lunes, noviembre 02, 2009

Inglourious Basterds – Quentin Tarantino – 2009

inglourious_basterds_ver7 Usualmente de Tarantino se alaba su buen hacer, su técnica soberbia para casi todos los aspectos puramente formales: fotografía, puesta en escena, tensión, montaje, banda sonora, dirección de actores, etc. Y se alaba, por supuesto, su cinefilia, las constantes referencias en su cine a decenas de películas de todo tipo (de las series A a la Z), y el recurso constante a los ya establecidos géneros cinematográficos: spaghetti western, policiaco, comedia de situaciones, bélico, exploitation, kung fu, anime, cine negro. En algunos casos la crítica es condescendiente incluso con sus diálogos “acerca de nada”. Pero en lo que muchos críticos y espectadores se están poniendo de acuerdo desde hace algunos años es en la ausencia de “mensaje” o de “ideología” en su cine, en su superficialidad, en una palabra en su vacuidad. Y esto lo ven como algo negativo.

De hecho, si usted es crítico de cine y posee una ideología sólida, tan sólida que toda su vida depende de ella, lo más fácil para usted será decir que el cine de Tarantino es vacío.

Pero no es cierto. En el cine de Tarantino no está ausente el mensaje. El cine de Tarantino no es vacío (o sí es vacío en el sentido de que todo en nuestras vidas lo es). Sus películas dicen algo concreto, lo gritan a los cuatro vientos, tanto formal como temáticamente.

Tarantino se mueve en las fronteras de todo lo que en algún momento fue sagrado. Ha absorbido –ha sabido absorber– tanto cine de calidad y géneros diversos que el resultado es un embutido coherente donde el respeto y el irrespeto hacia las fuentes son una sola cosa. Y todo esto puede ocurrir, y de hecho ocurre, en cada una de sus películas. La última, Inglourious Basterds, no es la excepción. Acá tenemos cine bélico, tenemos spaghetti western, tenemos comedia absurda (¿comedia absurda en una película bélica?), tenemos thriller, drama, gore, exploitation. Pero en esta película (como en todo su cine) hay un detalle que no podemos pasar por alto: sus personajes también se mueven en las fronteras de todo lo que en algún momento fue sagrado. Sus personajes replantean los clichés morales presentes en la historia del cine e incluso en muchas películas de hoy en día, y aun los clichés morales de la vida “real”. Sus personajes son orilleros. Se mueven en las grietas, en los bordes. Se van destruyendo a sí mismos al tiempo que se diluye la impresión inicial que teníamos de ellos. Y su propia moralidad la van replanteando a medida que evolucionan. De hecho, su moral no es nunca la del común de los mortales (tengamos siempre en cuenta el monólogo de Bill sobre Superman), y emociones tan disímiles como, pongamos por caso, la compasión y el sadismo, pueden ser para ellos dos caras de la misma moneda. Que lo digan el Coronel Hans Landa (un soberbio Christoph Waltz, completamente nietzscheano) o Shosanna Dreyfuss, de Inglourious Basterds. Y que lo digan, por supuesto, Bill, Beatrix Kiddo, Jackie Brown, Jules Winnfield, Butch Coolidge, Mr. White o Mr. Orange.

inglourious-basterds-may13photo-01 Tarantino nos dice, a la par que otros como él (Mike Patton o Josh Homme en música, Borges y Bolaño en literatura, Kubrick, Lynch y el Spielberg de los últimos años, etc.), que el mundo no es una cosa sólida o compacta –mucho menos coherente– donde podemos darlo todo por sentado. Es más, no podemos siquiera dar por sentado nuestro yo, o esa imagen que nuestros vecinos tienen de nosotros. El futuro (si es que hay algún futuro) será de aquellos seres fragmentados que van en puntas de pie por el borde del abismo, que es el basurero de todo lo que nos precede. Y que encima son capaces de reír.

martes, septiembre 29, 2009

Fragmentación y paradoja en “Danzantes del viento”, de Hugo Jamioy

Hay una serie de poemas en el libro Danzantes del viento, del poeta Kamsá (o Camuentsa Cabëng Camëntsá Biyá, “hombres de aquí con pensamiento y lengua propia”[1]) Hugo Jamioy, que expresan el conflicto o paradoja del poeta indígena que vive y se desenvuelve en el mundo occidentalizado de su país (Colombia) y de toda Latinoamérica. Ya en el prólogo del libro, Juan Manuel Castellanos nos dice que el poeta es “estudiante universitario que ha abrevado en las fuentes de sus taitas, de sus propios espíritus y recuerdos; y en los fantasmas, legajos y contradicciones de la múltiple, amorfa, polifacética y polifónica tradición latina, occidental, americana”[2]. Este contraste es evidente en el poema “La historia de mi pueblo”, donde, por un lado, está presente el universo indígena Kamsá (“La historia de mi pueblo / tiene los pasos limpios de mi abuelo / va a su propio ritmo”) y por el otro, Occidente, la ciudad moderna (“esta otra historia / va a la carrera / con zapatos prestados, / anda escribiendo con sus pies / sin su cabeza al lado, / y en este torrente sin rumbo / me están llevando”). Pero en el caso específico de este poema, Jamioy toma partido por la nostalgia de su pueblo indígena, por la historia de sus abuelos (“sólo quisiera verme / una vez más en tus ojos abuelo” [3]), mientras que en otros poemas el conflicto queda, aparentemente, sin resolver, como en “La realidad de tus sueños”:

 

Abuelo,

hoy que la luz llega

a la casa de mis razones

te pregunto:

¿será que al hacer realidad

mis sueños

no estoy matando los tuyos?[4]

 

Acá los deseos que impulsan al poeta a mirar hacia fuera de su mundo indígena pueden estar alterando la tradición que lleva consigo. Hay, sin embargo, un intento de que esto no suceda, de que aceptar hasta cierto punto la realidad occidental no borre el pasado ancestral indígena, como se percibe en “No quiero borrar”, justamente el poema con que se cierra el libro:

 

Nada más bañaré mis ojos

con esta nueva luz,

no quiero borrar

las señales

que dibujaron tus manos y tus labios;

quiero seguir oliendo

a noche enamorada.[5]

 

No obstante, al investigar sobre la realidad de los dos pueblos indígenas que habitan el Valle de Sibundoy, los Inga y los Kamsá, observamos que ya existe en ellos el contraste, la paradoja, la fragmentación, debidos a la dualidad paganismo / catolicismo, al entrelazamiento existente entre los saberes ancestrales anteriores a la Conquista y a la conversión al cristianismo, y el catolicismo como tal; y debidos también al hecho de que el Valle de Sibundoy sea una zona de comunicación entre las selvas de las tierras bajas del Putumayo y los Andes, lo cual ha generado intercambio constante entre los Inga y los Kamsá y las etnias tanto de la selva como de las montañas, así como procesos de mestizaje[6].

La paradoja entre paganismo / catolicismo se puede apreciar, por ejemplo, en los conflictos que generan los espíritus de aquellos ancestros no bautizados (como las enfermedades producidas por el “mal aire”), en la historia ancestral pagana y las creencias católicas presentes como tal en la figura del chamán, y en el mismo Carnaval del Valle de Sibundoy, que confluye en la celebración religiosa que tiene lugar en la Iglesia del pueblo de Sibundoy y es presidida tanto por los taitas Kamsá como por los sacerdotes y el obispo católicos. Como afirman Carlos Ernesto Pinzón y Gloria Garay en el Tomo IV de su Geografía humana de Colombia – Región Andina Central, en el apartado que se refiere a los Inga y Kamsá:

En efecto, en el Valle de Sibundoy, una paradoja afecta el orden de la vida y de las relaciones entre cristianismo y paganismo, entre salvajes y civilizados, puesto que un espacio artificialmente inventado por los padres doctrineros, el del paganismo, suscita un rompimiento del tiempo como historia, en dos historias: una como tiempo representado y la otra como fuerza. Esto se hace notoriamente visible en el caso de la enfermedad del mal aire, de la cual dicen los indígenas del Valle de Sibundoy, se debe a las emanaciones de indígenas muertos y enterrados que nunca fueron bautizados y que pertenecían a la historia de los ancestros de esos mismos indígenas del Valle.[7].

Y, más adelante, nos dicen Pinzón y Garay: “Los paganos no bautizados de las tierras bajas y los ancestros de los Sibundoy, como vivos y muertos irredimibles, son convertidos en una fuerza que no puede entrar en la historia de los indios redimidos, sino como fuerza paradójica”[8]. Esta paradoja se encuentra sobre todo, como ya dije, en el mismo cuerpo del chamán: “la escisión vivida por el chamán de Sibundoy, en virtud de los poderes de las historias y los cuerpos que lo habitan, es lo que lo hace un poderoso mediador, ya que puede nutrirse del poder de la historia salvaje, pero también puede nutrirse de la historia como pagano redimido”[9]. Y este cruce de historias se encontraría ante todo en los cantos del chamán, en la misma tradición oral de los indios del Valle de Sibundoy:

En efecto, los cantos chamánicos de los chamanes del Valle de Sibundoy son viajes a través de toda la historia de la Conquista y la Colonia, tal y como fue vivida y representada en el imaginario español. Pero también, estos cantos son los efectos de esta representación, en lo que tiene de real esta historia para los indígenas categorizados como paganos y redimidos y, para los que aparecen en esta misma historia, como irredimibles paganos y salvajes. En otras palabras, una canción chamánica actualiza la pugna y los resultados de esta pugna como poderes mismos de las historias. No se trata de un canto restringido al espacio del poder de la palabra. Es el espacio del poder de las historias, las que, contradictoriamente, permiten circular una paradoja que envía fuerzas para curar o matar, dependiendo de la posición que el chamán Sibundoy, redimido, tome con respecto a su paciente y a sí mismo.[10]

Ahora bien, la escisión presente en la poesía de Hugo Jamioy no se agota en el conflicto Kamsá / Occidente, que se puede apreciar también en el hecho formal de que su libro Danzantes del viento sea bilingüe (todos los poemas aparecen con una versión en la lengua Kamsá y con su correspondiente traducción al español); sino también al conflicto entre la tradición Kamsá colectiva que él busca plasmar en la mayoría de sus poemas, y la individualidad del poeta.

