miércoles, abril 02, 2008

The Painted Veil (Al otro lado del mundo)

Director: John Curran. Año: 2006.

The Painted Veil narra los encuentros y desencuentros de un hombre y una mujer condenados a vivir juntos. Así de simple. La mayor parte de la película transcurre en un poblado de China donde se ha desatado una epidemia de cólera. Walter (Edward Norton), bacteriólogo, se ha ofrecido como médico voluntario y lleva consigo a su esposa Kitty (Naomi Watts), en retaliación a las infidelidades de ella. El bungalow en el que viven está rodeado por montañas llenas de vegetación; la neblina las cubre como un velo; la atmósfera que se respira es embriagadora, a pesar de la enfermedad y de la muerte. Los dos protagonistas parecen, en un principio, no tener nada en común, y sabemos que se han casado por las razones equivocadas (como ocurre siempre), sobre todo en el caso de Kitty. Pero a pesar del enorme muro que se levanta entre ellos, a pesar de que miran en distintas direcciones (la bellísima primera escena del filme así nos lo muestra) y de que cada uno de ellos podría decirle al otro, como lo canta Bunbury, “el rumbo de tus sueños coincide con mis pesadillas”… a pesar de todo ello, Kitty y Walter se van a enamorar. Y el encanto de The Painted Veil reside en la forma como nos relata ese paulatino enamoramiento. Todo está en los detalles: las miradas, los diálogos y los silencios, la manera como se retan comiendo verduras crudas a pesar del riesgo de contraer cólera, los encuentros y las conversaciones con terceros, Walter oyendo a Kitty al piano por vez primera, Kitty descubriendo la compasión de Walter y la suya propia, el whisky, el opio… La primera vez que los vemos hacer el amor priman la torpeza y la timidez (sobre todo en Walter). La segunda, el deseo y la embriaguez saturan la pantalla, y el erotismo de la escena es abrumador. Y son, justamente, las sutiles y emotivas actuaciones de Watts (fascinante como siempre) y Norton, las que logran, junto con la atmósfera y la música omnipresente, conectarnos fuertemente con el drama de estas dos personas y de quienes los rodean, y ponernos del lado de los protagonistas hasta el punto de que queremos saber qué piensan en verdad el uno del otro, qué desean, cuál es el destino que se están construyendo.

Con esta película, John Curran nos presenta una visión del amor y de las relaciones de pareja hasta cierto punto más optimista que la que habíamos visto en su anterior filme, We Don’t Live Here Anymore (La tentación), que también había sido estrenado en Colombia. Nos encontramos con un director sobrio y muy interesante, y con una carrera fílmica que promete.

sábado, marzo 15, 2008

Inland Empire (David Lynch, 2006)

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El universo lynchiano se compone, ante todo, de pasadizos oscuros, de callejones, de puertas que se abren y se cierran, de cortinas rojas y azules, de lámparas de colores, de enigmas y acertijos. En Inland Empire, su más reciente película, estos elementos característicos saturan la pantalla. De esta forma el espectador va adentrándose, acompañado por los personajes, por pasillos que lo llevan a lugares sin nombre. Pero el recorrido es caótico: saltamos de una escena a otra, de un personaje a otro, en un mundo donde la sucesión cronológica de los hechos se quiebra abruptamente, y es a través de las grietas que visualizamos el subconsciente de los personajes y el nuestro propio.

Ni siquiera los diálogos siguen el modelo convencional de preguntas y respuestas. De hecho, en los momentos más bizarros del filme los personajes no parecen estar conversando, o por lo menos lo hacen en un plano mucho más profundo, donde una frase dicha por alguien pone en movimiento ciertas relaciones inconscientes en su interlocutor, y por lo tanto éste responderá, después de un breve silencio, con otra frase que no tiene nada que ver –en apariencia– con la anterior. Esto se hace evidente al inicio del filme, en ese extrañísimo sitcom de conejos que es visto por una de las protagonistas (tal vez la verdadera protagonista del filme), donde el diálogo es el siguiente:

(Entra Papá Conejo. Ovación del público).inland460

Hija Conejo: Algún día lo descubriré.

Mamá Conejo: ¿Cuándo lo confesarás?

Papá Conejo: ¿Quién podría saberlo?

Hija Conejo: ¿Qué hora es?

(Risas del público).

Papá Conejo: Tengo un secreto.

Hija Conejo: Hoy no hubo llamadas.

(Risas del público).

(Ruido de pasos).

Papá Conejo: Oigo a alguien.

Mamá Conejo: Je, je, je.

Hija Conejo: No creo que falte mucho.

(Papá Conejo sale).

La mujer que mira esta escena en el televisor está llorando. Luego conocemos a Nikki, la actriz, a Sue, el personaje que ella interpreta en una película, a las prostitutas polacas de los años treinta o cuarenta, a las prostitutas del Hollywood de hoy (que son las mismas). Sabemos que hubo o que va a haber un asesinato (no es posible distinguir el antes del después, y esto lo dicen los mismos personajes). El set de la película que se está filmando esconde otro mundo tras los acabados falsos. Las situaciones y los diálogos se repiten una y otra vez entre distintos interlocutores, como si el tiempo fuese cíclico y no lineal. Cada actor representa a varios personajes, y los mismos personajes cobran vida en el mundo “real”, e intentan poseer a los actores que los representan…

Hay en este filme, además, una reflexión que ya había esbozado Lynch en Mulholland Drive, y que tiene que ver con la forma como nosotros, los espectadores, percibimos a las estrellas de Hollywood y de la televisión. De hecho, me atrevería a decir que el tema central de Inland Empire es ése, que estamos asistiendo a un análisis implacable del mundo de la farándula y de la obsesión de la mayoría de las personas con los ídolos de la pantalla, con su trabajo y con su vida personal. En este sentido, la película podría ser interpretada de esta forma: la protagonista, a la que vemos casi todo el tiempo contemplando la pantalla del televisor, utiliza a Nikki, su actriz preferida, para escapar de la culpa que la atormenta, para que sea ella quien le ayude a destruir el monstruo que se ha alojado en su mente y que amenaza con destruir su vida familiar. La culpa de la protagonista está directamente relacionada con el sexo, y de allí que sea el encuentro sexual entre Nikki (Sue) y Devon (Billy) el que desencadena la tragedia y el absurdo. Pero a pesar de ello Inland Empire tiene un final feliz (algo completamente atípico en la obra lynchiana).

Las de David Lynch son películas de terror. Pensemos en Eraserhead, en Blue Velvet, en Lost Highway, en Mulholland Drive y en Inland Empire. A pesar del humor negro y de la inocencia de ciertas escenas, siempre hay, entre líneas, una sospecha, un peligro impreciso buscando salir a la superficie, algún aspecto de nosotros mismos que somos incapaces de aceptar. El sexo es espeluznante e incierto, como una fisura en la realidad a través de la cual contemplamos el abismo. En los callejones oscuros de las ciudades y de nuestra alma se esconden los demonios. No encontramos a Dios por ninguna parte, y uno de los versos de la canción gospel con que se cierra Inland Empire dice: “¿No sabes que te necesito, Señor?”.

Inland Empire es, quizás, uno de los filmes más extraños de David Lynch desde Eraserhead. Sin embargo, encontramos también aquí la que podría ser su obsesión temática, y que es resumida en aquella historia contada por uno de los personajes del filme, el grotesco fantasma de la actriz/prostituta polaca:

Un niño pequeño salió a jugar. Cuando abrió su puerta vio el mundo. Al pasar por la puerta produjo un reflejo. El mal había nacido. El mal había nacido, y siguió al pequeño.

No es raro que después de ver un filme lynchiano sus imágenes nos persigan durante varios días, incluso en sueños. Sin duda, la genialidad de este realizador radica en lograr una comunicación directa con las capas profundas de nuestra mente.

domingo, febrero 24, 2008

There Will Be Blood (Petróleo sangriento)


Conocí a Paul Thomas Anderson –director y guionista de Petróleo sangriento (There Will Be Blood)– con Boogie Nights, película que a finales de los 90 fue transmitida por HBO. Anderson despliega aquí una forma de narrar embriagadora y, como un hipnotizador, nos sumerge por completo en esa historia de actores porno tratando de sobrevivir a los altibajos de la industria. En ese entonces me sorprendió gratamente la desmesura de un director novato y muy joven (contaba con 27 años), su ambición, esa confianza en sí mismo que le impedía hacer de Boogie Nights una película perfecta, “redonda”.

Luego vino Magnolia. Fue proyectada en un cine de Bucaramanga, y fui a verla el día del estreno. Esta vez la fascinación fue más fuerte aun: una fascinación producida por las imágenes, la música, el ritmo en espiral, la forma como se entrecruzan las historias, las voces y los conflictos. No obstante ciertos altibajos narrativos no pude levantarme de la silla durante las tres horas de proyección. La sala se fue vaciando y al final sólo quedamos cinco gatos, y por lo menos tres salieron bastante molestos por lo que acababan de ver: esperaban que en su resolución la película justificara su complejidad, y se encontraron con una de las escenas más absurdas e inesperadas del cine contemporáneo: una lluvia de sapos.

Con los años Magnolia se convirtió en mi película favorita. Sí, es imperfecta, es ambiciosa como un relato bíblico, es inextricable. Pero posee una cohesión narrativa y un manejo de las técnicas cinematográficas que sólo alcanzan los verdaderos genios del cine, como Kubrick, Scorsese o Bergman.

Luego tuve la oportunidad de ver el primer filme de Anderson, Hard Eight, y después, gracias a Cinemax, pude apreciar su incursión en la comedia romántica con Punch-Drunk Love, de la mano de Adam Sandler y Emily Watson. Aquí Anderson deja de lado la narración coral al estilo de Boogie Nights y Magnolia, y se concentra en un solo relato, el del protagonista neurótico para quien la terapia más efectiva resulta ser el amor. El resultado no pudo ser mejor: Punch-Drunk Love es una de las mejores comedias románticas de los últimos años, y la única película de Adam Sandler que soporto.

