. Me da una lástima, él estaba pagando la carrera en el Sena con lo del sueldo. Desde ese día varias niñas de acá le cogieron rabia a don Antonio y comenzaron a hablar mal de él. ¡Dios nos perdone, pero si viera los chismes que se han armado! Yolanda y Karen, por ejemplo, andan diciendo que don Leobardo y la esposa del ingeniero tenían su cuento, que don Antonio lo sabía todo pero que le daba miedo, que se estaba volviendo loco, y que por eso pasó lo que pasó. ¿Se imagina? En esas cosas prefiero no meterme, y cuando oigo a esas viejas hablar así les digo que respeten, que la Virgencita las está oyendo, y sólo así se calman un poco.
Es que aquí creen que todo es burla.
Tatiana Acevedo.
Siempre fue normal que Antonio llegara tarde del trabajo algunas noches. Si eso ocurría, estaba tan agotado que comía sin muchas ganas, se sentaba a ver televisión y algunos minutos después ya estaba roncando, pero no se quejaba por eso. Sin embargo, a las pocas semanas de trabajo en Compacta las llegadas tarde se hicieron costumbre: nueve, diez, once de la noche, a veces más tarde… Todos los días, sin excepción. Y salía a la oficina a las seis y treinta de la mañana, incluso antes un par de días a la semana.
Marjorie Ordóñez. Consultora de marketing independiente. Ha realizado estudios de mercado y estrategias publicitarias para Compacta S.A. 32 años.
No recuerdo bien a Antonio Guzmán, la verdad. De hecho, no tuve tratos con la mayoría de empleados de esa compañía. Leobardo Avellaneda me lo presentó en una fiesta en casa de Tomás Ospina… Una fiesta privada, sólo éramos diez invitados o algo así, y por lo menos la mitad no trabajaba en Compacta. Me pareció una persona muy tímida, Antonio. No se destacaba mucho, y casi no recuerdo sus facciones, sé que no era alto, que su piel era blanca, que era el único que esa noche usaba traje y corbata, que tenía el pelo muy corto, y que cuando me lo presentaron no me miró a los ojos, pero luego lo descubrí un par de veces contemplándome desde el otro lado de la sala, y las dos veces se sintió avergonzado. En algún momento, después de haber tomado todo el licor que pudo, se acercó, me dijo algo que no recuerdo ahora, e intentó besarme. Yo se lo permití. No estuvo con nosotros hasta el final, y no lo volví a ver en las dos o tres reuniones a las que asistí después. Parece que algo le molestó. Tal vez el trago no le cayó muy bien. Quizá la esposa lo llamó y le pidió que se fuera para la casa.
… ¿Por qué me pregunta sobre Leobardo Avellaneda? ¿Qué tiene que ver en este asunto? Perdón por mi vocabulario, pero cada quien hace con su culo lo que le plazca. En fin, debería usted leer algunas revistas, como SoHo o Jet Set, para ver quién es Leobardo Avellaneda, el poder que tiene. No es la primera vez que intentan enlodar su nombre, y en una u otra ocasión lo han logrado, pero… ¿en realidad cree que a él le importa? Sin duda, le divertirá mucho que usted lo interrogue sobre esto. Y un consejo: sígale la corriente. Tal vez le dé justo lo que usted necesita.
Leobardo Avellaneda. Gerente general y socio accionista de Compacta S.A. 50 años.
¿Sabes que eres el tercer periodista que viene a indagar sobre Antonio Guzmán? Pero no te preocupes, estoy dispuesto a ayudarte. Además, eres sin duda mucho más agradable que el par de retardados que me entrevistaron antes… ¡Hum…! He olvidado por completo sus nombres. ¿Hace cuánto trabajas en El Observador?… ¿En serio?... Para ser tan joven no lo haces nada mal. Anda, come tranquila. Prueba el satay. ¿Ya te fijaste que en la mesa del fondo está el Ministro de Agricultura? En un rato te lo presento.
Bien. Antonio, Antonio… Me caía bien, Antonio. Me recordaba a mí mismo, hace muchos años. Tal vez demasiado, y no me gusta pensar en mi pasado. Soy de los que queman las naves… ¿En qué nos parecíamos? Pues en que yo también era un perfeccionista, creía que esa era la forma de escalar y conquistar el mundo. Era un idealista, por llamarlo de otra manera. Quería ser la imagen que me había formado de mí mismo, ser ese chico bueno, valiente, vigoroso, que sabía qué estaba bien y qué estaba mal, que vivía por encima de los otros y por esa razón podía servirles de guía. Pero mi juventud, comprenderás, no duró demasiado. La brutalidad del mundo me fue abriendo los ojos, y empecé a aceptar. Lo primero que acepté fue mi nulidad. En cierta forma me salvó haber conocido a Tomás, y el hecho de que me haya cogido cariño y haya tenido fe en mí. Si no… ya te imaginas qué hubiera pasado.