Así, encontramos en Danzantes del viento poemas que recuperan, para el lector no-indígena, costumbres, mitos y creencias de los Kamsá, como son, por ejemplo, la relevancia que tienen los sueños en la vida de las personas (“Nuestros soñados”); la tradición agrícola de los Kamsá (“En la tierra”); la transmisión de conocimientos ancestrales de taitas, abuelos y padres a los hijos y a toda la comunidad (“No todos los lugares”, “Los ojos”, “Todo es bueno”, “Sólo a ese lugar debes ir”, “Los pies en la cabeza”); la muerte como destino inevitable, pero al mismo tiempo como viaje, como encuentro, como trascendencia, reunión con el espíritu y vuelta al estado natural (“Plateada es la realidad”, “Somos de espíritu”, “Jobanán”); el valor sagrado de la vida, de la que los Kamsá prefieren hablar por encima de la muerte (“La muerte”) y la importancia de una visión optimista de aquélla (“Bonito debes pensar”, “Todo es bueno”); la creencia de que los espíritus de los antepasados observan a los Kamsá desde las estrellas, que son los ojos de los muertos (“Evocación”, “Espíritus”); y, sobre todo, el uso del yagé, que es visto como guía, como taita, como sabio y como planta de poder y de saber (en el libro hay tres poemas dedicados específicamente al yagé: “Yagé I”, “Yagé II. Cuál es tu intención”, “Yagé III. Con canto de loina”).

Acá es importante subrayar la importancia que ha tenido el yagé (y algunas otras plantas que los chamanes siembran en sus chacras) para los Kamsá durante buena parte de su historia, no sólo como fuente de conocimiento del mundo, del universo y del interior del ser humano, sino como pilar fundamental de toda la estructura social, filosófica, religiosa y científica de la etnia. Así lo constatan Carlos Ernesto Pinzón y Gloria Garay:

Los sistemas de clasificación de las plantas, la estructura del pensamiento filosófico, el dominio de los ciclos del mundo natural, el uso y función del yagé, la numerología, la concepción del cuerpo humano y el papel que éste juega en el cosmos y en la historia, forman una totalidad coherente que es vivida y pensada por los Sibundoy como tal.[11]

El uso del yagé y los conocimientos derivados de éste por los chamanes y transmitidos de generación en generación, influyen de forma notoria en la visión de mundo de los Kamsá y en la manera como perciben las relaciones entre los seres humanos y el universo que los rodea. “Cuando se le pregunta a un chamán Sibundoy en qué consiste conocer el mundo o cómo se conoce, la respuesta invariable es: ‘a través del yagé’”[12]. Algo de esa visión de mundo se puede apreciar en las palabras de don Manuel, un taita del Valle de Sibundoy citado por Pinzón y Garay:

Uno ya viene preparado para ser sensible a la música, a la belleza, porque el conocimiento de nosotros es curar por la belleza. Ud. ve por ahí en la calle la gente ordinaria, esa gente cree que una piedra es una piedra, el agua, el agua, y un árbol, un árbol. Pero la realidad es diferente. Todas las cosas tienen pintas, y hay que saber entrar en cada una (…). Todas las cosas tienen música y color, cada una distinta. Eso lo supe cuando tomé por primera vez yagé con mi abuelo. Era un yagé especial, que se prepara con los bejucos del yagé del sol, la charupanga, y se le echan flores de andaquí. Eso es para poder viajar por la sangre de uno, porque es cuando el yagé entra en la sangre que uno comienza el viaje. Es como si uno recorriera todo lo que ha pasado en la gente de antigua, todas las hermosas cosas que se han podido recoger en esa sangre.[13]

Y esa poesía de la naturaleza y de las cosas (“Todas las cosas tienen música y color, cada una distinta”), esa forma de percibir la realidad de una forma que va más allá de las palabras y de las clasificaciones que en Occidente damos por sentadas (piedra, agua, árbol, etc.), está también presente en los poemas de Hugo Jamioy. Así, la poesía puede estar en las palabras, en los versos de Jamioy y en los cantos de los taitas, pero también en el viento, en las flores, en el colibrí, en la lluvia y en la tierra, lugares donde residen los espíritus de los antepasados. Es fundamental saber leer la poesía de la naturaleza. En “Somos danzantes del viento” Jamioy nos dice:

 

La poesía

es el viento que habla

al paso de las huellas antiguas

(…)

la poesía

es la magia de las orquídeas;

sus bellos versos hechos colores

se nutren de la vida pasada de los leños viejos[14]

 

Y en “Todo es bueno”:

 

Hijo, me decía el abuelo,

en esta vida nada es malo

todo lo que miras en lo natural te ayuda a vivir;

cuando el sur o el norte

el este o el oeste soplan

el danzante del viento abre sus manos

y sobre sus brazos posa el colibrí

dejándose llevar por el vaivén;

más tarde, los cántaros del cielo

riegan el cuerpo del betiye

mojan el plumaje del mensajero

calman la sed del viento

y juntos hacen danza y canción;

son hermanos

retoñaron en algún lugar de la tierra

ellas te pertenecen a ti

y tú a ellas

para ti también hacen danza y canción

pero talvez estés olvidando tu lengua.[15]

 

Los dos últimos versos del poema hablarían de la importancia de leer la poesía de la naturaleza, pero a su vez retomarían el tema expuesto más arriba, el del desgarramiento interno del poeta, su conciencia de que el contacto con el mundo occidentalizado podría hacerlo olvidar el saber de su pueblo.

Pero Jamioy, en su poesía, no se limita a expresar la tradición Kamsá, sino que ahonda también en sí mismo y refiere su soledad, su angustia, su amor o el deseo sexual. Así lo podemos apreciar en los poemas “Ausencia” (“Aquella noche / la soledad se robó hasta las estrellas”[16]), “Esta soledad” (“Esta soledad que sigue mis pasos / tiene ojo de águila / siempre me encuentra”[17]), “Tu presencia” (“No quiero ser / esclavo de la carne / pero tu presencia / me agobia”[18]), “Ese no soy yo” (“Muchas veces a la casa de mis razones / me visitan negros pensamientos”[19]), “Contigo”, “Tu amor como una orquídea”, entre otros.

En síntesis, encontramos en Danzantes del viento una serie de conflictos que el poeta no resuelve del todo, pero que, por la misma razón, potencializan el valor estético del libro: tradición (Kamsá) / modernidad (Occidente), por un lado, y colectividad / individualidad por el otro. Y hay, además, una conciencia permanente del poeta de ese otro que es su propio lector, el lector no-indígena que al acercarse a su poesía se acerca también, quizás por primera vez, a los Kamsá, a su visión de mundo, a su tradición, a sus creencias, a su oralidad, a los ecos de las voces de los taitas. Esta conciencia queda plasmada, justamente, en uno de los últimos poemas del libro, “Guardaré mis secretos”, donde se nos recuerda que hay cosas que aún no podemos saber porque, a pesar de nuestras buenas intenciones, seguimos siendo extranjeros:

 

Hay rincones

en los que la luz del sol no llega,

allí guardaré mis secretos

hasta cuando tus ojos

miren con el alma.[20]

 

© Jorge Mario Sánchez, 2009.


[1] Hugo Jamioy Juagibioy, Danzantes del viento. Bínÿbe oboyejuayëng. Juabna de América –Ediciones Indígenas. Manizales. 2005. P. 19.

[2] Juan Manuel Castellanos Obregón, “Prólogo”. En Hugo Jamioy Juagibioy, Op. Cit.

[3] Hugo Jamioy Juagibioy, Op. Cit. P. 117.

[4] Íbid. P. 119.

[5] Íbid. P. 147.

[6] Cabe anotar que la misma lengua Kamsá, al parecer, tiene raíces en otras lenguas indígenas e incluso en el español, como se evidencia en las palabras Kamsá utilizada para referirse al espíritu, y que se pueden encontrar en Danzantes del viento: “espiritëng”, “espirit”.

[7] Carlos Ernesto Pinzón y Glora Garay, “Inga y Kamsá”. En Geografía humana de Colombia. Región Andina Central. Tomo IV, Volumen III. Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura Hispánica, 2000. Publicación digital en la página web de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República. http://www.lablaa.org/blaavirtual/geografia/geoco4v3/inga13.htm. Búsqueda realizada el 6 de septiembre de 2009.

[8] Íbid. http://www.lablaa.org/blaavirtual/geografia/geoco4v3/inga14.htm. Búsqueda realizada el 6 de septiembre de 2009.

[9] Íbid.