Y tras cinco años de receso y de cierto bloqueo creativo que Anderson logró despejar gracias, entre otras cosas, al encuentro con uno de sus maestros, el finado Robert Altman (sin duda el mayor inspirador para Magnolia; las resemblanzas entre el terremoto al final de Short Cuts y la lluvia de sapos en el film de Anderson son evidentes), llega en el 2007 There Will Be Blood (Petróleo sangriento). A primera vista esta película supondría un quiebre con toda la obra anterior del director. Sin embargo, podemos descubrir en ella fuertes semejanzas estilísticas y de contenido con sus antecesoras: la ambición, la desmesura, el carácter bíblico, la excentricidad, los conflictos entre padres e hijos (Magnolia) o entre hermanos (Punch-Drunk Love), y, sobre todo, algunas escenas que bordean peligrosamente el nonsense. El tema central, sin embargo, es nuevo en Anderson. Si en sus otras películas no podíamos hablar de personajes que encarnaran completamente el Mal debido a su fuerte dualidad, al hecho de que muchas veces no eran conscientes de su pecado o de que terminaban arrepintiéndose, en There Will Be Blood encontramos que los dos personajes principales, el predicador y “falso profeta” Eli Sunday (Paul Dano) y, sobre todo, el magnate petrolero Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis), no son seres que hayan sido tentados por el demonio, sino que descienden al abismo por su propia cuenta. Son, hasta cierto punto, libres en su decisión, guiados por la voluntad de excavar en lo más profundo de su alma. Si algún día se arrepienten harán lo posible por aniquilar ese arrepentimiento. El Mal en ellos proviene de la ambición, pero a su vez esta ambición está cimentada en la envidia y en el odio visceral hacia sus congéneres, como de hecho lo admite Plainview en una de las escenas del filme. Las vidas de estos dos hombres serán espirales descendentes que se cruzarán una y otra vez hasta ese final espeluznante y ridículo a un tiempo, con aquella frase pronunciada por Daniel y que cierra el filme: “I’m finished” (que en español tendría por lo menos dos traducciones: “He terminado” o “Estoy acabado”).

Daniel Day-Lewis es, quizás, el más grande actor vivo, y esta película sería la prueba definitiva. Es imposible ThereWillBeBlood500concebir un rostro distinto al de Day-Lewis para Daniel Plainview. En la mayoría de escenas de There Will Be Blood no vemos en él un sentimiento único, sino una superposición de sentimientos e ideas que se contradicen entre sí: el dolor está opacado por la ambición; la compasión por el odio; el amor por el pragmatismo; el cinismo por la violencia desenfrenada. Plainview es un monstruo guiado por la envidia y por el afán de competir, un depredador que arrasa con todo lo que encuentra a su paso, que pisotea sin piedad, que roba y usurpa la tierra a sus dueños, que es incapaz de perdonar y olvidar las ofensas, y que culpa a un Dios en el que no cree por el dolor que lo acompaña siempre. En algún momento llega a aniquilar, incluso, el único sentimiento que podía redimirlo: el amor por su hijo y por su hermano (con quienes, sin embargo, no existen lazos de sangre). Y Plainview es, ante todo, una fuerza de la naturaleza, y es sobre este tipo de fuerzas aparentemente sublimadas que hemos construido nuestra civilización.

Paul Thomas Anderson ha logrado hacer, de nuevo, una película inquietante e imperfecta, pero esta imperfección es la misma que encontramos en genios como Dostoievsky: es el deseo enfermizo de ir mucho más allá de sus capacidades, de hacer preguntas sin respuesta, de no cerrar completamente las historias, de dejar grifos abiertos por donde se escapan nuevas ideas e interpretaciones. Es la obsesión por el simbolismo y por la religión; es tener algo que contar a toda costa; es la ambición desmesurada. Pero a diferencia de Plainview, en Anderson la ambición sigue el camino del arte y todo lo que ello conlleva. Sus películas, antes que procurarnos placer, nos sacuden hasta la médula, y es justamente esto lo que esperamos del gran arte en estos tiempos de ligereza intelectual y cosas peores.

sábado, febrero 16, 2008

Reconstrucción (diálogos para un artículo jamás publicado)

Tatiana Acevedo. Esposa de Antonio Guzmán. Diseñadora de interiores independiente y ama de casa. 35 años.

Llevo quince días tratando de organizar mis recuerdos, de entender todo lo que ocurrió durante las últimas semanas, de descifrar gestos, detalles, cualquier cosa que haya pasado por alto. Antonio, ahora lo sé, estaba pidiendo ayuda a gritos y yo no sabía qué carajos hacer. En estos momentos estoy concentrada en la demanda a Compacta, y busco con toda mi alma hundir a Leobardo Avellaneda, y déjeme decirle que no me importa quién se crea él, o el hecho de que salga en televisión o en revistas. Él es el causante principal de todo esto, y lo vamos a hacer pagar.


Ana María Serrano, ex asistente de gerencia de Compacta S.A. 23 años.

Ese jueves llegué a la empresa mucho más temprano que de costumbre, a las seis de la mañana. Me abrió el portero. El primer piso estaba oscuro y solitario. Había una luz titilando en el segundo piso, al final del largo pasillo rodeado de cubículos, en la oficina de Antonio. Allí estaba él, de espaladas a la puerta, trabajando en el portátil. Me dio la impresión que la oficina olía a sudor frío. Una de las lámparas de neón estaba mal y la luz temblaba desagradablemente. Antonio había colgado el saco en el espaldar de la silla y se había quitado la corbata. Lo saludé y le pregunté que si también le había tocado madrugar. “No me he ido”, fue su respuesta. Tenía una mirada extraña: no buscaba mis ojos, se quedaba viendo fijamente un punto por encima de mi cabeza, y se frotaba la barbilla con la mano. Entrecerraba los párpados; los inferiores estaban más hinchados de lo normal.

A las diez llegó Leobardo, y Antonio y él duraron encerrados en la sala de juntas alrededor de cinco horas. Creo que ni siquiera almorzaron. Dolores entró varias veces con la bandeja de los tintos. Lo único que alcanzábamos a oír era la risa de Leobardo. Él tiene una risa muy potente, que se oye desde cualquier parte de la empresa. No los sentí discutir ni nada por el estilo. Además, siempre me pareció que Antonio le tenía un respeto exagerado a Leobardo, y nunca le levantaba la voz.

Eso es todo lo que recuerdo de aquel día. Renuncié una semana después. No me gustó para nada que a pesar de todo hubieran hecho el baile de integración ese mismo sábado, ni que hubieran asistido más de la mitad de los que trabajaron con Antonio, incluyendo a Avellaneda. Ese señor es una de las personas más… escalofriantes que he conocido. Soy católica y creo que las energías de un lugar influyen en las personas, así que no quiero tener nada que ver con Compacta ni con sus empleados.


Dolores Chivatá, servicios varios, Compacta S.A. 50 años.

Yo no le paro bolas a lo que dicen los ingenieros cuando entro con los tintos. No soy chismosa. Pero sí me acuerdo que ese jueves don Leobardo hablaba mucho y se carcajeaba con gusto. Es muy bromista, don Leobardo, siempre que hacemos reuniones de integración coge el micrófono y se pone a contar chistes y todos nos reímos. Es buen mozo, además. A mí me gusta estar cerca de él por la colonia que usa, y las chinas de la empresa viven pendientes de él, y dicen cosas que no repito acá por pudor. Don Leobardo tiene una personalidad… ¿cómo le dijera?... Y también tiene fama de perro, y dicen que entre él y don Tomás se han acostado con todas las muchachas bonitas de esta empresa, que mal contadas son veinte, y que hacen fiestas terribles en la casa de don Tomás, que vive solo porque es viudo. Quién sabe si lo digan por pura envidia, porque a las que les siguen el juego a los doctores las otras las tratan de vagabundas y cosas peores. Yo sé que don Leobardo tiene esposa, que es joven y bonita, pero no me parece pecado que le guste el baile y picar aquí y allá, a mis hijos les aconsejo que no sean pendejos, que los hombres están para hacer felices a las mujeres.

Con don Antonio no hablábamos mucho pero me parecía una persona correcta, un señor muy decente, sano, nunca vimos que se le fuera la mano con el trago en las integraciones, y un par de veces llevó a la esposa, una señora formal, de buena familia, elegante. A los hijos no los conocí. Pero ahora que lo pienso había algo raro en el ingeniero últimamente, tenía un no sé qué en los ojos, y cuando hablaba conmigo decía cosas que no se le entendían. Me acuerdo que hace como dos meses entró en la cocina y me preguntó que si yo sabía interpretar los sueños, y le respondí que la que sabía era mi señora abuela, y sin más me empezó a decir que las últimas noches había soñado mucho con el mar, que se sentía navegando en un bote pequeño y que miraba para todos lados y sólo veía el mar, y que detrás de él se alcanzaban a ver unas luces muy lejanas, una liniecita de luces, y él sabía que esa era la costa y que allá estaban la esposa y los hijos; pero lo que hacía era remar para el otro lado, hacia la línea del horizonte, que era brumosa y muy negra porque en ese lugar el cielo y el mar eran uno solo; ya estaba oscureciendo y una niebla muy densa empezaba a envolverlo y él sentía de pronto que algo –tal vez un pez gigante– golpeaba el bote desde abajo y lo hacía mover bruscamente y él quería entonces remar de vuelta pero ya no sabía dónde estaba la playa, no veía la línea de luces, no veía nada y le entraba miedo, le daba pánico esa oscuridad tan horrible y justo ahí lo despertaba el tum tum desesperado en el pecho, se despertaba medio ahogado, sudando, y ya no podía dormir más. Yo como de esas cosas no sé le respondía que tal vez lo que él quería era tomarse unas vacaciones, y que por qué no viajaba al Rodadero o a Tolú, le preguntaba que cuánto llevaba sin descansar, y él respondía que hace años y se quedaba callado, se servía un tinto y se iba. Varias veces me preguntó si era cierto que yo era muy devota de la Virgen de Chiquinquirá, y me pidió el favor de que le pidiera a la virgencita por él, para que le ayudara en el trabajo y le diera descanso… Pero válgame Dios, la verdad estuve tan ocupada esos días que se me olvidó mencionarlo en las oraciones. De todas formas, yo sé que la virgencita conoce mis intenciones y que éstas siempre fueron buenas.

El jueves ese no les escuché nada raro a los doctores, don Leobardo se reía mucho, y don Antonio también se reía pero no era una risa normal, parecía más la risa de un loro. Don Leobardo no pidió nada para almorzar, a pesar de que la última vez que entré ya eran como las tres de la tarde, pero don Antonio sí me miraba medio asustado cuando yo llegaba con la bandeja de los tintos. En la mesa de juntas había muchos papeles y unos planos, y don Leobardo estaba de pie y hablaba al mismo tiempo con don Antonio y con alguien más por el celular, y le tenía puesta la mano sobre el hombro. En el tablero habían anotado unas fechas: algunas estaban en negro y otras en rojo, subrayadas.

¿Qué más le digo, señorita? Aunque en general don Antonio era una persona muy tranquila, pienso que se le empezaron a ir las luces cuando se agarró con Carlitos, el mensajero… Pobrecito, estuvo aquí en la cocina llorando toda la tarde, y las chinas y yo nos turnábamos para consolarlo. Pero nada pudimos hacer, ese día se nos fue. Me da una lástima, él estaba pagando la carrera en el Sena con lo del sueldo. Desde ese día varias niñas de acá le cogieron rabia a don Antonio y comenzaron a hablar mal de él. ¡Dios nos perdone, pero si viera los chismes que se han armado! Yolanda y Karen, por ejemplo, andan diciendo que don Leobardo y la esposa del ingeniero tenían su cuento, que don Antonio lo sabía todo pero que le daba miedo, que se estaba volviendo loco, y que por eso pasó lo que pasó. ¿Se imagina? En esas cosas prefiero no meterme, y cuando oigo a esas viejas hablar así les digo que respeten, que la Virgencita las está oyendo, y sólo así se calman un poco.