¡Es increíble la cantidad de basura moralista que dije en mi juventud! Y con ello, sólo buscaba ocultar mis verdaderos deseos… Pero toma más vino.
Jorge Loaiza. Representante legal de Sinergia Ltda. Antiguo gerente de proyectos de Compacta S.A. 35 años.
Leobardo Avellaneda es todo un personaje. Los del medio lo conocemos bien. Sabemos su trayectoria, las marranadas que ha hecho, la forma como se ha enriquecido. Pero tú no me estás preguntando eso.
Trabajé en Compacta un año, y siento que fue demasiado tiempo. Mi jefe inmediato era Leobardo Avellaneda. Tomás Ospina era el presidente, pero casi no se le veía y quien manejaba la empresa era Avellaneda, si es que podemos llamar “manejar” a lo que él hacía… y sigue haciendo, por lo que he sabido.
¡Y qué horror trabajar para ese tipo! Pero no siempre fue así. Cuando entré en Compacta lo conocía sólo de oídas y las referencias eran buenas. Al principio me pareció una persona muy correcta, sincera. Sentí que el hombre me había abierto su corazón, y eso me generó mucha confianza. Nos hicimos amigos. Y luego… Las personas que llevaban algún tiempo trabajando con él me empezaron a contar su historial. Avellaneda era el tema obligado de todas las charlas en la cocina. Muy pronto comprobé no sólo que los chismes eran ciertos, sino que el tipo era mucho peor de lo que había escuchado. Traté entonces de distanciarme de él; nuestra relación sería, de ahí en adelante, estrictamente laboral.
Pues bien, un par de meses después la simple fachada de la empresa ya me era intolerable –con ese logotipo inmundo que parecía una caja fuerte–, aunque, por obvias razones, trataba en lo posible de no pensar en ello y concentrarme en mi trabajo, que crecía con los días. No había un día en que Avellaneda no estuviera encima mío, revisando mis diseños, los informes, aconsejando mejorar esto o lo otro. Claro que a él sólo se le veía el pelo por las tardes, y sólo en casos excepcionales se iba de la empresa después de las seis.
Debo advertirte que me apasiona el trabajo, nunca me ha importado demasiado trabajar horas extra, y puedo tolerar bastante bien la presión. Nuestra profesión es así, y en todas las empresas en las que he estado el trote ha sido similar. Pero había algo en Compacta… De cierta forma me obsesioné con cada uno de los proyectos que tuve a mi cargo, los planos siempre estaban en mi cabeza, los clientes se me aparecían en sueños, y todo el tiempo estaba ideando formas de mejorar el diseño, de hacerlo perfecto. Eso está bien, lo sé… Pero el problema era que nunca alcanzaba esa perfección, de hecho sentía que las cosas andaban mal, que mi trabajo no era satisfactorio, que no estaba dando lo mejor de mí. Y estoy seguro de que él era el causante de ese sentimiento de culpa. Recuerdo su técnica: yo estaba sentado trabajando en unos planos y él se acercaba, ponía su mano sobre mi hombro y me miraba a los ojos. Me decía: “Jorge, ¿sabes que anoche estuve tomándome unas copas con el dueño del proyecto y con el interventor? Ese Alberto es un personaje, a pesar de que en los comités siempre se le ve serio y rígido… En fin, propuso que adicionáramos tal cosa, que mejoráramos esto y lo otro, etc., etc. Quieren descrestar al Presidente de la República en la inauguración. Es en un mes, ¿sabías?”. Obviamente, yo sabía que en un mes el proyecto no iba a estar terminado, y de hecho era la primera vez que oía algo respecto al nuevo plazo, ya que el cronograma inicial era mucho más holgado. Como sea, Avellaneda podía salir con una sorpresa de éstas cada semana, y nos encerrábamos a reconsiderar tiempos, presupuestos… Más de una vez tuve que quedarme todo un fin de semana trabajando para poder entregar el lunes, y ni hablar de pedir ayuda a los demás ingenieros, que generalmente estaban tan ocupados como yo.
Sin embargo, en ciertos momentos sus propuestas y recomendaciones (que en realidad eran órdenes) me parecieron tan absurdas que empecé a enfrentarlo, a discutir con él. ¡Pero qué tipo más extraño, ese Avellaneda! Algunas veces yo estaba tan molesto que comenzaba a vociferar, y él permanecía sentado en su silla, mirándome con una sonrisa, y cuando creía que yo había terminado de hablar me decía, con absoluta calma:
–Jorge: tú verás.
Pero yo sabía lo que eso significaba, y me sentía entonces peor, mucho más angustiado que antes… ¿Te importa si fumo?