[10] Íbid. http://www.lablaa.org/blaavirtual/geografia/geoco4v3/inga13.htm. Búsqueda realizada el 6 de septiembre de 2009.

[11] Íbid. http://www.lablaa.org/blaavirtual/geografia/geoco4v3/inga11.htm. Búsqueda realizada el 6 de septiembre de 2009.

[12] Íbid.

[13] Íbid.

[14] Hugo Jamioy Juagibioy, Op. Cit. P. 65.

[15] Íbid. P. 67.

[16] Íbid. P. 99.

[17] Íbid. P. 103.

[18] Íbid. P. 105.

[19] Íbid. P. 133.

[20] Íbid. P. 145.

miércoles, agosto 05, 2009

Auf der anderen Seite (Al otro lado – Fatih Akin – 2007)

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Nuestras vidas son constantemente decididas por un entramado que desconocemos, que podemos acaso entrever pero que nunca asimilaremos. Llamemos azar (algunos preferirán “destino” o “Dios”) a esa maraña de fuerzas oscuras. Ninguno de nosotros vivirá lo suficiente como para conocer las verdaderas causas y las consecuencias de lo que es o lo que hace en un momento determinado. Por lo tanto, jamás lograremos entendernos por completo. Toda iluminación es siempre parcial.

Con Al otro lado Fatih Akin consigue con creces lo que Alejandro González-Iñárritu y Guillermo Arriaga intentaron, sin éxito, en Babel. Las vidas de los seis protagonistas del filme de Akin parecen entrelazarse, en un viaje constante de ida y vuelta entre Turquía y Alemania, por obra de esas fuerzas oscuras que mueven a cualquier ser humano y no por capricho del guionista. Los personajes crecen, se transforman, y en el camino fracasan, aman, odian, se destruyen, se reconcilian consigo mismos y mueren. Algunos aprenden que tal vez sea inútil perseguir nuestros deseos, o levantarse e intentar cambiar el mundo, hacer la Revolución (así con mayúscula): el mundo, la realidad, son demasiado incomprensibles como para lograr desviar así sea parcialmente su curso. La realidad va mutando por sí sola. Entre tanto, sin siquiera buscarlos (o justamente evitándolos) los verdaderos cambios se dan en nuestro interior, y es posible que no nos percatemos de ello. En un año, en un mes, en un día, todo puede ocurrir y de hecho ocurre. Como decía el bueno de Heráclito: jamás nos bañamos dos veces en el mismo río. A pesar de nuestra incontrolable manía de repetirnos el mundo nunca es igual. Todo es nuevo.

alotro Al final de la novela Tres años, de Chéjov, el protagonista, Laptiev, reflexiona sobre todas las cosas que les han pasado –-traiciones, celos, desesperanza, muerte, euforia, deseo, sueños rotos–- a él y a sus allegados en los últimos tres años (lo que dura la novela). Viendo a las niñas Sacha y Lyda, Laptiev piensa: “¡Qué mayores se han hecho…! ¡Y qué cambios en estos tres años…! Pero la vida aún puede durar trece, veinte años más. ¿Qué nos reserva el porvenir? Aquel que viva verá”.

Esto es justamente lo que nos dice Fatih Akin con su nueva obra maestra: “aquel que viva verá”.

Pero para verlo todo tendríamos que ser inmortales.

lunes, julio 13, 2009

No mires al hombre de negro

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“I was waiting for the miracle to come”

Leonard Cohen, “The Miracle”

 

Simplemente tenía que hacerlo. Tenía que largarme del apartamento de mi tía Juana. Ni ella ni el esposo estaban muy contentos conmigo. Con la única que hablaba de vez en cuando era con Isabel, la sirvienta, una campesina del Huila envejecida prematuramente que me daba toneladas de comida, y con mi primo Jorge cuando iba de visita, pero en general vivía sumido en el ostracismo, el mismo que me había acompañado durante casi toda mi adolescencia en Cúcuta. Mi tía me lo había dicho un par de veces: que fuera más amable y acomedido, que conversara más con ellos, que no me bebiera las Coronas que mi tío dejaba en la nevera, que ordenara mi cama por las mañanas. Ese tipo de cosas. Y la verdad es que yo sabía que no teníamos nada en común, y me volví mucho más introvertido de lo que ya era, me encerraba en mi cuarto a releer Rayuela o Women in Love, a imaginar mi brillante futuro o a escribirle poemas a Paola, mi amor platónico durante toda la carrera. Veía mucha televisión y en las noches me masturbaba viendo películas eróticas en Cinemax, y después me sentía culpable porque pensaba que mi tío podía oírme desde el estudio contiguo. Me preguntaba si no era ésa una de las razones por las cuales sentía repulsión hacia mí. Una vez yo estaba hablando por teléfono con Mara y algo me hizo reír, y mi tío, al verme, me dijo emputadísimo que el teléfono no era para hacer visitas, me lo arrebató y colgó. A partir de entonces supe que estaba viviendo en una tumba y que a la primera oportunidad debía escapar.

De todas formas, antes de completar el año ellos ya me habían pedido que me fuera. Estábamos en enero y tenía que encontrar cuanto antes dónde vivir. No tenía un buen trabajo, seguía como vendedor de sistemas de seguridad, y mi ineptitud para los negocios me hacía incapaz de mantenerme con las comisiones. Así que necesitaba una habitación barata porque no quería regresar a Cúcuta con mis papás y mis hermanos y con todos esos perdedores que viven allá y cuya única aspiración en la vida es escuchar vallenatos, casarse antes de los veintidós, engendrar y parir hijos, vivir sin plata y darle en la jeta a la mujer. Ya no había nada para mí en esa ciudad de mierda, eso lo sabía.

Entonces recordé lo que me había dicho Mara alguna vez, que quería arrendar el cuarto desocupado que había en su apartamento. La llamé y le pregunté cuánto me iba a cobrar.

Me mudé a principios de febrero, y mi papá, que había venido a Bogotá para supervisarlo todo, me acompañó ese día. Era la tercera vez que me trasteaba en menos de un año. Ese día mi papá conoció a Mara y a Juan Pablo, su esposo, y después de dejar todas las cosas en mi nueva habitación nos fuimos él y yo a dar un paseo por la ciudad.

––¿Hace cuánto conoce a Mara? ––me preguntó mientras tomábamos tinto.

––Los conocí en Cúcuta, a ella y al esposo, y los volví a encontrar aquí en Bogotá.

––¿Ella trabaja o algo?

––Estudia por las noches en la universidad. Creo que eso es todo.

––Es muy joven.

––No tanto, me lleva un par de años.

––Y este señor, el esposo, ¿no pone problema porque usted viva ahí con ellos? ¿No me dijo que se la pasa por fuera de la ciudad?

––Sí, trabaja de contratista en El Cerrejón o algo así. Está acá en Bogotá sólo unos días en el mes.

––Bueno, ¿pero él qué dice?

––Nada. Creo que le parece bien. Igual somos amigos, los tres. ––Me concentré en mi café y no dije más.

Luego entramos a cine y después, cuando íbamos de regreso en el taxi, me preguntó si ellos tenían hijos. Yo le conté lo de María Paula. Él hizo una mueca, masculló un “¡carajo!” y no preguntó más. Llegamos al apartamento y él siguió en el taxi. Al rato yo estaba desempacando y Mara salió del cuarto principal, cerró de nuevo la puerta, entró en mi habitación y me dio un beso en la boca. Su lengua recorrió con lentitud mis labios; yo miraba fijamente la puerta cerrada.

––Gabriel, qué hay en todas esas cajas, no me digas que libros.

––Sí… son sobre todo libros.

-¿En serio? ¿Te los has leído todos?

––No, claro que no.

––Yo tengo son unos de ovnis y de reencarnación que me la paso leyendo, cuando quieras te los presto… Y oye, Gabriel, qué rico tenerte aquí, ¿sabes que estoy muy feliz?, Juan Pablo también está emocionado y yo sé que vamos a hacer muchas cosas, ¿ya comiste?, ven, ven y comes, hay arroz y carne, ven y me cuentas qué dijo tu papá, me gustó mucho, ¿sabes?, está muy bueno.

 

Las primeras semanas me sentí muy bien. Claro que cada vez me aburría más ese trabajo de mierda que tenía. Llenaba mi agenda con las llamadas que debía hacer cada día, pero a veces no llamaba ni a la mitad de los clientes. Casi todos decían que los contactara después, que estaban ocupados ahora, que esto y que lo otro. Obviamente, no alcanzaba a hacerme ni el salario mínimo y mi papá seguía girándome plata. Muchas veces me largaba para el apartamento después de almorzar, si no encontraba a nadie dormía un rato o me ponía a leer, y si estaba Mara me acostaba a su lado, en su cuarto, y veíamos televisión, y pasábamos toda la tarde hablando de cualquier cosa hasta que a eso de las cinco ella se iba para la universidad.