Es que aquí creen que todo es burla.


Tatiana Acevedo.

Siempre fue normal que Antonio llegara tarde del trabajo algunas noches. Si eso ocurría, estaba tan agotado que comía sin muchas ganas, se sentaba a ver televisión y algunos minutos después ya estaba roncando, pero no se quejaba por eso. Sin embargo, a las pocas semanas de trabajo en Compacta las llegadas tarde se hicieron costumbre: nueve, diez, once de la noche, a veces más tarde… Todos los días, sin excepción. Y salía a la oficina a las seis y treinta de la mañana, incluso antes un par de días a la semana.


Marjorie Ordóñez. Consultora de marketing independiente. Ha realizado estudios de mercado y estrategias publicitarias para Compacta S.A. 32 años.

No recuerdo bien a Antonio Guzmán, la verdad. De hecho, no tuve tratos con la mayoría de empleados de esa compañía. Leobardo Avellaneda me lo presentó en una fiesta en casa de Tomás Ospina… Una fiesta privada, sólo éramos diez invitados o algo así, y por lo menos la mitad no trabajaba en Compacta. Me pareció una persona muy tímida, Antonio. No se destacaba mucho, y casi no recuerdo sus facciones, sé que no era alto, que su piel era blanca, que era el único que esa noche usaba traje y corbata, que tenía el pelo muy corto, y que cuando me lo presentaron no me miró a los ojos, pero luego lo descubrí un par de veces contemplándome desde el otro lado de la sala, y las dos veces se sintió avergonzado. En algún momento, después de haber tomado todo el licor que pudo, se acercó, me dijo algo que no recuerdo ahora, e intentó besarme. Yo se lo permití. No estuvo con nosotros hasta el final, y no lo volví a ver en las dos o tres reuniones a las que asistí después. Parece que algo le molestó. Tal vez el trago no le cayó muy bien. Quizá la esposa lo llamó y le pidió que se fuera para la casa.

… ¿Por qué me pregunta sobre Leobardo Avellaneda? ¿Qué tiene que ver en este asunto? Perdón por mi vocabulario, pero cada quien hace con su culo lo que le plazca. En fin, debería usted leer algunas revistas, como SoHo o Jet Set, para ver quién es Leobardo Avellaneda, el poder que tiene. No es la primera vez que intentan enlodar su nombre, y en una u otra ocasión lo han logrado, pero… ¿en realidad cree que a él le importa? Sin duda, le divertirá mucho que usted lo interrogue sobre esto. Y un consejo: sígale la corriente. Tal vez le dé justo lo que usted necesita.


Leobardo Avellaneda. Gerente general y socio accionista de Compacta S.A. 50 años.

¿Sabes que eres el tercer periodista que viene a indagar sobre Antonio Guzmán? Pero no te preocupes, estoy dispuesto a ayudarte. Además, eres sin duda mucho más agradable que el par de retardados que me entrevistaron antes… ¡Hum…! He olvidado por completo sus nombres. ¿Hace cuánto trabajas en El Observador?… ¿En serio?... Para ser tan joven no lo haces nada mal. Anda, come tranquila. Prueba el satay. ¿Ya te fijaste que en la mesa del fondo está el Ministro de Agricultura? En un rato te lo presento.

Bien. Antonio, Antonio… Me caía bien, Antonio. Me recordaba a mí mismo, hace muchos años. Tal vez demasiado, y no me gusta pensar en mi pasado. Soy de los que queman las naves… ¿En qué nos parecíamos? Pues en que yo también era un perfeccionista, creía que esa era la forma de escalar y conquistar el mundo. Era un idealista, por llamarlo de otra manera. Quería ser la imagen que me había formado de mí mismo, ser ese chico bueno, valiente, vigoroso, que sabía qué estaba bien y qué estaba mal, que vivía por encima de los otros y por esa razón podía servirles de guía. Pero mi juventud, comprenderás, no duró demasiado. La brutalidad del mundo me fue abriendo los ojos, y empecé a aceptar. Lo primero que acepté fue mi nulidad. En cierta forma me salvó haber conocido a Tomás, y el hecho de que me haya cogido cariño y haya tenido fe en mí. Si no… ya te imaginas qué hubiera pasado.

¡Es increíble la cantidad de basura moralista que dije en mi juventud! Y con ello, sólo buscaba ocultar mis verdaderos deseos… Pero toma más vino.


Jorge Loaiza. Representante legal de Sinergia Ltda. Antiguo gerente de proyectos de Compacta S.A. 35 años.

Leobardo Avellaneda es todo un personaje. Los del medio lo conocemos bien. Sabemos su trayectoria, las marranadas que ha hecho, la forma como se ha enriquecido. Pero tú no me estás preguntando eso.

Trabajé en Compacta un año, y siento que fue demasiado tiempo. Mi jefe inmediato era Leobardo Avellaneda. Tomás Ospina era el presidente, pero casi no se le veía y quien manejaba la empresa era Avellaneda, si es que podemos llamar “manejar” a lo que él hacía… y sigue haciendo, por lo que he sabido.

¡Y qué horror trabajar para ese tipo! Pero no siempre fue así. Cuando entré en Compacta lo conocía sólo de oídas y las referencias eran buenas. Al principio me pareció una persona muy correcta, sincera. Sentí que el hombre me había abierto su corazón, y eso me generó mucha confianza. Nos hicimos amigos. Y luego… Las personas que llevaban algún tiempo trabajando con él me empezaron a contar su historial. Avellaneda era el tema obligado de todas las charlas en la cocina. Muy pronto comprobé no sólo que los chismes eran ciertos, sino que el tipo era mucho peor de lo que había escuchado. Traté entonces de distanciarme de él; nuestra relación sería, de ahí en adelante, estrictamente laboral.

Pues bien, un par de meses después la simple fachada de la empresa ya me era intolerable –con ese logotipo inmundo que parecía una caja fuerte–, aunque, por obvias razones, trataba en lo posible de no pensar en ello y concentrarme en mi trabajo, que crecía con los días. No había un día en que Avellaneda no estuviera encima mío, revisando mis diseños, los informes, aconsejando mejorar esto o lo otro. Claro que a él sólo se le veía el pelo por las tardes, y sólo en casos excepcionales se iba de la empresa después de las seis.

Debo advertirte que me apasiona el trabajo, nunca me ha importado demasiado trabajar horas extra, y puedo tolerar bastante bien la presión. Nuestra profesión es así, y en todas las empresas en las que he estado el trote ha sido similar. Pero había algo en Compacta… De cierta forma me obsesioné con cada uno de los proyectos que tuve a mi cargo, los planos siempre estaban en mi cabeza, los clientes se me aparecían en sueños, y todo el tiempo estaba ideando formas de mejorar el diseño, de hacerlo perfecto. Eso está bien, lo sé… Pero el problema era que nunca alcanzaba esa perfección, de hecho sentía que las cosas andaban mal, que mi trabajo no era satisfactorio, que no estaba dando lo mejor de mí. Y estoy seguro de que él era el causante de ese sentimiento de culpa. Recuerdo su técnica: yo estaba sentado trabajando en unos planos y él se acercaba, ponía su mano sobre mi hombro y me miraba a los ojos. Me decía: “Jorge, ¿sabes que anoche estuve tomándome unas copas con el dueño del proyecto y con el interventor? Ese Alberto es un personaje, a pesar de que en los comités siempre se le ve serio y rígido… En fin, propuso que adicionáramos tal cosa, que mejoráramos esto y lo otro, etc., etc. Quieren descrestar al Presidente de la República en la inauguración. Es en un mes, ¿sabías?”. Obviamente, yo sabía que en un mes el proyecto no iba a estar terminado, y de hecho era la primera vez que oía algo respecto al nuevo plazo, ya que el cronograma inicial era mucho más holgado. Como sea, Avellaneda podía salir con una sorpresa de éstas cada semana, y nos encerrábamos a reconsiderar tiempos, presupuestos… Más de una vez tuve que quedarme todo un fin de semana trabajando para poder entregar el lunes, y ni hablar de pedir ayuda a los demás ingenieros, que generalmente estaban tan ocupados como yo.

Sin embargo, en ciertos momentos sus propuestas y recomendaciones (que en realidad eran órdenes) me parecieron tan absurdas que empecé a enfrentarlo, a discutir con él. ¡Pero qué tipo más extraño, ese Avellaneda! Algunas veces yo estaba tan molesto que comenzaba a vociferar, y él permanecía sentado en su silla, mirándome con una sonrisa, y cuando creía que yo había terminado de hablar me decía, con absoluta calma:

–Jorge: tú verás.

Pero yo sabía lo que eso significaba, y me sentía entonces peor, mucho más angustiado que antes… ¿Te importa si fumo?

En fin, a los pocos meses fundé mi propia empresa, Sinergia Ltda., con un viejo amigo de la universidad, y me largué de Compacta, no sin antes dejar listo el proyecto en el que andaba, la Embajada Americana, cómo te parece. ¡Y gracias a Dios me fui! No más cubículos azules, no más charlas motivacionales de los miércoles con yoga incluido, no más chismes de cocina, no más tinto de greca, no más fiestas de integración que terminan en escándalo, no más Leobardo Avellaneda.

De lo del ingeniero este, Antonio Guzmán, me enteré por los periódicos. Creo que el tipo exageró.

¿Eso es todo…? Espera, no te vayas aún… ¿Me repites tu nombre?… María Isabel, ¿quieres ir a tomar algo y charlar un rato… tú sabes, desestresarte…? Ok, entiendo… Suerte con tu artículo. ¿Cuándo saldrá publicado…?


Tatiana Acevedo.