En fin, a los pocos meses fundé mi propia empresa, Sinergia Ltda., con un viejo amigo de la universidad, y me largué de Compacta, no sin antes dejar listo el proyecto en el que andaba, la Embajada Americana, cómo te parece. ¡Y gracias a Dios me fui! No más cubículos azules, no más charlas motivacionales de los miércoles con yoga incluido, no más chismes de cocina, no más tinto de greca, no más fiestas de integración que terminan en escándalo, no más Leobardo Avellaneda.
De lo del ingeniero este, Antonio Guzmán, me enteré por los periódicos. Creo que el tipo exageró.
¿Eso es todo…? Espera, no te vayas aún… ¿Me repites tu nombre?… María Isabel, ¿quieres ir a tomar algo y charlar un rato… tú sabes, desestresarte…? Ok, entiendo… Suerte con tu artículo. ¿Cuándo saldrá publicado…?
Tatiana Acevedo.
Todo en él iba cambiando muy sutilmente… Sólo con el paso del tiempo pude darme cuenta de ello. Su trato con los niños, por ejemplo… Él los quería harto, los amaba más que a cualquier otra cosa. Y desde que nacieron se desvivía por ellos: cuando se enfermaban de una gripa corría al pediatra; se obsesionaba con que tenían que estudiar en el mejor colegio, e incluso se entrevistaba con los profesores; sacaba tiempo todas las noches para hablar con los niños, para preguntarles cosas, para jugar. Él era un niño con ellos, perdía la compostura durante los juegos, se dejaba llevar… Pero recuerdo una noche, cuando ya estaba en Compacta: tenía a Laura sobre las piernas, ella le hablaba de su profesora favorita, Sophie, la de inglés… Antonio le preguntaba cosas en inglés a Laura, y en esas le sonó el celular. Él miró el número y… ¡si usted lo hubiera visto!… sus ojos dejaron de brillar, la frente se le contrajo, su rostro entero se oscureció en un instante… Él miró ese maldito aparato durante unos segundos, y por fin contestó. Era Leobardo Avellaneda. Antonio me entregó a Laura y empezó a dar vueltas de aquí para allá mientras hablaba por teléfono. Se puso a pasarse la mano por la barbilla, un gesto muy suyo cuando estaba preocupado. Al rato colgó, se sentó de nuevo y se quedó mirando la pantalla del televisor, golpeando el brazo del sofá con los dedos. Le pregunté que qué había pasado, y tras algunos balbuceos me dijo que nada importante, que era algo de la oficina. No volvió a mirar a Laura, se quedó con el ceño fruncido viendo el televisor encendido y mordisqueándose el pulgar. Luego se fue al estudio a trabajar en el portátil, y estuvo ahí metido toda la noche… En algún momento le llevé un café y lo vi mirando uno de los cajones del escritorio, que estaba abierto. Lo cerró al verme entrar. Sentí un escalofrío, pero nunca he sido celosa y no le dije nada. Al día siguiente quise abrir el cajón, pero él lo mantenía siempre con llave, y fue entonces que recordé que ahí lo único que había, lo único que él había guardado desde hacía años… Pero en aquel momento no le di mayor importancia, y lo olvidé.
Mire, ese tipo de reacciones, como la de aquella noche, se tornaron en hábito. Como le dije, él empezó a llegar muy tarde en las noches (si es que llegaba), exhausto, serio, demasiado serio para su carácter, y ya nunca volvió a jugar con los niños, ni a preguntarles cómo les había ido. Ellos se resintieron mucho. En un par de ocasiones traté de hacerle ver este cambio, pero él gritaba y manoteaba, o golpeaba el sofá con el puño… Él, que jamás, en nuestros diez años de casados, había sido una persona violenta… Yo le preguntaba que qué le pasaba, y él evadía las preguntas, o mascullaba algo sobre el trabajo, las ocupaciones, el dinero… Nada concreto.
Ignacio Fuentes Solís. Amigo de Antonio Guzmán. Pintor de renombre, escultor, escritor, cineasta, chef, dive master, etc. 40 años.
Es una desgracia. La verdad, no me esperaba algo así. Estamos todavía en shock, Francesca y yo, que conocíamos tan bien a Antonio y a Tatiana. ¿Ala, deseas tomar algo? ¿Vino, scotch?...
No nos habíamos visto seguido con Antonio estos años, pero nos manteníamos en contacto. Las ocupaciones nos fueron separando, él enfocado en su labor de ingeniero, y como yo veía las cosas le estaba yendo bastante bien, creo que tenía muy buen puesto en esta empresa… eso, Compacta, gracias… Por mi parte, en los últimos cuatro años me concentré en sacar el proyecto de la productora, y, como sabrás, nos fue de maravilla con las dos películas que logramos concretar, Sólo vine a hablar por teléfono y el documental Días violentos. Las críticas fueron estupendas, Sólo vine… fue aplaudida en Venecia, y Días violentos en Cannes, y la taquilla en Colombia no estuvo tan mal, sobre todo para la adaptación de Gabo… No sé si te sea útil en tu reportaje, pero el mismo García Márquez nos dijo que habíamos logrado la única adaptación buena de una obra suya. Lastimosamente nos lo dijo en privado, como sabes él no es muy dado a alabar a alguien en público.