Me gustaba acariciarle las piernas y ella pasaba distraídamente su mano por mi verga y a veces incluso la apretaba un poco. Yo podía también abrirle la blusa y meter mi mano y acariciarle los pezones, pero eso era todo. Por alguna razón no parecíamos muy dispuestos a tirar de nuevo, o por lo menos yo no quería llegar a ese extremo. Bueno, digamos que tenía mis razones: no sólo vivía ahora bajo el mismo techo con ella, no sólo me estaba quedando en el apartamento de ella y del esposo que, aunque nunca estaba, podía perfectamente llegar un día sin aviso y pillarnos en el acto: pasaba que la última vez que habíamos estado juntos, hacía meses, luego de todo un fin de semana en el que la penetré con gusto y sin condón, tuve ese susto colosal al ella decirme tres semanas después que no le había llegado el período y que era probable que estuviera preñada porque ese mismo fin de semana había estado ovulando (y no me lo dijo), y que tal vez era mío o tal vez de Juan Pablo, pero igual estaba dichosa de haber quedado embarazada de nuevo. Le dije que las dos o tres veces yo había eyaculado por fuera, pero ambos sabíamos que el riesgo existía. Traté de imaginar todos los escenarios posibles: me vi viajando a Europa en los siguientes nueve meses, me vi cortándome las venas, me vi muerto a manos de Juan Pablo, me vi incluso casándome con Mara. Todas estas opciones se me antojaron espeluznantes, sobre todo la última. Pero una tarde me dijo, como por no dejar, que esa mañana había discutido con Juan Pablo por teléfono porque le había llegado el período y cada vez se convencía más de que su esposo se estaba quedando estéril.

Así que lo máximo que estaba dispuesto a hacer, mientras viviera con ella, era chuparle las tetas, lo que en ocasiones la hacía venir, y tal vez masturbarla un poco. Nuestros encuentros eran como un juego. En cierta oportunidad estuvimos a punto de llegar al coito, pero los dos oímos un ruido proveniente de la sala o de las escaleras del edificio, y yo salté como un gato y corrí a mi cuarto y cerré la puerta. Fue una falsa alarma, claro. Aun así Mara llegaba de la universidad casi todas las noches a eso de las diez, y lo primero que hacía era entrar a mi cuarto, y si estaba dormido empezaba a darme besos en la cara y en la boca, y ya al verme despierto se quitaba el jean y se metía en mi cama y me abrazaba y me rodeaba con sus suaves y largas piernas y me contaba su día. Me excitaba tanto que, cuando ella se iba, tenía que hacerme la paja y eyacular en sus cobijas y en su colchón (casi todo lo de ese cuarto era suyo, excepto mis libros y mi ropa), y sólo así podía dormir tranquilo.

A veces, acostado en mi cama, la oía en la sala mientras hablaba por teléfono con Juan Pablo. Casi siempre se contaban lo que habían hecho durante el día, y ella le preguntaba una y otra vez si había estado bebiendo cerveza en el billar con la “secretaria ésa”. No sonaba molesta, generalmente lo decía entre risas y pasaba rápido a otra cosa. Una noche, justo antes de quedarme dormido, le oí contarle a Juan Pablo que la tarde anterior había visto a María Paula.

––¡Está muy bonita, Juampa!, sonríe mucho y tiene este resplandor bellísimo en los ojos, me dice que me quiere mucho y que está contenta, ¡si la vieras!

 

Hablábamos mucho, Mara y yo. A ella le gustaba hablar de fantasmas, de regresiones y de ovnis, de reencarnación, de brujería y de sueños premonitorios. Confieso que alguna vez, en mi adolescencia, llegué a aferrarme con desespero a libros y videos de ovnis y superación personal, pero pronto lo dejé. Ahora no creo en nada, ni siquiera en mí mismo, y me gusta decir que soy nihilista. Es otra forma de decir que mi vida es un completo fracaso, pero qué le vamos a hacer. Por supuesto, durante mis primeros años en Bogotá no me consideraba un fracasado. Tenía toda la vida por delante, y estaba convencido de que la vida me tenía preparado algo grande. Llenaba cuadernos con estas reflexiones: pensaba que, por medio de las palabras, podría llegar al meollo del asunto.

Había algo en lo que también creía en esa época: la libertad. Los celos, la posesión, la dependencia, el amor, la obediencia ciega a la Ley (a cualquier ley)… Ese tipo de cosas ya estaban superadas. Para mí, en ese entonces, vida auténtica y libertad eran lo mismo, y ya podía sentirlas en ciertos momentos perfectos, cuando todo estaba en su sitio, cuando cada evento adquiría un significado profundo, cuando la perfección del Universo se abría ante mí como una flor de loto. Eran, si se me permite el término, instantes místicos: me creía una especie de Horacio Oliveira.

Recuerdo sobre todo la primera vez que fumé marihuana, en una finca de un amigo por los lados de Pamplona, y me precipité por el abismo rojo que se había abierto en medio de la alfombra sobre la que estaba sentado. Y recuerdo también una tarde de jueves en que no quise ir a trabajar y Mara se había acostado a mi lado, en mi cama (yo no había metido nada y Mara odia las drogas), afuera llovía y las gotas golpeaban con fuerza el vidrio de la ventana. Llevaba un vestido muy corto que usaba de pijama y yo podía sentir el fuerte olor de su cuca, y de vez en cuando le acariciaba las piernas y me llevaba uno de sus pies a los labios. Estábamos callados y sentí una paz indescriptible, una suerte de levedad placentera. Supe, con absoluta certeza, que mi vida tenía sentido.

Pero aquello sólo duró unos minutos.

––¿Sabías que hay alguien merodeando en este apartamento? ––dijo de repente. Se quedó mirando fijamente la puerta del cuarto. Guardó silencio y yo me revolví inquieto.

––He logrado abrir un portal ––continuó al cabo de unos segundos––. Los atraje, dejé que vinieran, y ahora están acá y no quieren volver.

––¿Qué portal? ––pregunté.

––Un portal. Fue una de las tardes en las que me la pasaba sola. Los primeros meses luego de que a Juan Pablo le saliera lo del Cerrejón yo dormía hasta muy tarde, me despertaba y almorzaba arroz con huevo o cualquier huevonada, luego me acostaba otra vez y cerraba los ojos e intentaba irme, quería largarme de todo este mierdero, y empezó a surgir una imagen en mi cabeza, al principio sólo era un mar, un mar plateado cubierto por la niebla, o por lo menos las primeras veces todo era niebla. Pero luego empecé a ver fogatas en la playa, y había sombras que flotaban alrededor de las fogatas, como si salieran del fuego, ¿me entiendes, Gabi?, y yo les tenía miedo y lo que hacía era sentarme ahí en la playa, alejada de ellos, mirando el mar y oyendo a los alcatraces negros que gritaban a lo lejos (eran gritos de mujer) y que muy de vez en cuando surgían de la niebla y eran gigantescos y volaban hacia donde yo estaba, y era tanto el miedo que yo volvía inmediatamente a mi cuarto.

Le pregunté si eso no era un sueño.

––¡No, Gabi, no era un sueño! Mira, el escenario era el mismo siempre, toda las tardes yo iba a ese lugar y me quedaba ahí sentada, y oía los gritos de los alcatraces y los cantos de las sombras alrededor de las fogatas, eran cantos guturales, como si surgieran de una cueva o del fondo de la tierra, y una tarde empecé a oír que alguien me llamaba, tenía una voz de viejo muy chillona, “Mara, mara”, decía, y la voz venía de algún lugar detrás mío pero yo no quería volver la cabeza, no quería mirar. Pero la voz seguía y seguía y yo un día no me aguanté las ganas y volteé a mirar y ahí estaba él, sentado a unos metros de mí. Era un señor de gabardina y sombrero de mexicano negros, un hombre muy blanco y muy viejo, pero con una vejez de siglos, como de piedra. Ese señor me miraba fijamente y siempre tenía esta sonrisa como tallada en la cara, y un día me preguntó si quería ver a María Paula y yo le dije que sí, me dijo ven conmigo y lo seguí pero al momentico fui sacudida, sentí que caía en un pozo sin fondo, sentí un vacío en el útero, todo era negro y yo estaba como en el centro de un huracán, ¿me entiendes, Gabriel?, y si no es por Juan Pablo que llegó justo esa noche y me empezó a mover y me despertó… Creo que duré un día entero en ese estado, desplomada en la cama, a punto de morir. Pero no me importa morir, y cada vez que puedo intento volver a ese lugar, lo hago cada vez que tengo tiempo, cierro los ojos y me pongo a recordar todos los detalles del sitio y a los pocos minutos estoy allá otra vez, la niebla se fue yendo con los días y el cielo era ahora de un blanco insoportable y ya no había alcatraces y vi que alrededor de las fogatas lo que había era personas, personas que cantaban y bailaban, y un día me acerqué a una de las fogatas…

Noté que Mara acariciaba uno de sus pezones.

––Una señora me tomó de la mano y me llevó a un sitio lleno de piedras negras, una especie de desierto con piedras negras de todos los tamaños clavadas en la tierra, entramos por una gruta que había entre dos piedras, olía a moho, a humedad, a tierra mojada, y llegamos a una caída de agua en medio de un bosque verde y rojo donde había vacas lecheras pastando bajo un cielo verde brillante, y María Paula estaba allí, desnuda, bañándose en el río justo al lado de la cascada, con otros niños como ella. Yo pegué un brinco, salí corriendo, la abracé y nos tiramos las dos al agua y ella se reía muchísimo.

Miré el rostro de Mara. No expresaba dolor, ni alegría, ni angustia. Pero en sus ojos que miraban la pared había un brillo extraño, un brillo que sin embargo yo había notado ya, sobre todo los primeros meses, cuando me observaba mientras acariciaba mi pene. Era como si sus ojos estuvieran huecos y dentro de su cabeza, pero muy atrás, tuviera un cirio encendido. Era una luz temblorosa como de cirios al interior de una iglesia vieja y oscura, pero vistos desde fuera. Por un par de minutos perdí el hilo de lo que me estaba contando.