Todo en él iba cambiando muy sutilmente… Sólo con el paso del tiempo pude darme cuenta de ello. Su trato con los niños, por ejemplo… Él los quería harto, los amaba más que a cualquier otra cosa. Y desde que nacieron se desvivía por ellos: cuando se enfermaban de una gripa corría al pediatra; se obsesionaba con que tenían que estudiar en el mejor colegio, e incluso se entrevistaba con los profesores; sacaba tiempo todas las noches para hablar con los niños, para preguntarles cosas, para jugar. Él era un niño con ellos, perdía la compostura durante los juegos, se dejaba llevar… Pero recuerdo una noche, cuando ya estaba en Compacta: tenía a Laura sobre las piernas, ella le hablaba de su profesora favorita, Sophie, la de inglés… Antonio le preguntaba cosas en inglés a Laura, y en esas le sonó el celular. Él miró el número y… ¡si usted lo hubiera visto!… sus ojos dejaron de brillar, la frente se le contrajo, su rostro entero se oscureció en un instante… Él miró ese maldito aparato durante unos segundos, y por fin contestó. Era Leobardo Avellaneda. Antonio me entregó a Laura y empezó a dar vueltas de aquí para allá mientras hablaba por teléfono. Se puso a pasarse la mano por la barbilla, un gesto muy suyo cuando estaba preocupado. Al rato colgó, se sentó de nuevo y se quedó mirando la pantalla del televisor, golpeando el brazo del sofá con los dedos. Le pregunté que qué había pasado, y tras algunos balbuceos me dijo que nada importante, que era algo de la oficina. No volvió a mirar a Laura, se quedó con el ceño fruncido viendo el televisor encendido y mordisqueándose el pulgar. Luego se fue al estudio a trabajar en el portátil, y estuvo ahí metido toda la noche… En algún momento le llevé un café y lo vi mirando uno de los cajones del escritorio, que estaba abierto. Lo cerró al verme entrar. Sentí un escalofrío, pero nunca he sido celosa y no le dije nada. Al día siguiente quise abrir el cajón, pero él lo mantenía siempre con llave, y fue entonces que recordé que ahí lo único que había, lo único que él había guardado desde hacía años… Pero en aquel momento no le di mayor importancia, y lo olvidé.

Mire, ese tipo de reacciones, como la de aquella noche, se tornaron en hábito. Como le dije, él empezó a llegar muy tarde en las noches (si es que llegaba), exhausto, serio, demasiado serio para su carácter, y ya nunca volvió a jugar con los niños, ni a preguntarles cómo les había ido. Ellos se resintieron mucho. En un par de ocasiones traté de hacerle ver este cambio, pero él gritaba y manoteaba, o golpeaba el sofá con el puño… Él, que jamás, en nuestros diez años de casados, había sido una persona violenta… Yo le preguntaba que qué le pasaba, y él evadía las preguntas, o mascullaba algo sobre el trabajo, las ocupaciones, el dinero… Nada concreto.


Ignacio Fuentes Solís. Amigo de Antonio Guzmán. Pintor de renombre, escultor, escritor, cineasta, chef, dive master, etc. 40 años.

Es una desgracia. La verdad, no me esperaba algo así. Estamos todavía en shock, Francesca y yo, que conocíamos tan bien a Antonio y a Tatiana. ¿Ala, deseas tomar algo? ¿Vino, scotch?...

No nos habíamos visto seguido con Antonio estos años, pero nos manteníamos en contacto. Las ocupaciones nos fueron separando, él enfocado en su labor de ingeniero, y como yo veía las cosas le estaba yendo bastante bien, creo que tenía muy buen puesto en esta empresa… eso, Compacta, gracias… Por mi parte, en los últimos cuatro años me concentré en sacar el proyecto de la productora, y, como sabrás, nos fue de maravilla con las dos películas que logramos concretar, Sólo vine a hablar por teléfono y el documental Días violentos. Las críticas fueron estupendas, Sólo vine… fue aplaudida en Venecia, y Días violentos en Cannes, y la taquilla en Colombia no estuvo tan mal, sobre todo para la adaptación de Gabo… No sé si te sea útil en tu reportaje, pero el mismo García Márquez nos dijo que habíamos logrado la única adaptación buena de una obra suya. Lastimosamente nos lo dijo en privado, como sabes él no es muy dado a alabar a alguien en público.

Bien, no quiero desviarme mucho del tema… Mejor dile a Enrique Cano que si le interesa podemos fijar una entrevista, ya sea contigo o con Jota, que ya ha hecho varias notas para el periódico sobre mi obra, y así hablamos un poco más sobre las películas, y sobre mi nueva exposición en Londres, que se viene ahora en febrero… ¿Te parece? ¿Quieres otro whiskey…? Qué pena, olvidé tu nombre… María Isabel. Qué musical, me gusta…

Bien, mira, no sé hasta qué punto pueda ayudarte con lo de Antonio. La última vez que nos vimos fue hace aproximadamente tres meses, y estuvo acá, en mi casa, cenando con Tatiana… Francesca y ella se llevan del carajo, y con Antonio nos conocíamos desde el colegio, imagínate… Tal vez por eso éramos tan buenos amigos, a pesar de que llevábamos vidas opuestas. Él en el colegio era aplicado, le iba bien sobre todo en matemáticas, pero igual era alegre y tenía sus noviecitas. En eso nos parecíamos, nos gustaban las niñas y nos la pasábamos detrás de ellas. Incluso las compartíamos. No estudiamos en la misma universidad, pero nos reuníamos de vez en cuando para ir a rumbear, y en una de esas salidas me presentó a Tatiana, que era y sigue siendo una mujer espectacular.

Justamente habíamos invitado a los Guzmán a cenar para celebrar lo bien que le estaba yendo a Sólo vine a hablar por teléfono, y teniendo en cuenta que ya nos habíamos reunido con medio mundo, excepto con ellos… En verdad, Antonio era el que me venía insistiendo con lo de la cena desde hacía semanas, y él era quien nos estaba invitando, pero no quise ni oír hablar de eso. O cocinaba yo, o no había cena. Fue una velada agradable, aunque un poco aburrida. Antonio no hablaba mucho, y cuando lo hacía siempre era sobre el proyecto que estaba haciendo en… ¿Compacta?..., y se le veía estresado, incluso asustado. A mi juicio, no podía sacarse ese maldito proyecto de la cabeza, el de HP o Petroquímicas, qué sé yo, y mira, te soy sincero, a mí la ingeniería me desagrada por completo, y se lo decía cada vez que tenía la oportunidad. Y esa noche se lo repetí varias veces. Pero le gustaba oírme hablar sobre mis pinturas, o mis guiones, o sobre las películas: esos temas le fascinaban, pero decía que cada vez le era más difícil sacarle tiempo a la “cultura” (esa era la palabra que usaba, imagínate), que no había vuelto a cine, que a veces en las noches cogía alguna novela y leía un par de páginas hasta quedarse dormido con el libro abierto, etc., etc. Te soy sincero, me parece terrible una vida así, dedicada a la oficina, día tras día tras día, y si no es la oficina son los hijos, o los problemas en la casa, o qué sé yo, sólo nimiedades que asfixian la vida auténtica… Esa noche tomé de más, y creo que fui un poco agresivo al hablarle a Antonio sobre estas cosas, cuando salimos los dos solos al balcón a fumar. Él no decía mucho, se quedaba mirando las luces de la ciudad, tal vez mencionó algo sobre el apartamento en el que vivía, que queda en un cuarto o tercer piso, y desde cuyas ventanas sólo se ven los edificios contiguos… Al fin me agarró el sueño y no hice nada para ocultar los bostezos, y sé que él se dio cuenta, de hecho Francesca me lo recriminó después, pero qué demonios puedo hacer, siempre he sido una persona franca, directa, y Antonio lo sabía, alguna vez me dijo que envidiaba esa franqueza, que él siempre se iba por las ramas y sentía como un muro que lo separaba de la realidad, o algo así… Vaya, ahora no recuerdo si eso me lo dijo él o si yo mismo lo escribí para alguno de mis personajes.

No volvimos a hablar, después de eso.

Y bueno, aunque no condeno lo que Antonio hizo, creo que le faltó valor… Imagino que sufría algún desajuste químico, qué sé yo, que le impidió vivir intensamente, explotar sus potencialidades al máximo. Él mismo se armó un cascarón, se encerró en él, y se fue tornando gris con el paso de los años. Cuando nos veíamos yo le hablaba mucho de esto, le hablaba de la vida verdadera, auténtica, a la que le habían cantado Lawrence y Miller y tantos otros, le recordaba que quien no está vivo de verdad es como si estuviese muerto, que lo que él necesitaba era fe en sí mismo, y él nunca supo qué responder, sólo hasta hace poco me escribió un email y puso un verso de Borges… Déjame buscarlo… Sí, este es: “sólo la vida existe”… Para serte honesto, no sé de dónde diablos se sacó eso, el bueno de Antonio.


Tatiana Acevedo.

Una noche se soltó. Recuerdo que llovía. Las gotas golpeaban los cristales y tronaba a lo lejos. Eran más o menos las once, Antonio había llegado hacía quince minutos o más y los niños ya estaban durmiendo. Estábamos sentados en la sala de televisión, viendo ese programa idiota, Nada más que la verdad, ese en el que a los participantes se les conectaba un polígrafo, y que fue demandado y tuvieron que sacarlo del aire. El presentador estaba haciéndole unas preguntas atroces a un señor, un vendedor de computadores o algo así. “¿Ha robado dinero?”, “¿Le ha sido infiel a su esposa?”, “¿Ha tenido relaciones sexuales con otro hombre?”, cosas por el estilo, una tras otra, sin descanso, usted sabe cómo era. La cuestión es que le estaba yendo bien al tipo y ya había ganado como cien millones, y viene este hijo de puta y le suelta esta pregunta:

­–¿Ha sentido deseos de asesinar a un ser querido?

¡Esas fueron las malditas palabras! ¡Lo recuerdo como si fuera ayer! El tipo se quedó callado, y parecía enormemente sorprendido, se le abrieron los ojos, sudaba, pero no supe al fin qué fue lo que contestó porque en ese momento Antonio empezó a llorar. Fue instantáneo: no hubo sollozos ni suspiros, nada que anticipara el llanto; sólo un torrente repentino. Cuando giré y lo miré ya tenía las manos en la cara y estaba llorando muy fuerte, como un niño, la boca se le abría y cerraba en una mueca, parecía estar convulsionando… ¡Dios mío! ¡Yo estaba tan aterrada que al principio no me moví! ¡No sabía qué hacer! Le grité: ¡Antonio, Antonio! Al fin me le acerqué, lo rodeé con los brazos, traté de quitarle las manos de la cara. Me di cuenta que estaba balbuceando algo, y comprendí unas frases recortadas, cosas como: “¡No más, por favor! ¡No más!”. Yo estaba en shock. Mi primera reacción fue mirar el televisor, pero en ese momento estaban en comerciales. ¡Le juro que pensé que Antonio se refería al tipo del programa…!

En fin, ya luego se fue calmando. Le di una agüita de manzanilla, le sequé la cara, le di un pañuelo para que se sonara. Empezó a decirme cosas. Parecían inconexas, yo no sabía muy bien de qué me estaba hablando, pero luego entendí.

–Tatiana, quiero ponerle fin a esto. Necesito descansar.

–¿De qué hablas, Antonio?