Bien, no quiero desviarme mucho del tema… Mejor dile a Enrique Cano que si le interesa podemos fijar una entrevista, ya sea contigo o con Jota, que ya ha hecho varias notas para el periódico sobre mi obra, y así hablamos un poco más sobre las películas, y sobre mi nueva exposición en Londres, que se viene ahora en febrero… ¿Te parece? ¿Quieres otro whiskey…? Qué pena, olvidé tu nombre… María Isabel. Qué musical, me gusta…
Bien, mira, no sé hasta qué punto pueda ayudarte con lo de Antonio. La última vez que nos vimos fue hace aproximadamente tres meses, y estuvo acá, en mi casa, cenando con Tatiana… Francesca y ella se llevan del carajo, y con Antonio nos conocíamos desde el colegio, imagínate… Tal vez por eso éramos tan buenos amigos, a pesar de que llevábamos vidas opuestas. Él en el colegio era aplicado, le iba bien sobre todo en matemáticas, pero igual era alegre y tenía sus noviecitas. En eso nos parecíamos, nos gustaban las niñas y nos la pasábamos detrás de ellas. Incluso las compartíamos. No estudiamos en la misma universidad, pero nos reuníamos de vez en cuando para ir a rumbear, y en una de esas salidas me presentó a Tatiana, que era y sigue siendo una mujer espectacular.
Justamente habíamos invitado a los Guzmán a cenar para celebrar lo bien que le estaba yendo a Sólo vine a hablar por teléfono, y teniendo en cuenta que ya nos habíamos reunido con medio mundo, excepto con ellos… En verdad, Antonio era el que me venía insistiendo con lo de la cena desde hacía semanas, y él era quien nos estaba invitando, pero no quise ni oír hablar de eso. O cocinaba yo, o no había cena. Fue una velada agradable, aunque un poco aburrida. Antonio no hablaba mucho, y cuando lo hacía siempre era sobre el proyecto que estaba haciendo en… ¿Compacta?..., y se le veía estresado, incluso asustado. A mi juicio, no podía sacarse ese maldito proyecto de la cabeza, el de HP o Petroquímicas, qué sé yo, y mira, te soy sincero, a mí la ingeniería me desagrada por completo, y se lo decía cada vez que tenía la oportunidad. Y esa noche se lo repetí varias veces. Pero le gustaba oírme hablar sobre mis pinturas, o mis guiones, o sobre las películas: esos temas le fascinaban, pero decía que cada vez le era más difícil sacarle tiempo a la “cultura” (esa era la palabra que usaba, imagínate), que no había vuelto a cine, que a veces en las noches cogía alguna novela y leía un par de páginas hasta quedarse dormido con el libro abierto, etc., etc. Te soy sincero, me parece terrible una vida así, dedicada a la oficina, día tras día tras día, y si no es la oficina son los hijos, o los problemas en la casa, o qué sé yo, sólo nimiedades que asfixian la vida auténtica… Esa noche tomé de más, y creo que fui un poco agresivo al hablarle a Antonio sobre estas cosas, cuando salimos los dos solos al balcón a fumar. Él no decía mucho, se quedaba mirando las luces de la ciudad, tal vez mencionó algo sobre el apartamento en el que vivía, que queda en un cuarto o tercer piso, y desde cuyas ventanas sólo se ven los edificios contiguos… Al fin me agarró el sueño y no hice nada para ocultar los bostezos, y sé que él se dio cuenta, de hecho Francesca me lo recriminó después, pero qué demonios puedo hacer, siempre he sido una persona franca, directa, y Antonio lo sabía, alguna vez me dijo que envidiaba esa franqueza, que él siempre se iba por las ramas y sentía como un muro que lo separaba de la realidad, o algo así… Vaya, ahora no recuerdo si eso me lo dijo él o si yo mismo lo escribí para alguno de mis personajes.
No volvimos a hablar, después de eso.
Y bueno, aunque no condeno lo que Antonio hizo, creo que le faltó valor… Imagino que sufría algún desajuste químico, qué sé yo, que le impidió vivir intensamente, explotar sus potencialidades al máximo. Él mismo se armó un cascarón, se encerró en él, y se fue tornando gris con el paso de los años. Cuando nos veíamos yo le hablaba mucho de esto, le hablaba de la vida verdadera, auténtica, a la que le habían cantado Lawrence y Miller y tantos otros, le recordaba que quien no está vivo de verdad es como si estuviese muerto, que lo que él necesitaba era fe en sí mismo, y él nunca supo qué responder, sólo hasta hace poco me escribió un email y puso un verso de Borges… Déjame buscarlo… Sí, este es: “sólo la vida existe”… Para serte honesto, no sé de dónde diablos se sacó eso, el bueno de Antonio.