––… pero eso sí, trato siempre de huirle al señor ése, lo veo a veces y entonces me voy para otro lado, prefiero no escucharlo, me voy siempre con la señora que fue la primera que me llevó al sitio donde está María Paula, la última vez le pregunté quién era el señor de gabardina y sombrero mexicano y ella me ordenó que me callara esa jeta, que no lo nombrara, que no lo mirara siquiera, que lo ignorara y así él no tenía ningún poder, tú estás protegida, me dijo la señora, tú eres parte de nosotros, de la Luz, tu hija es hija de la Luz, ella tiene una misión muy importante y por eso ahora está acá con nosotros, ella te bendice y será tu guía durante toda tu vida, no debes temer, no mires jamás al hombre de negro, no dejes que entre en ti…

Así siguió durante un rato. Aquello se sumó a todas las otras pendejadas de las que se la había pasado hablando esas semanas, y que sin embargo yo escuchaba con un extraño placer: los ovnis que veía en noches despejadas en El Solar, donde pasó su infancia y su adolescencia con sus cuatro hermanos y su madre, y donde conoció por primera vez el amor con sus compañeritas de colegio; el “entierro” que le habían hecho a una amiga, a la que ella acompañó a buscarlo en una tumba del Cementerio Central por indicación de un brujo que les cobró doscientos mil pesos; el radio que ella tenía y que se encendía solo todos los días a la misma hora y que le tocó botar a la basura… Y así.

––Gabi, ¿quieres tetica? ––dijo luego de terminar su relato. Se levantó la blusa y le lamí los pezones.

Sin embargo, no puedo negar que algo en lo que dijo me causó cierta impresión. Creo que era lo del “portal” que había logrado abrir, o lo de María Paula, o lo del tipo con sombrero mexicano negro. En fin. El aire del apartamento se me hacía cada vez más denso, como si estuviera cargado eléctricamente, sobre todo cuando yo llegaba en las noches y no encontraba a Mara y me sabía completamente solo, y me acostaba en mi cama a leer y dejaba la puerta del cuarto abierta, o me iba a ver televisión a su cuarto.

Una noche la esperaba como todas las noches y creo, no estoy seguro, creo que me había quedado dormido o algo parecido, y puedo jurar que sentí, como otras veces, que ella abría la puerta del apartamento, y luego oí su voz hablando por teléfono y luego haciendo algo en la cocina. Como no venía hasta mi cuarto me paré de la cama y salí al pasillo. Sentí como una mano fría en la nuca al darme cuenta de que la luz de la sala estaba apagada. Además, no se oía nada. Caminé hasta la sala, prendí luces y comprobé que no había nadie. No sé explicar muy bien lo que experimenté: era una sensación de hundimiento, como darme cuenta de golpe de que no había suelo bajo mis pies, de que la realidad estaba colapsando.

Mara llegó después de medianoche. Había estado tomando y bailando con unos amigos. Me saludó, me dijo que recogiera la ropa limpia que ya estaba seca porque estaba ocupando casi todas las cuerdas que había en el cuarto de la lavadora. Le conté que hacía una hora la había sentido llegar, que había oído su voz en la sala.

––¿En serio…? ––dijo mirando una pequeña mancha en su blusa––. Gabi, hablamos mañana, tengo mucho sueño. Duerme bien, bizcocho.

 

La tarde siguiente llegó Juan Pablo. Esa noche lo encontré en su cuarto viendo televisión. Me preguntó que cómo me sentía en el apartamento, y cruzamos algunas palabras sobre lo que estaban dando en el noticiero, algo sobre la invasión norteamericana a Irak. Luego me encerré en mi habitación y me puse a leer, y al rato intenté dormir y no pude hacerlo. Mara llegó tarde de nuevo, pasada la medianoche. La oí hablar entre risas. La voz de Juan Pablo era casi imperceptible.

Ese fin de semana fuimos los tres a almorzar en un restaurante cercano. Caminamos un rato por el barrio. Mara abrazaba a Juan Pablo o se tomaban de la mano. Un par de veces discutieron por maricadas, o por lo menos ella discutió, él simplemente callaba o negaba con la cabeza o decía algo que Mara refutaba, y yo entonces me alejaba y me ocupaba viendo vitrinas. El lunes él se fue de nuevo, y esa noche Mara se desnudó y se metió en mi cama y me pidió que la masturbara:

––Pero tienes que hacerlo bien, Gabi… Méteme dos dedos y presióname por dentro, hacia arriba, así… Lámeme el clítoris… Ahí no, más abajo, ahí, eso, sí… Sigue, sigue, pasa la lengüita… hazme venir… Oh, eso...

Y al rato me cuenta como si nada que tiene ahí dos películas porno que alquilaron con Juan Pablo y estuvieron viendo esas noches.

––Sólo así me mojo con él, cuando vemos porno, él pone las películas y yo empiezo a excitarme y entonces él me toca y me lame el clítoris y por ahí a los quince minutos ya estoy lo suficientemente mojada y entonces me penetra y yo me vengo rápido pero él sí se demora mucho, tiene que voltearme y metérmelo por el culo, a mí me duele harto pero a los cinco minutos se viene y ya. Al principio no era así, por supuesto que no, es una cosa rara, ¿sabes?, pasábamos días enteros culiando, en Cúcuta con ese calor yo me la pasaba arrecha y él fue el que me quitó la virginidad y me quedó gustando, y nosotros déle.

Le levanté una pierna y empecé a pasar mi pene por los labios de su cuca, por su clítoris, y ella seguía hablando.

––¿Sabías que el pendejo tiene una moza allá en La Guajira? Es secretaria allá, yo la conocí la última vez que fui y está bastante buena, la verdad, de hecho esa vez le dije que hiciéramos un trío con ella pero a él no le sonó la idea. ¡Claro, cómo le iba a sonar si ya son amantes! Una vieja allá me lo dijo. Luego me lo confirmó un amigo de él, y yo lo enfrenté y le pregunté si era cierto y él me dijo que no, siempre me dice que no pero yo sé que es verdad, hasta le dije que me parecía bien, que siguiera con ella, que hiciera su vida allá y yo hacía mi vida acá y nos veíamos una vez al mes y listo, igual somos amigos y no necesitamos nada más, le dije que también me iba a conseguir un mozo, por ejemplo mi compañero Cristian, el de la universidad, que está muy bueno y ya me ha dicho varias veces que yo le gusto mucho, o también está Carolina que está muy aburrida con ese marido que tiene y quiere probar algo distinto, ¿no te la he presentado?, tiene unas tetas divinas.

Yo me había acostado bocarriba y miraba el techo. Conocía a Cristian, lo había visto una vez, había venido a recoger a Mara para ir a hacer compras o a estudiar.

––¿Pero Juan Pablo no dice nada sobre mí? ––pregunté.

––De ti no dice nada, Gabi, él sabe que tú y yo somos muy buenos amigos desde hace años, y te tiene mucho cariño. ¿Qué va a pensar de ti? A él le parece bien que estés acá, así yo no estoy tan sola todo el tiempo. A él le preocupa eso, que yo esté sola, por eso también me llama todas las noches y se impacienta cuando no contesto, cuando llego tarde.

––¿Y usted qué prefiere, un amante hombre o una mujer?

––¡Beeh!, la verdad no me interesa nada de eso, que pasen las cosas y ya, además yo quiero seguir así, sin nadie, no quiero que nadie me joda la vida, ¿te imaginas que Juan Pablo se viniera a vivir acá? ¡Uy no no no, yo no sé qué haría con ese señor todo el tiempo encima, jodiendo por todo! Lo mejor sería que le saliera ese doctorado que quiere hacer en Europa y me dejara a mí acá, sola. Claro que ahora que vives acá no me siento tan sola, para nada, tú me haces muy buena compañía, Gabi, bizcocho.

Ella me abrazó y yo pegué la nariz a su cuello, y entonces me besó, se levantó y la vi alejarse, y al ver su espalda y sus nalgas redondas estuve a punto de decirle que no se fuera, que durmiéramos juntos, pero ella cerró la puerta y se encerró en su cuarto.

 

Varios días después decidí renunciar. ¡Qué carajos!, igual ya no estaba ganando un peso, era más lo que gastaba en buses, yendo de un lado a otro de la ciudad. Llamé a mi papá y le conté mi decisión, y le dije que obviamente me iba a poner a buscar un trabajo serio, las ventas se habían acabado para mí. A él le pareció bien y me dijo que mientras pudiera me iba a seguir ayudando económicamente. Luego hablé con mi mamá y le conté lo de mi renuncia y le dije que iba a buscar trabajo y que si no conseguía me iba a poner a escribir la novela, y ella me dijo, cuando se aseguró de que mi papá no la oía, que eso estaba muy bien pero que tenía que ahorrar, que mi papá estaba muy endeudado y se estaba gastando toda la plata en lo del alpinismo, que a ella en cambio sí le tocaba usar la misma ropa siempre. En ese momento se calló. “Espera”, me dijo, y alcancé a oír a mi papá que le decía algo (sonaba a regaño o a orden, por supuesto), y ella le contestó con impaciencia que todavía estaba hablando conmigo. Así estaban las cosas en mi casa.