–Tengo a Leobardo en la cabeza. No puedo dejar de pensar en él. Está hablándome, hablándome todo el tiempo. Me está hablando del diseño en IBM. Algo no está bien. Le muestro las cifras, los diagramas de flujo. Le muestro sobre planos el área de ampliación. Pero todo está muy mal. Debemos empezar de nuevo. Debo empezar de nuevo. Leobardo quiere que cambiemos los criterios de diseño. Le digo que él mismo los aprobó, pero no quiere oír hablar de eso, dice que los de IBM están insatisfechos, que hay que cambiar todo. Miramos el cronograma. No podemos atrasarnos más, estamos sobre la ruta crítica. No importa, dice Leobardo. Nos tocó, hermano. Ponte las pilas todas estas noches. Trabajemos el fin de semana. Sacrifica el domingo. Le digo que llevo dos semanas trabajando por las noches y sacrificando los domingos. El día tiene veinticinco horas, es su respuesta. No incumplamos con esto. El futuro de la empresa depende de este proyecto, el futuro de todos nosotros. ¿Cómo van los diseños de Pfizer y Carvajal? Más o menos, William me está ayudando. Qué mierda, esos tampoco podemos descuidarlos. La empresa depende de todo eso. Mira, le voy a decir a Pérez que les ayude. Leobardo, le digo, con Pérez no sería suficiente, si queremos cumplir las fechas necesitamos por lo menos a dos ingenieros más. No es posible, responde. Tomás no me los aprobó. Háganle, trabajen todo lo que tengan que trabajar. Antonio, entiende que si a la empresa le va mal en esto, todos nos hundimos. Ponte las pilas.

–¿Cuándo fue eso?

–No sé, Tatiana… Hace unos días, el lunes. Él ha estado encima mío desde entonces. Apenas llega a la empresa lo oigo desde lejos: Quiubo, cómo vas… Hoy mandé a comer mierda a Carlos López, el mensajero. No me trajo los putos planos a tiempo. Necesitaba esos planos a las tres, para llevarlos al comité, y él llegó a las tres y treinta. Me dijo que el tipo del plotter había tenido unos problemas con la tinta. Le grité que eso me importaba un culo, que era responsabilidad de él, que era la tercera vez que me lo hacía. Lo agarré por el cuello de la camisa y lo putié. Le dije que si era necesario no almorzara para cumplir con las entregas. Los que estaban en la oficina se dieron cuenta. Le dije que se largara, que no quería volver a verlo… ¡Carlos es un culicagado, tiene veinte o ventiún años!... Pero lo despedí. Le dije que gente así no servía en la empresa… Lo despedí… –Antonio empezó a llorar de nuevo–. Él se la pasaba riéndose… Llegaba a contar chistes, les tomaba el pelo a las secretarias… Todas me miraron hoy horriblemente. Y Carlos se fue y yo seguí en mi oficina, con William y Roberto, trabajando en los computadores, sacando de nuevo los cálculos… Ellos me convencieron de que me viniera a dormir porque anoche había seguido derecho, y porque les pareció que estaba enfermo. Que ellos se quedaban trabajando, me dijeron. Por eso estoy acá…

Y una hora después estaba en el estudio otra vez, ocupado con el portátil, y luego se acostó y lo sentí moverse en la cama toda la noche.

Eso ocurrió hace varios meses. Fue la primera vez que vi a Antonio tan mal, pero no fue la última. Dos veces por semana se repetía la misma escena. Yo me sentía impotente. ¿Qué demonios podía hacer? Le decía que si era el caso renunciara, pero él no quería saber nada de eso. No puedo renunciar, me decía. Parecía que el proyecto de IBM se les estaba saliendo de las manos, crecía más y más con los días, o modificaban los criterios, y los clientes se hacían más exigentes y algo les molestaba enormemente –nunca supe qué–, y él se sentía responsable, culpable como un niño al que han regañado. No puedo dejar el proyecto botado, repetía siempre. Y Leobardo presionándolo. Pero lo peor era que el hijo de puta ese les exigía tiempos de trabajo inverosímiles, y él, Avellaneda, ni siquiera cumplía la jornada laboral completa.


Leobardo Avellaneda.

Traté en lo posible de que Antonio fuera uno de los míos, y a Tomás también le pareció que los tres podíamos llevarnos, pero el pobre le tenía pavor a algo. Tenía miedo. Tenía que pisar suelo firme, siempre. Pero en este negocio nada es firme. Te puedes pasar toda la vida aprendiendo a moverte así y nunca llegar a nada. Existen personas que, simplemente, son incapaces de sacarse toda la basura de la cabeza.

¿Te gusta? Bebe un poco más.

Antonio buscaba algo sólido, y sin duda pensó que lo había conseguido. Tú sabes, la familia, la estabilidad laboral, Dios y Patria, una casa, un carro, algo tangible, que pudiera seguir saboreándose con el paso del tiempo… ¡La mente de un ingeniero! Él, en su trabajo, se sentía dueño de una parte del mundo, y por supuesto le era imposible asomar la cabeza por fuera de la celda que se le había asignado. Y claro, yo era uno de los constructores de la celda, pero eso no tiene ninguna importancia. Afuera estábamos nosotros, y, mira, no estoy hablando aquí en abstracto, estoy hablando de un proyecto cualquiera, pongamos por caso el de IBM, aquél que supuestamente lo mató… Él diseñaba una parte del entramado, una cuadrícula, que para él era el mundo entero. Y nosotros, desde afuera, podíamos, qué sé yo, desdibujar esa cuadrícula, hacerla borrosa o incomprensible… En realidad no importaba, no era algo que no pudiéramos solucionar con unos tragos y un buen night club. Y mira, yo tampoco soy idiota, sé que estamos también, nosotros, los que manejamos todo, en el interior de una celda, inmersos en una cuadrícula… ¿Y qué?

… Vamos, niña, y te presento al Ministro. Y salimos para el sitio que te dije, The Place. Esta noche sólo verás allá actores y modelos, y tal vez algún político. Puedes conseguir una entrevista mejor que ésta.


Tatiana Acevedo.

Algo raro tenía que estar pasando en esa empresa, porque Antonio siempre fue un excelente ingeniero, en las compañías donde había trabajado antes lo felicitaban todo el tiempo, y él no descansaba hasta que las cosas quedaban perfectas. Creo que ésa era su mayor virtud, y también su mayor defecto: ser perfeccionista. Era muy cuadriculado en lo que al trabajo se refiere, muy detallista. Y en los diez años que llevábamos de casados, era la primera vez que me decía que se le estaban saliendo de las manos los proyectos, que le estaba yendo mal.

Ese jueves, hace quince días exactamente… Ese jueves en la noche no llegó. Era de madrugada y yo ya estaba dormida. Algo me despertó, no supe qué, no recuerdo haber oído nada. Las luces del cuarto estaban apagadas, pero alcancé a verlo de pie frente a la cama, muy quieto, mirándome. Me asusté muchísimo y prendí la lámpara. Tenía el maletín en la mano, la ropa muy arrugada y una barba de dos días. No lo veía desde el miércoles en la mañana.

–¿Qué te pasa, Antonio? Por favor, acuéstate.

–Hola –seguía mirándome fijamente, pero sus ojos parecían…

–Hola –le respondí–. Por favor acuéstate, hablamos en la mañana.

Él se acostó sin más. No se cambió de ropa. Dejó el maletín a un lado de la cama. Olía a sudor y lo abracé. Tenía las manos heladas. Esa noche fue eterna, me despertaba a cada rato porque lo sentía moverse en la cama, o pararse y dar vueltas por el cuarto. Creo que incluso me llamó una vez… pero yo estaba rendida y le pedía que se durmiera… Al fin me levanté a las cinco y media, como todas las mañanas. Oí el ruido de la ducha abierta… y bajé a la cocina a preparar café… y luego… ¡Oh, Dios! No puedo… (llanto). Gracias, perdóneme… Perdóneme… Yo estaba en la cocina, aquí abajo, en el primer piso. Lo sentí caminar arriba, dirigirse al estudio… Ya eran pasadas las seis y había que despertar a los niños, y recuerdo que pensé que en los últimos días, a esa hora, Antonio ya no estaba en casa…

Fue un ruido seco: la taza del café se me cayó, se partió y se desparramó por el piso, y Laura empezó a gritar “¡Mamá, mamá!”…


Leobardo Avellaneda.

Mi trabajo no está allá, en la oficina, sino aquí, en los restaurantes, en los bares, en los cócteles, en los night clubs y en las whiskerías de cuarta si es preciso (no sabe uno qué gustos pueda tener el presidente de una multinacional). Y ese tipo de vida me ha enseñado un par de cosas. Conozco muchos imbéciles, no te lo niego, algún senador que le corta la cara a las prostitutas y luego les paga una millonada, un banquero necrófilo, un amigo al que encarcelaron hace un par de años por narcotráfico, etc., etc. Los comprendo, la verdad. ¡Demonios, de hecho creo que comprendo demasiado! Puedo aceptar prácticamente cualquier cosa que se haga o se diga, puedo tolerar las peores vejaciones, el peor crimen. ¡He estado en ciertos lugares, te digo! He viajado, y nada cambia en ninguna parte del mundo, todos nos repetimos hasta la náusea, todos queremos escapar del aburrimiento.

¿Por qué demonios Antonio quería ser como nosotros…? Nosotros buscamos el goce, y no somos buenas personas. En realidad no nos interesa serlo. Pero somos moralistas, por supuesto, juzgamos y condenamos a quienes atentan contra nuestro placer. Esta amenaza puede ser real o imaginaria, la verdad no importa. De hecho, cada día me convenzo más de que casi siempre la amenaza es abstracta hasta lo irreal. Esta irrealidad aumenta nuestro repudio y lo hace concreto, pesado, duro como una piedra en el estómago. Te doy un ejemplo: mi hija de veinte años no tolera a los indigentes. Los aborrece y les tiene miedo. Sin embargo, nunca le han hecho nada malo; por mucho se le acercan al carro a pedir limosna. Mi chofer les dice no con el dedo (le tengo prohibido darles plata), arruga la frente y esboza una sonrisa culpable. Ella no los mira, pretende ignorarlos, pero igual se nota que la incomodan sobremanera. Y no es que veamos indigentes muy a menudo. Lo bello de esta ciudad es que está diseñada para nosotros, y podemos ir de un lado a otro, de la casa a la oficina, o podemos ir a comer a algún restaurante en la Zona G, y en todo el día no encontramos un solo indigente. Desde hace algunos años no se les ve el pelo por el barrio en el que vivo. Pero sabemos que existen, y mi hija dice que desearía que el gobierno acabara de una vez con ese maldito problema, que los desaparecieran si es el caso. Y mira, yo he hablado con ella de esto, y sé que tiene la suficiente lucidez para darse cuenta de que, en últimas, su actitud es irracional. Pero eso no cambia nada. ¿Entiendes lo que te digo? A algunos les pasa lo mismo con los pobres, con los comunistas, con los ladrones, con los locos y los enfermos, con los curas, los cristianos, los japoneses, los idealistas, los traquetos ruidosos y mal vestidos que no dejan comer en paz, los niños, los inválidos, los fracasados… Y lo absurdo es que, aunque muchos de nosotros apoyamos ciertas causas y ciertas ideas, en el fondo no creemos en nada, absolutamente en nada, ni siquiera en nosotros mismos.