Tatiana Acevedo.
Una noche se soltó. Recuerdo que llovía. Las gotas golpeaban los cristales y tronaba a lo lejos. Eran más o menos las once, Antonio había llegado hacía quince minutos o más y los niños ya estaban durmiendo. Estábamos sentados en la sala de televisión, viendo ese programa idiota, Nada más que la verdad, ese en el que a los participantes se les conectaba un polígrafo, y que fue demandado y tuvieron que sacarlo del aire. El presentador estaba haciéndole unas preguntas atroces a un señor, un vendedor de computadores o algo así. “¿Ha robado dinero?”, “¿Le ha sido infiel a su esposa?”, “¿Ha tenido relaciones sexuales con otro hombre?”, cosas por el estilo, una tras otra, sin descanso, usted sabe cómo era. La cuestión es que le estaba yendo bien al tipo y ya había ganado como cien millones, y viene este hijo de puta y le suelta esta pregunta:
–¿Ha sentido deseos de asesinar a un ser querido?
¡Esas fueron las malditas palabras! ¡Lo recuerdo como si fuera ayer! El tipo se quedó callado, y parecía enormemente sorprendido, se le abrieron los ojos, sudaba, pero no supe al fin qué fue lo que contestó porque en ese momento Antonio empezó a llorar. Fue instantáneo: no hubo sollozos ni suspiros, nada que anticipara el llanto; sólo un torrente repentino. Cuando giré y lo miré ya tenía las manos en la cara y estaba llorando muy fuerte, como un niño, la boca se le abría y cerraba en una mueca, parecía estar convulsionando… ¡Dios mío! ¡Yo estaba tan aterrada que al principio no me moví! ¡No sabía qué hacer! Le grité: ¡Antonio, Antonio! Al fin me le acerqué, lo rodeé con los brazos, traté de quitarle las manos de la cara. Me di cuenta que estaba balbuceando algo, y comprendí unas frases recortadas, cosas como: “¡No más, por favor! ¡No más!”. Yo estaba en shock. Mi primera reacción fue mirar el televisor, pero en ese momento estaban en comerciales. ¡Le juro que pensé que Antonio se refería al tipo del programa…!
En fin, ya luego se fue calmando. Le di una agüita de manzanilla, le sequé la cara, le di un pañuelo para que se sonara. Empezó a decirme cosas. Parecían inconexas, yo no sabía muy bien de qué me estaba hablando, pero luego entendí.
–Tatiana, quiero ponerle fin a esto. Necesito descansar.
–¿De qué hablas, Antonio?
–Tengo a Leobardo en la cabeza. No puedo dejar de pensar en él. Está hablándome, hablándome todo el tiempo. Me está hablando del diseño en IBM. Algo no está bien. Le muestro las cifras, los diagramas de flujo. Le muestro sobre planos el área de ampliación. Pero todo está muy mal. Debemos empezar de nuevo. Debo empezar de nuevo. Leobardo quiere que cambiemos los criterios de diseño. Le digo que él mismo los aprobó, pero no quiere oír hablar de eso, dice que los de IBM están insatisfechos, que hay que cambiar todo. Miramos el cronograma. No podemos atrasarnos más, estamos sobre la ruta crítica. No importa, dice Leobardo. Nos tocó, hermano. Ponte las pilas todas estas noches. Trabajemos el fin de semana. Sacrifica el domingo. Le digo que llevo dos semanas trabajando por las noches y sacrificando los domingos. El día tiene veinticinco horas, es su respuesta. No incumplamos con esto. El futuro de la empresa depende de este proyecto, el futuro de todos nosotros. ¿Cómo van los diseños de Pfizer y Carvajal? Más o menos, William me está ayudando. Qué mierda, esos tampoco podemos descuidarlos. La empresa depende de todo eso. Mira, le voy a decir a Pérez que les ayude. Leobardo, le digo, con Pérez no sería suficiente, si queremos cumplir las fechas necesitamos por lo menos a dos ingenieros más. No es posible, responde. Tomás no me los aprobó. Háganle, trabajen todo lo que tengan que trabajar. Antonio, entiende que si a la empresa le va mal en esto, todos nos hundimos. Ponte las pilas.
–¿Cuándo fue eso?