Al día siguiente me fui a celebrar y estuve toda la tarde con Eduardo bebiendo y fumando marihuana. Estábamos en un bar del Centro y a eso de las diez de la noche llegó Mónica, la estudiante de psicología que Eduardo se estaba comiendo. Como los vi muy románticos decidí largarme para el apartamento. Llegué y vi a Mara despierta en la sala. Todas las luces estaban encendidas.

––Gabi, gracias a Dios llegaste, imagínate que me estaba viendo en televisión una película de terror… era coreana o japonesa, no sé… ¡Jueputa, se me olvidó el nombre!... Era de fantasmas, Gabi, de una vieja que se moría y perseguía luego al man que la había traicionado y al final lo volvía loco, ¡Dios mío, Gabi, estoy muy asustada!... Déjame dormir hoy contigo, ¿sí?... ¿Y eso con quién andabas, estás borracho?

Esa noche, cuando tuve a Mara a mi lado y estaba acariciando sus piernas y chupando sus pezones, me dije a mí mismo ¡a la mierda! y empecé a meter mi verga erecta en su vagina, ella gimió un poco y yo empezaba a moverme ya cuando susurró en mi oído lo que me pareció una advertencia o una invitación:

––Gabi, estoy ovulando.

Se lo saqué y de un salto me bajé de la cama y busqué un condón en los cajones de la ropa. Al fin encontré uno, y cuando intentaba rasgar con los dientes el empaque me di cuenta de que estaba perdiendo la erección. Mara estaba acostada de espaldas a mí. Empecé a besarle el cuello y el pelo mientras intentaba poner el puto condón en mi verga flácida. Ella se volteó y me atrajo hacia sí, y de vez en cuando bajaba la mirada hacia mi pelvis. Después de por lo menos cinco minutos en los que lo único que logré fue sudar como un caballo, me dijo:

––Gabi, acuéstate. Tengo sueño.

Nos abrazamos bajo las cobijas pero era tal el calor que ella me dio la espalda y al rato yo hice lo mismo. La cabeza me daba vueltas y pensé mil cosas durante un tiempo (mi situación económica, los problemas en mi casa, la novela que seguía en veremos, etc.). Luego me quedé dormido.

Siempre he creído que la noche siguiente ––esa larga noche de viernes y la madrugada del sábado–– me cambió por completo. No sabría explicar qué fue lo que cambió, pero algo sin duda murió en mí, y lo hizo para siempre. Por lo menos, es algo que hasta el día de hoy no he logrado recuperar. Tal vez perdí la fe. Tal vez me enfrenté con una verdad que a mis veintidós años creía superada.

¿Me creía acaso inmune a ese lado oscuro de la “vida auténtica” (de la que hablaban Miller y Lawrence) que supuestamente perseguía? ¿Me creía inmune a la red inextricable que la realidad tejía en torno a mi cuerpo y a mi alma? Yo esa noche esperaba a Mara. Por supuesto que la esperaba, como siempre. Leía el Purgatorio de Dante, una versión en prosa, y había dejado la puerta de mi cuarto abierta. Sentí ese aire opresivo de los días previos, esa atmósfera fantasmal ––por ridículo que suene–– y mi pulso se aceleró. A eso de las diez y treinta el teléfono sonó y corrí a contestarlo. Era Juan Pablo. Le dije que no, que Mara no había llegado. Me dio las gracias, hablamos un par de cosas más y colgó. Luego volví a mi cama y ya no pude leer más. Me fui al cuarto de Mara y prendí el televisor, estuve cambiando canales un rato largo, vi un programa de entrevistas estúpido, vi la noticia de un bus que había atropellado a un niño de cuatro años, vi el discurso de Uribe donde hablaba de su apoyo a la invasión norteamericana a Irak, vi un video de Britney Spears, y luego me quedé un rato en un canal peruano donde estaban pasando Poltergeist doblada al español. Sentí estortijones durante la escena en que se oye por primera vez la voz de la niña desaparecida en el televisor con estática, así que apagué el aparato, fui al baño a cagar y luego regresé a mi cuarto.

Eran las doce y treinta. Apagué la luz e intenté dormir, pero era inútil. Me asomé por la ventana. Veía la calle de acceso al conjunto, oculta parcialmente por los árboles cuyas ramas filtraban la luz de las lámparas y creaban sombras retorcidas en el asfalto. Estaba vacía, a excepción de un carro que estaba parqueado al lado de la portería de ingreso, en un área particularmente oscura. Me quedé mirándolo y noté que había alguien en su interior. Luego me percaté de que eran dos personas en los asientos delanteros, que a veces se acercaban y se fundían en un solo bulto negro. Imaginé que eran un hombre y una mujer. Me quedé durante más de media hora observando atentamente el vehículo, buscando ver mejor a sus ocupantes, esperando a que alguno de ellos se bajara. Pero eso no ocurrió y me acosté de nuevo bocarriba y miré las sombras que ahora se agitaban en el techo dibujando enjambres de ojos y manos.

No supe en qué momento me dormí. O tal vez no lo hice y permanecí en un estado de aletargamiento, como drogado por el miedo que roía mi estómago.

 

Me despierta el ruido de la puerta principal al abrirse. Miro el reloj: van a ser las cuatro de la mañana. Mi corazón late con fuerza. Oigo voces, murmullos. Una de las voces es la de Mara. La otra es la de un hombre. Voy hasta la puerta cerrada y me agacho e intento pegar mi oreja al espacio que hay entre el piso y la puerta. Siento el frío del piso en mi cara. Intento controlar mi respiración para que no me oigan. Ellos dos están en la sala y siguen hablando en murmullos. Oigo a Mara reír, oigo su voz en un susurro de serpiente, y me siento completamente desconectado del mundo, como si yo no tuviera lugar en él, como si todas las cosas de las que estoy seguro se escurrieran entre mis dedos como arena. Mara entra en su cuarto y siento que la otra persona entra en el baño (en mi baño). Luego ambos regresan a la sala. Hablan un rato, en voz muy baja y espaciada. Pero más tarde no los alcanzo a oír bien y eso me pone peor, sólo escucho intermitentemente lo que parecen ser gemidos muy leves, suspiros, roces de piel, ropas que se estrujan, risas en sordina. Siento que algo revienta en mi pecho y me llena de humo por dentro.

¿Cuánto duró aquello? Al rato (¿una hora tal vez?) no se oye nada más. Decido por fin abrir la puerta e ir hasta el baño. Las luces están apagadas. Miro hacia la sala pero desde allí no alcanzo a ver a nadie. Prendo la luz del baño y me miro en el espejo. Mi piel está más pálida que de costumbre. No me gusta lo que veo, no me gusta esa cara en el espejo, esas ojeras, esos ojos muertos y aterrados, la joroba incipiente. Orino y regreso al cuarto, y decido ponerme la sudadera y salir a trotar, como lo hago a veces en la madrugada. Cuando paso por la sala veo a Mara y al hombre (¿Cristian?) acostados en el sofacama desplegado, arropados con la misma cobija. Abro la puerta y salgo a la calle. Hace frío. No ha amanecido aún. Siento un fuerte dolor en la sien derecha, como si una masa viviente estuviera gestándose ahí. Corro, corro durante media hora, durante una hora, quiero irme lo más lejos que pueda.

 

Regresé al apartamento a eso de las ocho de la mañana. Mara dormía sola en el sofacama. Entré al baño y me duché. Después me puse ropa limpia y fui hasta la sala.

––Mara ––la llamé.

Ella despertó con un suspiro, de muy mal humor.

––¿Qué fue?

––Mara. Yo me voy a ir.

––¡Dios santo…!

––Tengo que irme, Mara. Voy a buscar dónde vivir, y apenas consiga me voy.

––Mira, Gabriel, no te pongas así…

––No pasa nada, tranquila. Sólo tengo que irme.

––Pufffff… Bueno, tú verás… Déjame dormir ahora, ¿sí?

Me fui a mi habitación, dejé la puerta abierta y me senté en la cama. Recuerdo que estuve un largo rato allí sentado, con la luz del cuarto apagada y las cortinas corridas, simplemente mirando en la semioscuridad el afiche de la película Pearl Harbor que había en la pared y que Mara había puesto ahí unos días antes de que yo llegara. Ben Affleck besaba a Kate Beckinsale y a su alrededor había varios bombarderos japoneses sobrevolando los portaviones norteamericanos. “Qué horror de película”, pensé vagamente. Tal vez movía mi cuerpo rítmicamente atrás y adelante, como hago a veces cuando no quiero o no puedo pensar. Luego sentí a Mara caminar por el pasillo y la vi entrar en su cuarto arrastrando las cobijas, entrar en el baño, salir al cabo de unos minutos y acostarse en la cama. Desde donde estaba sólo lograba ver un bulto bajo las cobijas, que tal vez eran sus pies y que a veces se movían. Me acosté también e intenté dormir. Pensaba en mi vida, en la vida que había llevado en Cúcuta durante mi adolescencia, en tardes en las que también me la pasaba tirado en la cama pensando en Paola o viendo televisión o leyendo libros de autoayuda o escribiendo mala poesía. Sentí que todo se repetía, que después de unos meses de paz volvía a caer en el mismo agujero. Me levanté y entré en el cuarto de Mara y me senté en un rincón. La miré dormir. De vez en cuando recordaba en oleadas la noche anterior y decía “puta” en voz muy baja para que ella no me oyera. No sé cuánto tiempo pasó, tal vez una hora, tal vez dos, y Mara se despertó y me vio allí sentado e hizo un gesto de asombro y luego de completo desagrado.