… No seas ingenua. No estoy hablando de los ricos. El placer es un vicio, y sería tonto pensar que quienes tenemos algo de dinero somos los únicos contaminados. Es un vicio egoísta, además. Aunque ya estoy muy viejo para eso, la mayoría repudia el placer del otro. Si se enteran de que Pedro o Juana estuvieron en una orgía, exclaman: “¡Pero a dónde hemos llegado!”. Lo que significa: “¿Y por qué no me invitaron?”.


Tatiana Acevedo.

… Gracias… ya estoy mejor… ¿Quiere algo, un café, una aromática? ¡Mercedes, una aromática para Isabelita! Bueno, usted me había preguntado sobre Leobardo Avellaneda, si lo había conocido… Antonio me lo presentó en una fiesta de integración de la empresa, hace unos seis meses. En verdad, en estos momentos no es éste un recuerdo muy grato… pero voy a contarle al respecto. Mire, lo primero es que no me agradaba mucho la gente que trabajaba en esa empresa, me daba la impresión de que nunca eran sinceros, ninguno de ellos, desde la señora de los tintos hasta el presidente. Las compañeras de Antonio me parecían especialmente antipáticas. Hablaban y hablaban, se reían a carcajadas, bailaban con todos, pero cuando se sentaban de nuevo arrugaban la cara en un gesto de aburrimiento. Lo extraño era… que la única persona que no me parecía falsa era Leobardo Avellaneda. Creo que pasaba incluso lo contrario, podía ser brutalmente sincero. Tan pronto me lo presentó Antonio me sentí intimidada. Él es muy alto, delgado y de espalda ancha, y esa noche me miraba fijamente, a veces a los ojos, otras veces me miraba sin pudor de pies a cabeza. Me sacó a bailar en dos ocasiones (estuvo bailando todo el tiempo, con una y con otra), le pedía permiso entre risas a Antonio, y luego, cuando estábamos bailando, me susurraba como si tal cosa que ya estaba harto de esas viejas simples que trabajaban para él, que le gustaban ante todo las mujeres llenas de vida, exigentes, perturbadoras… como yo. Lo decía con su voz ronca y segura, pero ¡vaya si me molestaron esas palabras! Sin embargo, preferí no decirle nada por consideración a Antonio. Cuando me senté de nuevo noté que él se había puesto de mal humor, y decidimos irnos temprano.

Nunca volví a ver a Leobardo, y sólo me llegaban noticias de él a partir de lo que me contaba mi esposo. También leí la entrevista que le publicaron no hace mucho en Dinero, donde decían que era el gerente del año, y vi las fotos en las que salía rodeado por los trofeos de caza que se había traído de sus safaris por el África… Sin duda esas fotos lo muestran como en verdad es: una alimaña cruel y cínica.

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Leobardo Avellaneda.

¿Piensas a menudo en la muerte? Yo sí. Todo el tiempo. Me es imposible visualizar la nada. Nadie puede hacerlo. Pero es algo que me obsesiona. A veces pienso que lo único que en verdad anhelo en mi vida es morir. Tómate otro cóctel, es lo mejor que tienen acá. Cualquier cosa que haga es insignificante, nula, no tiene el menor valor. No importa si intento cambiar el mundo, si me indignan las masacres o los secuestros, o si por el contrario salgo por ahí a matar indigentes. Todo se diluye en el tiempo, desaparece. Es como si ya estuviera muerto. Podría pegarme un tiro en este momento, como Antonio, o morir plácidamente en mi cama, de viejo. ¿Qué va a cambiar con eso? El mundo morirá conmigo, eso te lo puedo jurar. ¿Has reflexionado sobre ello? Sin duda crees en Dios, en la trascendencia. Para mí Dios es la muerte. Es el vacío. No es que no crea en Él. De hecho me acompaña siempre.


… Me encanta como bailas, niña. Me encanta esa mirada tuya, que succiona, que quiere adueñarse de todo lo que ve. Hay algo de maldad en tus ojos, sobre todo cuando la luz es tenue, como acá. Yo podría enseñarte cosas que aún desconoces y que sólo has visto en sueños. Sé que has asfixiado una parte de ti misma para llegar hasta aquí, y que estás dispuesta a seguir haciéndolo. Me atraes, y por eso voy a ayudarte… ¿Te conté que he estado hablando mucho con Enrique últimamente? Ya sabes, Enrique Cano. Él y yo nos entendemos. De hecho, niña, me has caído tan bien que sin duda le diré algunas cosas sobre ti, la próxima vez que lo vea, y, créeme, él me escucha. ¿Te gustaría ser jefe de redacción?... ¡Ja, ja, ja!... No es broma, no le parecerá descabellado.

Me estoy cansando de esta discoteca. Ve y pide tus cosas y nos vamos a recorrer la ciudad. Te voy a mostrar algo que tal vez te sorprenda.


© Jorge Mario Sánchez, Febrero de 2008

martes, noviembre 27, 2007

Una historia para ser contada bajo el gran árbol de la pena

Por: © JORGE MARIO SÁNCHEZ NOGUERA

La historia reciente de Colombia es una historia de violencia. La pobreza, el narcotráfico y la guerra civil siguen vigentes con el paso de los años, y hoy, iniciando el siglo XXI, nos encontramos todavía sumergidos en ese círculo vicioso sin que se vislumbre una salida posible. Este estado de cosas ha generado en muchos colombianos un sentimiento trágico, una sensación de desesperanza y futilidad, de incredulidad y vacío. Los artistas e intelectuales de Colombia no son ajenos a estos sentimientos, y algunos de ellos han decidido afrontar, mediante sus obras, la realidad de vivir en un país como el nuestro.

En el presente ensayo trataré de vislumbrar algunos aspectos de la historia reciente del país a partir de la forma en que ésta es vista y plasmada por dos escritores contemporáneos entre sí, y cuyo carácter contestatario, ajeno a las esferas de poder, es plenamente reconocido: R.H. Moreno-Durán y Fernando Vallejo. En sus obras, y especialmente en las novelas Juego de damas y La Virgen de los sicarios, estos autores han recurrido a elementos propios de la novela contemporánea, como son la parodia, la fragmentación, la desentronización de ídolos religiosos y culturales y de figuras públicas (especialmente aquellas que ostentan el poder), y, sobre todo, han hecho uso de narradores que evitan las formas tradicionales de novelar por saberlas insuficientes para plasmar la realidad caótica en la que están envueltos, para lograr una escritura que refleje y a la vez critique esta realidad.

De esta manera, pasaremos del fracaso de la revolución izquierdista en Colombia y la consecuente pérdida de las esperanzas en un país mejor, tal como se relata en Juego de damas de Moreno-Durán, al nihilismo total de La Virgen de los sicarios de Vallejo, donde la violencia, el consumismo, la intolerancia y la desazón se han tomado por completo las calles de Medellín, y donde, muerto incluso el amor, la única salida posible es la muerte.

1. La historia de un fracaso.
El capítulo inicial de Juego de damas, “Primero Meninas”, divide la voz narrativa en tres columnas en las que se relatan, simultáneamente, los años de infancia y formación de la protagonista del relato, Constanza Gallegos, apodada “la hegeliana”; los pormenores de una clase de filosofía en la Universidad Nacional de Bogotá, en la que una de las alumnas propone a sus compañeros un juego erótico para soportar el tedio producido por el discurso del profesor; y el desarrollo de una marcha de protesta que comienza en 1948, año del asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán, y que dura veintitrés años durante los cuales se recorren las principales calles de Bogotá, desde la Universidad Nacional hasta la Plaza de Bolívar. En esta columna, titulada “Y un mundo”, se hace un recuento paródico de la historia reciente de Colombia, desde el “Bogotazo” hasta 1971, año en que la marcha, completamente diezmada, llega a su destino, y en el que se puede leer por fin la pancarta del manifestante de la izquierda: “Una historia para ser contada bajo el gran árbol de la pena”.

Una historia –la de Colombia– marcada por la violencia, las revoluciones infructuosas y el abuso del poder: después del asesinato de Gaitán el país entra en la época conocida como “La Violencia”, en la que los campesinos, azuzados por el gobierno conservador y por la oposición liberal, se matan entre sí durante años animados por sus aparentes diferencias políticas. “¡Masacres las de ahora tiempos! Cuando los conservadores decapitaban de una a cien liberales y viceversa. Cien cadáveres sin cabeza y descalzos porque el campesino de entonces no usaba zapatos”[1], escribe Fernando Vallejo en La Virgen de los sicarios, refiriéndose a estos años. Posteriormente, tras haber sido depuesto el dictador Rojas Pinilla, y con la firma del pacto de Sitges y Benidorm en 1957 y la creación del Frente Nacional, liberales y conservadores proponen aplacar la violencia bipartidista –iniciada por ellos mismos– mediante la alternancia de los dos partidos en la presidencia de la República, excluyendo de esta forma cualquier otro movimiento político y cualquier forma de oposición legal al gobierno, y provocando que la única resistencia posible en el país contra el abuso del poder –una constante desde los tiempos de la Conquista– provenga de grupos armados al margen de la ley. En consecuencia, los grupos insurgentes de la época de “La Violencia” dan paso a las guerrillas comunistas (ELN, FARC, M19, entre otras), al tiempo que las ideas de izquierda penetran con relativa fuerza en los movimientos estudiantiles universitarios, sobre todo en la Universidad Nacional de Bogotá. Esto logra que amplios sectores de la población –especialmente los intelectuales– se identifiquen con las ideas revolucionarias y busquen hacer contrapeso al poder bipartidista, al cual culpan –y con razón– de preservar un modelo económico excluyente que ha provocado que las clases bajas (más del 50% de la población) conserven altísimos niveles de pobreza y abandono. Sin embargo, abrumada por la diversidad de fuentes (principalmente la Unión Soviética, la China de Mao y la Cuba de Castro) de las cuales recoge sus ideas políticas, la izquierda de Colombia de aquellos años es incapaz de encontrar puntos en común y se divide en decenas de grupos y subgrupos enfrentados entre sí, de tal forma que en los últimos años de la década del 60 y principios del 70 el país es testigo de la proliferación de movimientos tan diversos como el Partido Comunista, el MOIR, la JUCO, el Partido Comunista de Colombia Marxista Leninista Maoísta, y, en general, “troskistas, comunistas, ortodoxos, línea Moscú, línea Pekín, cubanos, en fin”[2].