–No sé, Tatiana… Hace unos días, el lunes. Él ha estado encima mío desde entonces. Apenas llega a la empresa lo oigo desde lejos: Quiubo, cómo vas… Hoy mandé a comer mierda a Carlos López, el mensajero. No me trajo los putos planos a tiempo. Necesitaba esos planos a las tres, para llevarlos al comité, y él llegó a las tres y treinta. Me dijo que el tipo del plotter había tenido unos problemas con la tinta. Le grité que eso me importaba un culo, que era responsabilidad de él, que era la tercera vez que me lo hacía. Lo agarré por el cuello de la camisa y lo putié. Le dije que si era necesario no almorzara para cumplir con las entregas. Los que estaban en la oficina se dieron cuenta. Le dije que se largara, que no quería volver a verlo… ¡Carlos es un culicagado, tiene veinte o ventiún años!... Pero lo despedí. Le dije que gente así no servía en la empresa… Lo despedí… –Antonio empezó a llorar de nuevo–. Él se la pasaba riéndose… Llegaba a contar chistes, les tomaba el pelo a las secretarias… Todas me miraron hoy horriblemente. Y Carlos se fue y yo seguí en mi oficina, con William y Roberto, trabajando en los computadores, sacando de nuevo los cálculos… Ellos me convencieron de que me viniera a dormir porque anoche había seguido derecho, y porque les pareció que estaba enfermo. Que ellos se quedaban trabajando, me dijeron. Por eso estoy acá…
Y una hora después estaba en el estudio otra vez, ocupado con el portátil, y luego se acostó y lo sentí moverse en la cama toda la noche.
Eso ocurrió hace varios meses. Fue la primera vez que vi a Antonio tan mal, pero no fue la última. Dos veces por semana se repetía la misma escena. Yo me sentía impotente. ¿Qué demonios podía hacer? Le decía que si era el caso renunciara, pero él no quería saber nada de eso. No puedo renunciar, me decía. Parecía que el proyecto de IBM se les estaba saliendo de las manos, crecía más y más con los días, o modificaban los criterios, y los clientes se hacían más exigentes y algo les molestaba enormemente –nunca supe qué–, y él se sentía responsable, culpable como un niño al que han regañado. No puedo dejar el proyecto botado, repetía siempre. Y Leobardo presionándolo. Pero lo peor era que el hijo de puta ese les exigía tiempos de trabajo inverosímiles, y él, Avellaneda, ni siquiera cumplía la jornada laboral completa.
Leobardo Avellaneda.
Traté en lo posible de que Antonio fuera uno de los míos, y a Tomás también le pareció que los tres podíamos llevarnos, pero el pobre le tenía pavor a algo. Tenía miedo. Tenía que pisar suelo firme, siempre. Pero en este negocio nada es firme. Te puedes pasar toda la vida aprendiendo a moverte así y nunca llegar a nada. Existen personas que, simplemente, son incapaces de sacarse toda la basura de la cabeza.
¿Te gusta? Bebe un poco más.
Antonio buscaba algo sólido, y sin duda pensó que lo había conseguido. Tú sabes, la familia, la estabilidad laboral, Dios y Patria, una casa, un carro, algo tangible, que pudiera seguir saboreándose con el paso del tiempo… ¡La mente de un ingeniero! Él, en su trabajo, se sentía dueño de una parte del mundo, y por supuesto le era imposible asomar la cabeza por fuera de la celda que se le había asignado. Y claro, yo era uno de los constructores de la celda, pero eso no tiene ninguna importancia. Afuera estábamos nosotros, y, mira, no estoy hablando aquí en abstracto, estoy hablando de un proyecto cualquiera, pongamos por caso el de IBM, aquél que supuestamente lo mató… Él diseñaba una parte del entramado, una cuadrícula, que para él era el mundo entero. Y nosotros, desde afuera, podíamos, qué sé yo, desdibujar esa cuadrícula, hacerla borrosa o incomprensible… En realidad no importaba, no era algo que no pudiéramos solucionar con unos tragos y un buen night club. Y mira, yo tampoco soy idiota, sé que estamos también, nosotros, los que manejamos todo, en el interior de una celda, inmersos en una cuadrícula… ¿Y qué?
… Vamos, niña, y te presento al Ministro. Y salimos para el sitio que te dije, The Place. Esta noche sólo verás allá actores y modelos, y tal vez algún político. Puedes conseguir una entrevista mejor que ésta.
Tatiana Acevedo.
Algo raro tenía que estar pasando en esa empresa, porque Antonio siempre fue un excelente ingeniero, en las compañías donde había trabajado antes lo felicitaban todo el tiempo, y él no descansaba hasta que las cosas quedaban perfectas. Creo que ésa era su mayor virtud, y también su mayor defecto: ser perfeccionista. Era muy cuadriculado en lo que al trabajo se refiere, muy detallista. Y en los diez años que llevábamos de casados, era la primera vez que me decía que se le estaban saliendo de las manos los proyectos, que le estaba yendo mal.