––¿Qué pasa…? Gabi, acuéstate, ¿sí?

––Está bien, Mara, sólo quería estar acá un rato, no la voy a molestar.

––Ven, acuéstate aquí conmigo si quieres.

Ella se volvió a acostar, de espaldas a mí. Luego de unos minutos me levanté y me acosté a su lado, mirando el techo, sin dormir.

Cuando despertó le dije que lo sabía todo. Le dije que sabía que ella había culiado con el Cristian ése, que los había oído. Ella lo negó todo el tiempo, dijo que habían estado tomando y que él la había acompañado al apartamento porque estaban muy pichos y que se habían acostado a dormir en el sofacama, y que eso era todo. Dijo que ella había dormido con él porque no tenía suficientes cobijas para arroparlos a los dos, él en la sala y ella en el cuarto, y que tampoco quería dormir con él en el cuarto de ella. Le dije que no habían entrado al cuarto de ella justamente porque queda muy cerca del mío y era mucho más fácil que yo los oyera.

––¡Jueputa, Gabriel!, y tú por qué me estás amargando la vida, ¿ah?, ¿acaso nosotros tenemos algo? ¿Estás enamorado de mí o qué?

––No, no, yo sé que no ––dije al borde de las lágrimas.

––¿Entonces qué es la vaina, Gabriel? ¿Por qué mierda me celas? Ni siquiera Juan Pablo hace esto, ¿sabes?, nunca me ha celado ni con Cristian, ni con mis amigas, ni contigo, ¿y tú te vas a poner en esas?

––No sé que me pasa… Mara, mire, yo no soy celoso. No sé qué pasa, hay algo en este apartamento… una presencia, algo, usted misma me lo ha dicho. Yo… me tengo que ir y ya.

––Cuáles que irte.

––Sí, Mara, lo voy a hacer… no tengo un peso, no tengo trabajo… en donde mis papás andan mal de plata, pero algún apartamento o alguna pieza tengo que encontrar. En menos de un mes ya no voy a estar acá.

––Meehhh… Haga lo que quiera, entonces.

––Mara, perdóneme. En serio no sé qué es esta mierda.

Al mediodía me fui y me encontré con Eduardo y estuvimos toda la tarde juntos (no le conté nada), y cuando regresé al apartamento, de noche, Mara trabajaba en el computador y en el sofá estaba sentada Claudia, la mejor amiga de Mara, a la que había conocido hacía algunos meses y con la que nos habíamos besado y manoseado en un par de ocasiones.

Esa noche por fin tiramos, Claudia y yo. Mi rendimiento no fue el mejor debido a que llevaba más de 32 horas sin dormir, pero igual la cosa estuvo aceptable, y Claudia durmió a mi lado mientras Mara dormía sola en su cuarto.

––¿Ves, Gabriel, que a mí si no me importa que tú te culees a las viejas que quieras, que no te jodo por eso? ––me dijo al día siguiente, acostada a mi lado.

De ahí en adelante nos la pasábamos peleando por cualquier maricada, por mis platos sin lavar, por la ropa que yo dejaba colgada más tiempo del necesario en las cuerdas del cuarto de la lavadora, por las gotas de orín en la taza del inodoro, etc. Incluso me dijo que si no me marchaba me iba a tener que subir el arriendo porque los servicios le estaban llegando muy caros. Un par de noches volvimos a manosearnos, pero Mara parecía ausente y yo prefería entonces dejarla tranquila. Casi todas las noches llegaba tarde, y yo dejé de esperarla.

Una tarde estaban en la sala Cristian, Claudia y Mara, y reían a carcajadas (sobre todo Mara), y yo me encerré en el cuarto y al rato sentí que salían del apartamento, y para poder descansar en paz, para no sentir de nuevo la angustia espantosa de la otra noche, me fumé un porro y traté de dormir. Lo logré, medianamente. Ya tarde los sentí entrar y desperté, corrí hacia la puerta cerrada y pegué mi oreja en la madera, y por lo que alcancé a oír pude comprobar que Cristian se quedó a dormir en la sala, mientras Mara y Claudia se encerraban en el cuarto de Mara. Volví a mi cama y quedé profundo.

 

Los últimos días Mara parecía obsesionada con Carolina, su compañera de la universidad. Hablaba mucho de ella, de las ganas que tenía de traerla al apartamento y de hacerla sentir lo que el esposo ya ni siquiera se esforzaba en darle.

––Cuando culean, y eso es muy raro, el tipo se hace encima, la penetra un ratico, se viene y luego le da la espalda y se queda dormido. Antes no era así, antes se demoraba harto y la besaba mucho y la tocaba y la hacía venir, pero ahora parece haber perdido la arrechera, la trata como a una caca y lo único que hace para compensarla es llevarla seguido al Andino a comprarle ropa cara y zapatos, y eso a ella la pone feliz pero no es suficiente, para nada, por ahí tiene un tinieblo y está bueno y el tipo le gusta pero no es suficiente, no lo quiere, dice, así que yo le propuse que viniera y se quedara acá conmigo todo un fin de semana, que yo iba a comprar un consolador y a metérselo y a hacerla venir todas las veces que quisiera, y a ella le está sonando.

Pero no me gustó para nada que Mara me dijera eso, no quería estar en ese puto apartamento cuando trajera a Carolina. Así que, al no encontrar nada que pudiera pagar en La Candelaria, que era donde quería vivir, llamé al amigo de una prima que vivía solo en Centro Nariño y alguna vez me había dicho que podía arrendarme la habitación que estaba vacía en su apartamento (la verdad es que ahí dormía el perro), y él me dijo que listo, que no había problema, que cuando quisiera me pasara. Llamé a mi papá y le conté mi decisión, pero no le gustó ni cinco.

––¿Por qué no me consultó antes, ah? ¡Usted no puede andar cambiando de casa cada dos, tres meses! ¡Parece un gitano ya! ¿Por qué no se espera unos mesecitos mientras consigue algo mejor y consigue trabajo?

––No, papá, yo me tengo que ir de acá cuanto antes.

––¿Pero qué es lo que le pasa? ¿Lo están tratando mal allá o qué?

––No, todo está bien. Pero necesito irme. Tengo que irme de acá.

––¡Mire a ver! ––gritó, y colgó el teléfono.

Empecé a pasar hambre. Esa última semana almorcé corrientazos baratos y apestosos cerca del apartamento, no desayunaba y de noche comía mogolla con tinto. No quería pedirle a Mara que me regalara comida. Por esos días una amiga me consiguió un trabajo que no tenía nada que ver con la ingeniería, iba a ser una especie de archivador y digitador del sistema de calidad en una empresa de ingenieros consultores. Es decir, yo iba a trabajar de secretaria a las órdenes de un grupo de ingenieros más o menos de mi edad. ¡A la mierda!, igual acepté. No podía darme el lujo de no hacerlo. Pero iban a pasar por lo menos quince días antes de recibir mi primer sueldo, que dejaba mucho que desear. Aparte de eso mi papá no me hablaba, en mi casa se habían quedado sin dinero y las cosas entre mi mamá y él andaban de mal en peor.

Pero me sentía eufórico porque me iba a largar de esa mierda de apartamento cuyo olor dulzón ahora me desagradaba por completo, como si el lugar estuviera repleto de todos los fantasmas que Mara había traído con ese puto portal que había abierto y que se tragaban todo el aire respirable, como si ella misma succionara la vida de los que la rodeábamos y fuera necesario escapar, escapar de ella y de sus fantasmas (como ya lo había hecho Juan Pablo).

La víspera de la mudanza Mara y yo conversábamos en su cama. Era casi la medianoche. A pesar de todo me sentía en paz con ella. Quería entenderla, quería aceptarla. Se puso a hablar de María Paula, en medio de los bostezos.

––Ella está siempre conmigo, siempre, siempre… la recuerdo cuando me levanto, pienso en ella antes de dormir, sueño con ella todas las noches… La verdad es que nada me importa, Gabi. Lo único que quiero es desdoblarme para verla, para jugar con ella, para cantarle, y no me importa si un día de estos no regreso, si muero, si Juan Pablo llega una tarde y encuentra mi cuerpo pudriéndose ya… Estoy completamente vacía… Ya no amo a nadie, ni siquiera a Juan Pablo… Menos mal te vas, Gabi, porque quiero volver a estar sola, no voy a arrendarle a nadie más ese cuarto… voy a estar sola y cuando venga Juan Pablo lo voy a atender y voy a estar con él todo el tiempo y le voy a dar culo… y voy a darle un beso de despedida cuando se vaya de nuevo… y así, hasta que se largue a Europa o a donde… se le dé la gana… y yo luego… me voy a quedar acá… sola… sola con m…

Cerró los ojos y suspiró. No dijo nada más. Me quedé contemplándola mientras dormía, sentado en el suelo y con mi cabeza apoyada en la cama, muy cerca de la suya. En ese momento le deseé lo mejor. Deseé que tuviera una vida feliz.

Inhaló con fuerza por la boca como si se estuviera ahogando ––con un gemido largo y profundo–– y abrió los ojos. Parecía volver de un lugar imposible, a millones de años luz de distancia. Me miró como si el alma le entrara de nuevo al cuerpo. Me miró horrorizada.

––Gabriel… vete a tu cuarto… ve y duermes, ¿sí?