Es a partir de esta caótica realidad que Moreno-Durán, estudiante de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Nacional de Bogotá durante la década del 60, plantea su visión pesimista de las luchas revolucionarias en Colombia. Esta realidad es parodiada en Juego de damas, novela en la que un grupo de exalumnos de la Universidad Nacional de la época en mención se reencuentran en una fiesta organizada por Constanza Gallegos. Allí rememoran sus años de militancia al tiempo que intentan develar, en medio de los chismes y los murmullos a los que se reducen sus voces, lo ocurrido con Alejandro Sotelo y Sergio Castrillón, antiguos compañeros de lucha en quienes ellos cifraban las esperanzas de la revolución en Colombia, y que mueren en extrañas circunstancias.

En la novela se entrecruza la divagación sobre el pasado común e individual de los amigos de Constanza Gallegos con la comprobación de la teoría de Rodolfo Monsalve, uno de los personajes del relato, la cual gira alrededor del concepto de “coñocracia”, que para Monsalve se refiere a la manera en que las intelectuales de izquierda del país van ascendiendo paulatinamente en las esferas del poder político, manipulando, por medio de su sexualidad, a los hombres. Dentro de la novela las protagonistas femeninas, y especialmente las Tres Caras Bellas: La Pinta (Stella Valdivieso), La Niña (Constanza Gallegos) y la Loca María (María Leticia Velasco), serían la encarnación de dicha teoría. Pero es Constanza quien termina cuestionando su supuesto destino de “mujer pública” al descubrir, hacia el final del relato, que fue ella la causante indirecta de las muertes de Castrillón y Sotelo. En la conversación que sostiene con su amiga Alcira Olarte, luego de terminada la fiesta, Constanza rememora la ocasión en que Alejandro Sotelo y ella hacían el amor en el apartamento de Sergio Castrillón, lugar que había sido convertido en un verdadero depósito de armas, municiones y explosivos de todo tipo. Llevados por la lujuria, los dos amantes olvidan por completo un pollo que han dejado calentando en el horno y que, intempestivamente, explota, creando un estruendo que atrae a los vecinos y a la policía. Los dos revolucionarios son arrestados, Sergio Castrillón es asesinado a la salida de un juzgado y Alejandro Sotelo, convertido en guerrillero y abrumado por el remordimiento, se hace matar por el ejército. Al saber la verdad la culpa embarga a Constanza, el desconsuelo de saber que fue ella la causante de la muerte de los dos militantes y, por lo tanto, del fracaso de la revolución en Colombia. “Un pollo. ¿Acaso puede concebirse algo más vulgar?”[3], se pregunta entonces la protagonista.

Y es, justamente, esta vulgaridad, el hecho de que sea la explosión de un pollo causada por las urgencias sexuales de Constanza lo que haya echado al traste la única posibilidad que tenía Colombia para salir de su historia de violencia y desigualdad, de corrupción política y de supremacía de los intereses de las clases acomodadas sobre los del resto de la población, lo que le da todo el carácter paródico, escéptico y desesperanzado a la novela de Moreno-Durán, lo que convierte a Juego de damas en un reflejo del sinsentido y del absurdo de todo esfuerzo por lograr un país mejor. Como lo sentencia Alcira, la tragedia de Colombia está marcada por los “Imponderables Históricos”, por esos “elementos extraños” que son capaces “de cambiar el curso mismo de la historia”[4], como lo serían, en la realidad, el caballo de Córdoba que tropieza con una piedra y precipita el asesinato del prócer, o la muerte de Gaitán a manos de un fanático; y en la ficción, el pollo que explota en el horno.

2. El callejón sin salida.
Reconocido este fracaso, en la Colombia de Fernando Vallejo ya no hay lugar para utopías. Hemos dado el salto al abismo, las esperanzas han muerto una por una, y sólo queda espacio para la nostalgia. La Virgen de los sicarios transcurre en una Medellín marcada por la muerte reciente de Pablo Escobar, el máximo representante de una sociedad que, agobiada por las desigualdades económicas, por la falta de oportunidades, por la pobreza ineludible, y signada por las luchas internas sin resolver, decide cifrar sus esperanzas en el espejismo del dinero fácil, en el paraíso de plástico del narcotráfico. Esta es una Colombia donde incluso las guerrillas de izquierda han perdido ya sus propósitos “altruistas” y se han embarcado en el negocio de la droga hasta el punto de hacerlo el centro de todas sus operaciones; donde los grupos de autodefensa, creados en un principio por los mismos capos del narcotráfico, agudizan la crueldad de sus métodos; y donde los jóvenes y niños pobres de los barrios marginales de las grandes ciudades se asesinan entre ellos por un par de zapatos de marca. En la Medellín de Vallejo, así como en la Medellín real y en otras ciudades del país, estos barrios marginales, las comunas, han surgido a partir de los desplazamientos forzados de los campesinos desde la época de “La Violencia”: “Los fundadores, ya se sabe, eran campesinos: gentecita humilde que traía del campo sus costumbres, como rezar el rosario, beber aguardiente, robarle al vecino y matarse por chichiguas con el prójimo en peleas de machete”[5]. Vallejo, crítico mordaz de la sociedad colombiana tanto en sus novelas como en sus apariciones en público, recrea en su Virgen…una ciudad de habitantes bárbaros, irresponsables y morbosos, embriagados por la sangre que ven a diario en las calles y por la avidez del dinero fácil. El narrador homodiegético de la novela, que se llama igualmente Fernando, da cuenta de su regreso a Medellín después de muchos años, de la ciudad completamente transformada que encuentra y que tiene muy poco que ver con el paraíso de su infancia, y de sus relaciones amorosas con dos sicarios de las comunas. A pesar de la barbarie que lo rodea, este amor se convierte para Fernando en la única posibilidad de redención. Sin embargo, Alexis y Wílmar, sus dos jóvenes amantes, son incapaces de escapar de ese círculo vicioso que hace que Wílmar asesine a Alexis y que aquél termine a su vez muerto por manos desconocidas. ¿Qué queda entonces en una ciudad y un país donde ni siquiera el amor es posible? El caos y la nada, un divagar sin rumbo fijo, el no-futuro:

Bajé el puente y entré a un galpón inmenso que no conocía. Era la famosa terminal de buses intermunicipales atestada por los muertos vivos, mis paisanos, yendo y viniendo apurados, atareados, preocupados, como si tuvieran junta pendiente con el presidente o el ministro y tanto qué hacer. Subían a los buses, bajaban de los buses convencidos de que sabían adónde iban o de dónde venían, cargados de niños y paquetes. Yo no, no sé, nunca he sabido ni cargo nada. Pobres seres inocentes, sacados sin motivo de la nada y lanzados en el vértigo del tiempo. Por unos necios, enloquecidos instantes nada más… Bueno parcero, aquí nos separamos, hasta aquí me acompaña usted. Muchas gracias por su compañía y tome usted, por su lado, su camino que yo me sigo en cualquiera de estos buses para donde vaya, para donde sea.[6]

Con una historia de sangre derramada, de ilusiones rotas y oportunidades perdidas, se vislumbra la ausencia de futuro de una Colombia que ha sido incapaz de exorcizar sus demonios y que, debido igualmente a la pasividad de sus habitantes, los “muertos vivos”, y a su incapacidad para mejorar su entorno, es arrastrada por el río del tiempo, empujada por el azar y por los “imponderables históricos” hacia orillas inciertas. Para Vallejo no hay punto medio, y tanto los poderosos como los pobres y desvalidos son responsables de la hecatombe: “La ley de Colombia es la impunidad y nuestro primer delincuente impune es el presidente, que a estas horas debe de andar parrandeándose el país y el puesto”[7]. Y más adelante: “Mis conciudadanos padecen de una vileza congénita, crónica. Ésta es una raza ventajosa, envidiosa, rencorosa, embustera, traicionera, ladrona: la peste humana en su más extrema ruindad”[8].

Como lo anticipa su mismo título, en La Virgen de los sicarios también está presente el fervor religioso, la idolatría católica de los habitantes de Medellín, incluso de los sicarios[9]. Así, en la novela se nos presenta un país que, como la Colombia real, se debate entre las viejas creencias religiosas importadas de España desde la Conquista y el frenetismo de las grandes urbes de finales del siglo XX, el consumismo desaforado, el vacío al interior del hombre contemporáneo[10]. Es esta, por lo tanto, una Colombia carente de identidad, fragmentada, una amalgama de religiones e ideologías prestadas, de sueños inconclusos.

Cabría entonces preguntar: ¿es posible utilizar las formas tradicionales de narrar para registrar una historia tan descabellada e inconexa como la de nuestro país?

3. El quiebre con las formas tradicionales.
Teóricos como Lukács, Bajtín y Adorno han coincidido en definir a la novela como el género que, por excelencia, refleja el carácter inacabado del mundo, el devenir, la historia en su mismo proceso de construcción. Bajtín ha dado cuenta de las enormes diferencias entre los géneros literarios acabados –como la epopeya y la tragedia– con la novela, la cual aparecería como “el único género en vías de constitución”, y por lo tanto reflejaría “en la forma más esencial, con una profundidad, una finura y una rapidez particulares, la evolución de la realidad misma”[11]. A partir de la llamada “crisis de la modernidad” de la primera mitad del siglo XX, en la que tanto la sociedad como los individuos empiezan a percibirse a sí mismos como fragmentados y carentes de centro, en donde los grandes relatos van desapareciendo uno tras otro y dan lugar a infinidad de fragmentos sin orden aparente, la novela operaría el quiebre con las formas tradicionales de narrar, “preflaubertianas”, y esto se haría evidente en obras como El hombre sin atributos de Robert Musil, el Ulises de Joyce o En busca del tiempo perdido de Proust.

Colombia no resulta ajena a esta crisis, en principio europea. Su historia caótica, las luchas internas, las ideologías importadas e incluso la desigual geografía han acentuado la desintegración de la sociedad colombiana, el regionalismo, el sectarismo y el aislamiento de algunos grupos humanos, creando una colcha de retazos que ha impedido la formación de una “identidad nacional”, y que se intensifica, ante todo, en grandes ciudades como Bogotá y Medellín, destinos obligados de desplazados e inmigrantes de otras regiones. Como se ha dicho en repetidas ocasiones, y como se ve reflejado en La Virgen de los sicarios, en Colombia conviven la premodernidad, la modernidad y la posmodernidad, y de ahí que la novela que se ha escrito en el país desde mediados del siglo XX haya tenido un carácter tan diverso, y que autores como R.H. Moreno-Durán y Fernando Vallejo hayan decidido de manera consciente distanciarse de la novela tradicional y explorar nuevas formas de narrar. En las obras de estos dos escritores no encontramos intento alguno por ser fieles a una “realidad objetiva”, ya que, según Adorno, los escritores contemporáneos que buscaran este realismo estarían adoptando “el gesto de la imitación artesana”, lo cual no es posible ya en un mundo carente de sentido[12]. Antes bien, en nuestra época actual la novela está condicionada a romper con el viejo concepto de la representación de la realidad aprehensible y sumirse en la búsqueda “de la esencia y de la supraesencia”[13].