Ese jueves, hace quince días exactamente… Ese jueves en la noche no llegó. Era de madrugada y yo ya estaba dormida. Algo me despertó, no supe qué, no recuerdo haber oído nada. Las luces del cuarto estaban apagadas, pero alcancé a verlo de pie frente a la cama, muy quieto, mirándome. Me asusté muchísimo y prendí la lámpara. Tenía el maletín en la mano, la ropa muy arrugada y una barba de dos días. No lo veía desde el miércoles en la mañana.
–¿Qué te pasa, Antonio? Por favor, acuéstate.
–Hola –seguía mirándome fijamente, pero sus ojos parecían…
–Hola –le respondí–. Por favor acuéstate, hablamos en la mañana.
Él se acostó sin más. No se cambió de ropa. Dejó el maletín a un lado de la cama. Olía a sudor y lo abracé. Tenía las manos heladas. Esa noche fue eterna, me despertaba a cada rato porque lo sentía moverse en la cama, o pararse y dar vueltas por el cuarto. Creo que incluso me llamó una vez… pero yo estaba rendida y le pedía que se durmiera… Al fin me levanté a las cinco y media, como todas las mañanas. Oí el ruido de la ducha abierta… y bajé a la cocina a preparar café… y luego… ¡Oh, Dios! No puedo… (llanto). Gracias, perdóneme… Perdóneme… Yo estaba en la cocina, aquí abajo, en el primer piso. Lo sentí caminar arriba, dirigirse al estudio… Ya eran pasadas las seis y había que despertar a los niños, y recuerdo que pensé que en los últimos días, a esa hora, Antonio ya no estaba en casa…
Fue un ruido seco: la taza del café se me cayó, se partió y se desparramó por el piso, y Laura empezó a gritar “¡Mamá, mamá!”…
Leobardo Avellaneda.
Mi trabajo no está allá, en la oficina, sino aquí, en los restaurantes, en los bares, en los cócteles, en los night clubs y en las whiskerías de cuarta si es preciso (no sabe uno qué gustos pueda tener el presidente de una multinacional). Y ese tipo de vida me ha enseñado un par de cosas. Conozco muchos imbéciles, no te lo niego, algún senador que le corta la cara a las prostitutas y luego les paga una millonada, un banquero necrófilo, un amigo al que encarcelaron hace un par de años por narcotráfico, etc., etc. Los comprendo, la verdad. ¡Demonios, de hecho creo que comprendo demasiado! Puedo aceptar prácticamente cualquier cosa que se haga o se diga, puedo tolerar las peores vejaciones, el peor crimen. ¡He estado en ciertos lugares, te digo! He viajado, y nada cambia en ninguna parte del mundo, todos nos repetimos hasta la náusea, todos queremos escapar del aburrimiento.
¿Por qué demonios Antonio quería ser como nosotros…? Nosotros buscamos el goce, y no somos buenas personas. En realidad no nos interesa serlo. Pero somos moralistas, por supuesto, juzgamos y condenamos a quienes atentan contra nuestro placer. Esta amenaza puede ser real o imaginaria, la verdad no importa. De hecho, cada día me convenzo más de que casi siempre la amenaza es abstracta hasta lo irreal. Esta irrealidad aumenta nuestro repudio y lo hace concreto, pesado, duro como una piedra en el estómago. Te doy un ejemplo: mi hija de veinte años no tolera a los indigentes. Los aborrece y les tiene miedo. Sin embargo, nunca le han hecho nada malo; por mucho se le acercan al carro a pedir limosna. Mi chofer les dice no con el dedo (le tengo prohibido darles plata), arruga la frente y esboza una sonrisa culpable. Ella no los mira, pretende ignorarlos, pero igual se nota que la incomodan sobremanera. Y no es que veamos indigentes muy a menudo. Lo bello de esta ciudad es que está diseñada para nosotros, y podemos ir de un lado a otro, de la casa a la oficina, o podemos ir a comer a algún restaurante en la Zona G, y en todo el día no encontramos un solo indigente. Desde hace algunos años no se les ve el pelo por el barrio en el que vivo. Pero sabemos que existen, y mi hija dice que desearía que el gobierno acabara de una vez con ese maldito problema, que los desaparecieran si es el caso. Y mira, yo he hablado con ella de esto, y sé que tiene la suficiente lucidez para darse cuenta de que, en últimas, su actitud es irracional. Pero eso no cambia nada. ¿Entiendes lo que te digo? A algunos les pasa lo mismo con los pobres, con los comunistas, con los ladrones, con los locos y los enfermos, con los curas, los cristianos, los japoneses, los idealistas, los traquetos ruidosos y mal vestidos que no dejan comer en paz, los niños, los inválidos, los fracasados… Y lo absurdo es que, aunque muchos de nosotros apoyamos ciertas causas y ciertas ideas, en el fondo no creemos en nada, absolutamente en nada, ni siquiera en nosotros mismos.