 

© Jorge Mario Sánchez, 2009.

miércoles, julio 08, 2009

Tío Víctor

Eso pasó hace casi veinte años. A mediados de los noventa. Toqué el timbre y Orlando me abrió la puerta. Era una casa vieja y enorme, la casa de sus padres, en la que vivían desde hacía años solamente Orlando y sus dos hermanos menores (papá y mamá se habían mudado a Sabana de Torres), aunque de vez en cuando llegaban a dormir algunos familiares y amigos de la familia que estaban de visita en la ciudad o se habían quedado sin dónde pasar la noche. Esa tarde íbamos a jugar de nuevo Texas Hold’em, pero lo primero que me dijo al abrir la puerta fue “Venga y le muestro”. Caminamos por el largo pasillo, cruzamos la sala comedor y entramos al cuarto en el que Orlando solía dormir pero que desde hacía semanas ocupaba un tío de unos cuarenta años que vivía en Ráquira o Simacota y que estaba de paso por Bucaramanga. Fue bueno mientras Orlando ocupó el cuarto: era grande y muy caluroso, no tenía ventanas hacia la calle, el techo de vigas de madera se elevaba cuatro metros del suelo, y si cerrábamos la puerta y apagábamos la luz no se veía ni mierda. Durante todo ese semestre que siguió a nuestra graduación Jaimito, Orlando y yo (los tres nos habíamos salvado del servicio militar y no habíamos podido o no teníamos ganas de empezar una carrera) nos encerrábamos a cualquier hora del día a fumar marihuana y a beber cerveza y a escuchar a Café Tacvba o a Faith No More, y si estábamos de buenas nos acompañaban unas amiguitas del barrio que en plena oscuridad se dejaban manosear y lamer, y a veces nos calentábamos tanto que nos subíamos todos a la cama y nos tocábamos mutuamente sin distinciones de género. Cuando prendíamos de nuevo la luz teníamos las mejillas y los ojos salpicados de rojo y a las chicas el pelo se les aplastaba en la cara y se les metía en la boca. Las paredes siempre quedaban empapadas y nos preguntábamos de dónde putas sacábamos tanto sudor. Pero un año más tarde esos ritos se habían acabado, y lo primero que sentí al entrar en el cuarto, esa tarde, fue un punzante olor a vómito, a mierda y a desinfectante.

––El tío Víctor está horita en el hospital ––dijo Orlando al verme recular y taparme la nariz con las manos.

––¿Qué putas fue?

––Anoche, en la madrugada… Se puso a gemir tan fuerte que nos despertó a todos. Al principio pensamos que había llegado borracho otra vez, pero no, se oía rarísimo, como un perro con bozal al que están matando a palos. Abrimos la puerta de una patada. Había manchas amarillas, marrones y verdes hasta en el techo. No se imagina la pisquita, con decirle que ahora huele rico. Llamamos una ambulancia y se lo llevaron. En medio del boleo nos dimos cuenta de que se había jartado completo el tarro de Baygon que teníamos debajo del lavadero.

––¿Y eso por qué?

––Ni puta idea. Anda agarrado con la tía Sara, se habían separado y la vieja se quedó con los chinos. Y como que también está varado, sin trabajo ni una mierda. Pero en general quién sabe.

––Todo un loser ese man.

––Vamos a la tienda por unas polas.

Mientras jugábamos traté de imaginar lo que había sentido el tipo cuando tomó el insecticida. Recordé cierta escena de Alien, y llegué a sentir náuseas, pero eso fue todo. Lo mejor es, sin duda, pegarse un tiro. Eso pensé y me olvidé del asunto. Estuve un rato gritando de júbilo porque les gané a Orlando y a los hermanos cinco mil pesos.

Pero ahora que contemplo este espejo sucio lo recuerdo. Ahora recuerdo muy bien a ese señor, sus gestos y las cosas de las que habló algunas semanas después, cuando nos encontró jugando en el comedor y se nos acercó. Su monólogo era banal o no tenía mucho sentido entonces, y tampoco parece tenerlo ahora, pero siento que algo se agazapaba tras esas palabras, una pregunta que cuando tenía diecisiete años no podía (no debía) siquiera imaginar, y a la que ahora me estoy aproximando ya sin prevenciones, como si me encogiera de hombros en una playa oscura mientras siento que se acerca un huracán.

Llegó del hospital un par de días después, luego de no se sabe cuántos lavados de estómago, y según Orlando estaba idéntico, tal vez más flaco y más afable que de costumbre. El día que lo vi (nunca lo había visto de cerca) estábamos jugando Texas Hold’em, se acercó a la mesa y nos saludó de mano, sonriendo. Era una sonrisa extraña, para nada fingida. Tenía los ojos hundidos casi por completo en unas ojeras que parecían dos pozos marrones y verdes, y la frente y las mejillas estaban surcadas por arrugas como grietas. Llevaba bigote y sudaba copiosamente. Se veía viejísimo. Posó su mano derecha sobre el hombro de Orlando, se lo quedó mirando a los ojos sin decir palabra y le sonrió como si estuviera borracho.

––Ole, mijo ––empezó a decir––. Mijo, muchas gracias. Estoy muy apenado con usted y sus hermanos, pero quiero darle las gracias, de verdad.

––No pasa nada, tío.

––No, no, no… No, mijo, no sabe todo lo que sumercé hizo por mí. Se lo agradezco con toda el alma.

––Está bien, tío.

––¿Ole, y qué es lo que juegan?

––Nada… póker.

––Ah… ¿y será que me dejan acompañarlos un ratico?

––Mmmmmm… Juepuerca, tío, ya está como avanzado el juego… Pero sí, no hay problema. Coja silla.

––Gracias, mijo… ¡Uy!, ¿pero es que están apostando plata?... Ja, ja, no jodan, yo ando sin cinco… No, no, no, más bien los miro jugar, sigan, sigan ustedes.

El hombre se sentó a mi lado. Por un rato no dijo nada, miraba simplemente el movimiento de las cartas, pero con él ahí el ambiente se había puesto pesado, empezamos a jugar sin ganas y decíamos lo estrictamente necesario.

––Planto.

––Doblo.

––No voy.

––¡Vida hijueputa!

Entonces se puso a hablar, sin levantar los ojos de la mesa.

––Mijo, yo me voy ya la próxima semana, me voy pa Zapatoca a ver si me sale un trabajito donde un primo que tiene una droguería. Ya no los voy a molestar más por acá.

––No es molestia, tío.

––Es que ya no puede uno seguir así de un lado pa otro, mijo, viendo a ver qué revienta, viviendo al día. Eso es mal negocio, eso le jode a uno la vida, mijo, vea que su tía Sara no se aguantó… ¡Puaj!... Lo de Zapatoca ya es lo último, allá sí me quedo quieto.

Nadie dijo nada y seguimos con el juego. Yo tenía una mano malísima.

––Muchachos, ¿y ustedes qué, qué están estudiando?

––Errr… Ingeniería civil ––carraspeé.

––Derecho ––dijo Jaimito.

––Ná… ––murmuró Orlando.

––¡Eso, muchachos, me parece muy bien! Tienen que estudiar, tiene que gustarles mucho lo que hacen, cogerle el gusto y quedarse en eso toda la vida…

Orlando resopló largamente.

––Sí, muchachos… eso no se pongan con maricadas, a andar metiendo vicio ni nada de eso… no anden metidos en putas y aguardiente, párenle bolas a sus mamás. ¿Sí me escuchan, pelaos?... Y esto de andar con el juego tampoco, yo que pensé que era por recochar un rato pero me doy cuenta que están es dándole duro a las apuestas, eso no se puede, muchachos, no.

––Está bien, tío, tranquilo ––dijo Orlando palmeándole la espalda a tío Víctor.

––¡Muchachos, ojo con las putas! ¡Si tienen plata ahorren, ahorren, pingos! No se pongan a hacerle caso a brujas y adivinos, ni anden metiéndose con taitas de esos del putumayo y tomas de yagé, ni con lectura del chocolate ni nada… Yo sé por qué se los digo, hijitos… No vean de esas películas de muertos y de aparecidos… Eso pónganse a trabajar mejor, denle duro al trabajo, piensen todo el día en su casa y en sus hijos, en su mujer, quiéranla mucho, respétenla, no se metan con maricas, con locas de esas que se ponen tetas… Quieran su tierra, ¡la tierrita, pelaos, la tierrita que los parió…!

––¡Que bueno, tío Víctor! ––exclamó Orlando, sin hacer el menor esfuerzo por ocultar su impaciencia.

El tío se quedó callado treinta segundos. Luego se paró de la silla de totazo, como si un bicho le hubiera picado una nalga, y nos estrechó la mano a todos sin mirarnos mientras repetía casi en un murmullo “gracias, gracias, qué pena con ustedes, muchachos, gracias”. Luego se encerró en su cuarto.

Orlando se bebió un trago largo de cerveza. Yo conté la plata que había sobre la mesa y propuse que continuáramos con el juego. A todos les pareció bien.

No volví a saber nada del tío Víctor, y tampoco pregunté nunca por él. Ahora es de madrugada y alcanzo a oír la música fuerte y las carcajadas de Miguel y de las dos putas allá en el cuarto en penumbras. Una de ellas me llama insistentemente. Siento que afuera sigue nevando. Me quedo mirando las dos líneas de coca sobre el espejo, y contemplo también mis ojos secos y abismales y las ojeras como dos platos negros. Le sonrío a mi propia imagen y la barba se me expande por las mejillas. Aspiro.

 

© Jorge Mario Sánchez, 2009.