Así, es característico el hecho de que tanto en Juego de damas como en La Virgen de los sicarios los personajes aparezcan fuertemente distanciados los unos de los otros. En la novela de Moreno-Durán vemos, por ejemplo, a viejos amigos universitarios incapaces de una verdadera comunicación entre ellos y que por lo tanto recurren únicamente al chisme, a la falsa erudición y a la pedantería, a la burla, a la crítica soterrada y a las mutuas recriminaciones. En La Virgen de los sicarios, mucho más extrema en la representación de esta alienación, advertimos una sociedad sumergida en la intolerancia y que prefiere el lenguaje de las armas al de las palabras para resolver los conflictos, una sociedad en la que se intensifica el egoísmo y la ley del “sálvese quien pueda”. En ambas novelas se cumpliría el diagnóstico de Adorno cuando escribe que “el momento antirrealista de la nueva novela, su dimensión metafísica, es en sí misma fruto de su objeto real, una sociedad en la que los hombres están desgarrados los unos de los otros y cada cual de sí mismo”[14]. Por esta misma razón, en ninguna de estas dos obras está presente ya el narrador tradicional, omnisciente y en tercera persona, propio de las novelas publicadas antes del siglo XX. Antes bien, en el caso de La Virgen de los sicarios la voz narrativa, rabiosamente subjetiva, deslenguada, intransigente, llega al punto de rechazar a ese narrador decimonónico por considerarlo poco creíble. En esta novela encontramos un narrador que funda, en palabras de Adorno, “un espacio interior que le ahorre la salida en falso al mundo ajeno, la salida en falso que se manifiesta en la falsedad del tono que se finge familiar con ese mundo externo. Imperceptiblemente (…) el mundo va siendo arrastrado a ese espacio interior”[15].

En Juego de damas, por el contrario, múltiples voces narrativas van dando forma al relato, entre las que contamos a los mismos asistentes a la fiesta, al autor-narrador ausente que es también uno de los personajes de la novela (Rodolfo Monsalve), y al propio Moreno-Durán. Esta multiplicidad lograría incluso el efecto de disolver al narrador, y quebraría, mucho más radicalmente que en La Virgen de los sicarios, la forma del relato tradicional, llegando en algunos casos a dividir el espacio de la página en columnas paralelas de lectura simultánea (como en el capítulo titulado “Primero Meninas”), y, en general, fragmentando hasta el límite la voz narrativa y la descripción de las situaciones, tal como se puede apreciar a partir del segundo capítulo, “Después Mandarinas”:

En aquel tiempo ya le decían la Ninfa Eco –Ninfa por lo ninfómana y puta, y Eco por lo chismosa. Qué gentecita tan tremenda, ¿verdad? Y fíjate cómo ahora mismo, en plena lucha a muerte de una contra todas por la conquista de nuestro Gran Simpático, Paulette lleva la confusión y el bochorno a ese grupo de señoras que, a su izquierda, y como un conjunto de puños apretados, truenan de rabia y pura envidia, enana. Media hora de arrumacos y provocaciones, de insinuaciones y amacices: debería darle vergüenza pero, como puedes ver, con el descaro que se gasta sería capaz de continuar así toda la noche. ¿Y David? Pobre hombre, ahí sentado a la sombra de Leonor de Aquitania y Jorge Arango, medio compungido y vigilante, parece contemplar su perra suerte con el rabillo del ojo. No –Constancita hace así con la mano, condolida y austera–, no hay derecho.[16]

Como hemos podido observar, tanto en la novela de Moreno-Durán como en La Virgen de los sicarios la reflexión por parte de los respectivos narradores es casi una constante. Dicha reflexión era considerada tabú en la novela “preflaurbetiana” por considerársele contraria a la pureza objetiva, o, si existía, era ante todo moral, “toma de partido por o contra figuras de la novela”. Pero en las novelas de Vallejo y Moreno-Durán, y en general en la novela contemporánea, se convierte en “toma de partido contra la mentira de la representación”. Este entrecruzamiento continuo del comentario con la acción narrada diluye la “distancia estética” entre el lector y la obra, creando la sensación de que aquél se encuentra en medio del relato[17]. Así, mientras en La Virgen de los sicarios el narrador expresa continuamente su punto de vista implacable sobre todo lo que le rodea, en Juego de damas cada una de los narradores aprovecha la mínima distracción para añadir, en mitad de la acción, alguna observación, generalmente despectiva o burlona, sobre sus compañeros, sobre el arte y sobre la realidad nacional. En ambos casos estos comentarios pueden generar reacciones por parte del lector, ya sean positivas o negativas, de rechazo o de aprobación, involucrándolo fuertemente en la obra.

Para finalizar, es notoria la manera en que ambas novelas recurren a la risa, al desparpajo y, sobre todo, a la parodia y la carnavalización para contar una historia tan trágica y violenta como la de Colombia. Así, siguiendo a Bajtín y su ensayo “Carnaval y literatura”[18], podemos ver tanto en Juego de damas como en La Virgen de los sicarios fuertes similitudes con el festejo carnavalesco: hay en estas obras una suspensión de “las leyes, las prohibiciones, las restricciones que determinan la estructura, el buen desarrollo de la vida normal (no carnavalesca)”; los personajes resultan “desplazados desde el punto de vista de la lógica de la vida habitual”, como en el caso del narrador y los dos sicarios de la Medellín hiperrealista de Vallejo, aislados en su propia realidad, o el de los antiguos compañeros universitarios que se refugian en el “salón” de Constanza Gallegos y que, amparados por el licor y la música, se olvidan por un rato de sus roles sociales. Y encontraríamos, sobre todo, que en ambas novelas se “aproxima, reúne, casa, amalgama lo sagrado y lo profano, lo alto y lo bajo, lo sublime y lo insignificante, la sabiduría y la tontería, etc.”; esto es, están presentes la profanación, la “desentronización” de todo tipo de ídolos y símbolos religiosos o políticos (La Virgen de los sicarios)[19] y culturales (Juego de damas)[20], y “las parodias de los textos y de las palabras sagradas”, logrando de esta forma “la relatividad feliz de toda estructura social, de todo orden, de todo poder y de toda situación (jerárquica)”[21].

El poder reinante en Colombia, ya sea religioso o político, es rebajado y ridiculizado en estas novelas por medio de la risa, es relativizado, y así las obras de estos dos autores logran convertirse, al mismo tiempo, en reflejo y crítica de nuestra realidad, logran contar las verdades que la historia oficial no quiere contar. Las voces contestatarias de Moreno-Durán y Vallejo se abren paso en medio de la apatía general en la que nos hemos sumido, e iluminan todo aquello que queremos negar y esconder para poder autoproclamarnos como uno de los países más felices de la Tierra.
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[1] Vallejo, Fernando. La virgen de los sicarios. Editorial Alfaguara, Bogotá, Colombia. 1998. P. 51.
[2] Luz Mary Giraldo y Juan Gabriel Vásquez, entrevista con R.H. Moreno-Durán. En UN Periódico, No. 84, noviembre 27 de 2005. Tomado de http://unperiodico.unal.edu.co/ediciones/84/10.htm, el día 18 de noviembre de 2007.
[3] Moreno-Durán, R.H. Juego de damas. En Femina Suite. Editorial Alfaguara. Bogotá, Colombia, 2002. P. 309.
[4] Íbid. P. 317.
[5] Vallejo, Fernando. Op. Cit. P. 29.
[6] Íbid. Ps. 120-121.
[7] Íbid. P. 20.
[8] Íbid. Ps. 27-28.
[9] “Un tropel entre un carrerío llenaba el pueblo. Era la peregrinación de los martes, devota, insulsa, mentirosa. Venían a pedir favores. ¿Por qué esta manía de pedir y pedir? Yo no soy de aquí. Me avergüenzo de esta raza limosnera. En el oleaje de la multitud, entre un chisporroteo de veladoras y rezos en susurros entramos al templo. El murmullo de las oraciones subía al cielo como un zumbar de colmena. La luz de afuera se filtraba por los vitrales para ofrecernos, en imágenes multicolores, el espectáculo perverso de la pasión: Cristo azotado, Cristo caído, Cristo crucificado. Entre la multitud anodina de viejos y viejas busqué a los muchachos, los sicarios, y en efecto, pululaban. Esta devoción repentina de la juventud me causaba asombro. Y yo pensando que la Iglesia andaba en más bancarrota que el comunismo… Qué va, está viva, respira. La humanidad necesita para vivir mitos y mentiras. Si uno ve la verdad escueta se pega un tiro” (Vallejo, Fernando. Op. Cit. P 15).
[10] “El vacío de la vida de Alexis, más incolmable que el mío, no lo llena un recolector de basura. Por no dejar y hacer algo, tras la casetera le compré un televisor con antena parabólica que agarra todas las estaciones de esta tierra y las galaxias. Se pasa ahora el día entero mi muchachito ante el televisor cambiando de canal cada minuto” (Vallejo, Fernando. Op. Cit. P 23).
[11] Bachtine, Michael. “Epopeya y Novela I”. En Eco. Revista de la Cultura de Occidente. (Bogotá). Vol. 32, no. 193 (Nov. 1977). P. 41.
[12] Adorno, Theodor W. “La posición del narrador en la novela contemporánea”, en Notas de Literatura. Traducción de Manuel Sacristán. Ediciones Ariel, S.A., Barcelona, 1962. P. 45.
[13] Íbid. P. 47.
[14] Íbid.
[15] Íbid. P. 48.
[16] Moreno-Durán, R.H. Op. Cit. P. 61.
[17] Adorno, Theodor W. Op. Cit. Ps. 49-50.
[18] Bachtin, Michail, “Carnaval y literatura”. En Eco. Revista de la Cultura de Occidente. (Bogotá). Vol. 22, (Enero 1971). Ps. 312-315
[19] “Un cardenal afeminado no es un príncipe de la Iglesia, es un travesti, y su sotana una bata: así la siente”. (Vallejo, Fernando. Op. Cit. P 69).
[20] “Diógenes y Crates, qué parejita de crápulas más grande, sobre todo el último que, según decía la gente, vivía tendido tranquilamente entre la mierda”. (Moreno-Durán, R.H. Op. Cit. P. 145).
[21] Bachtin, Michail, Op. Cit.