… No seas ingenua. No estoy hablando de los ricos. El placer es un vicio, y sería tonto pensar que quienes tenemos algo de dinero somos los únicos contaminados. Es un vicio egoísta, además. Aunque ya estoy muy viejo para eso, la mayoría repudia el placer del otro. Si se enteran de que Pedro o Juana estuvieron en una orgía, exclaman: “¡Pero a dónde hemos llegado!”. Lo que significa: “¿Y por qué no me invitaron?”.
Tatiana Acevedo.
… Gracias… ya estoy mejor… ¿Quiere algo, un café, una aromática? ¡Mercedes, una aromática para Isabelita! Bueno, usted me había preguntado sobre Leobardo Avellaneda, si lo había conocido… Antonio me lo presentó en una fiesta de integración de la empresa, hace unos seis meses. En verdad, en estos momentos no es éste un recuerdo muy grato… pero voy a contarle al respecto. Mire, lo primero es que no me agradaba mucho la gente que trabajaba en esa empresa, me daba la impresión de que nunca eran sinceros, ninguno de ellos, desde la señora de los tintos hasta el presidente. Las compañeras de Antonio me parecían especialmente antipáticas. Hablaban y hablaban, se reían a carcajadas, bailaban con todos, pero cuando se sentaban de nuevo arrugaban la cara en un gesto de aburrimiento. Lo extraño era… que la única persona que no me parecía falsa era Leobardo Avellaneda. Creo que pasaba incluso lo contrario, podía ser brutalmente sincero. Tan pronto me lo presentó Antonio me sentí intimidada. Él es muy alto, delgado y de espalda ancha, y esa noche me miraba fijamente, a veces a los ojos, otras veces me miraba sin pudor de pies a cabeza. Me sacó a bailar en dos ocasiones (estuvo bailando todo el tiempo, con una y con otra), le pedía permiso entre risas a Antonio, y luego, cuando estábamos bailando, me susurraba como si tal cosa que ya estaba harto de esas viejas simples que trabajaban para él, que le gustaban ante todo las mujeres llenas de vida, exigentes, perturbadoras… como yo. Lo decía con su voz ronca y segura, pero ¡vaya si me molestaron esas palabras! Sin embargo, preferí no decirle nada por consideración a Antonio. Cuando me senté de nuevo noté que él se había puesto de mal humor, y decidimos irnos temprano.
Nunca volví a ver a Leobardo, y sólo me llegaban noticias de él a partir de lo que me contaba mi esposo. También leí la entrevista que le publicaron no hace mucho en Dinero, donde decían que era el gerente del año, y vi las fotos en las que salía rodeado por los trofeos de caza que se había traído de sus safaris por el África… Sin duda esas fotos lo muestran como en verdad es: una alimaña cruel y cínica.
Leobardo Avellaneda.
¿Piensas a menudo en la muerte? Yo sí. Todo el tiempo. Me es imposible visualizar la nada. Nadie puede hacerlo. Pero es algo que me obsesiona. A veces pienso que lo único que en verdad anhelo en mi vida es morir. Tómate otro cóctel, es lo mejor que tienen acá. Cualquier cosa que haga es insignificante, nula, no tiene el menor valor. No importa si intento cambiar el mundo, si me indignan las masacres o los secuestros, o si por el contrario salgo por ahí a matar indigentes. Todo se diluye en el tiempo, desaparece. Es como si ya estuviera muerto. Podría pegarme un tiro en este momento, como Antonio, o morir plácidamente en mi cama, de viejo. ¿Qué va a cambiar con eso? El mundo morirá conmigo, eso te lo puedo jurar. ¿Has reflexionado sobre ello? Sin duda crees en Dios, en la trascendencia. Para mí Dios es la muerte. Es el vacío. No es que no crea en Él. De hecho me acompaña siempre.
… Me encanta como bailas, niña. Me encanta esa mirada tuya, que succiona, que quiere adueñarse de todo lo que ve. Hay algo de maldad en tus ojos, sobre todo cuando la luz es tenue, como acá. Yo podría enseñarte cosas que aún desconoces y que sólo has visto en sueños. Sé que has asfixiado una parte de ti misma para llegar hasta aquí, y que estás dispuesta a seguir haciéndolo. Me atraes, y por eso voy a ayudarte… ¿Te conté que he estado hablando mucho con Enrique últimamente? Ya sabes, Enrique Cano. Él y yo nos entendemos. De hecho, niña, me has caído tan bien que sin duda le diré algunas cosas sobre ti, la próxima vez que lo vea, y, créeme, él me escucha. ¿Te gustaría ser jefe de redacción?... ¡Ja, ja, ja!... No es broma, no le parecerá descabellado.
Me estoy cansando de esta discoteca. Ve y pide tus cosas y nos vamos a recorrer la ciudad. Te voy a mostrar algo que tal vez te sorprenda.
© Jorge Mario Sánchez, Febrero de 2008