“I was waiting for the miracle to come”
Leonard Cohen, “The Miracle”
Simplemente tenía que hacerlo. Tenía que largarme del apartamento de mi tía Juana. Ni ella ni el esposo estaban muy contentos conmigo. Con la única que hablaba de vez en cuando era con Isabel, la sirvienta, una campesina del Huila envejecida prematuramente que me daba toneladas de comida, y con mi primo Jorge cuando iba de visita, pero en general vivía sumido en el ostracismo, el mismo que me había acompañado durante casi toda mi adolescencia en Cúcuta. Mi tía me lo había dicho un par de veces: que fuera más amable y acomedido, que conversara más con ellos, que no me bebiera las Coronas que mi tío dejaba en la nevera, que ordenara mi cama por las mañanas. Ese tipo de cosas. Y la verdad es que yo sabía que no teníamos nada en común, y me volví mucho más introvertido de lo que ya era, me encerraba en mi cuarto a releer Rayuela o Women in Love, a imaginar mi brillante futuro o a escribirle poemas a Paola, mi amor platónico durante toda la carrera. Veía mucha televisión y en las noches me masturbaba viendo películas eróticas en Cinemax, y después me sentía culpable porque pensaba que mi tío podía oírme desde el estudio contiguo. Me preguntaba si no era ésa una de las razones por las cuales sentía repulsión hacia mí. Una vez yo estaba hablando por teléfono con Mara y algo me hizo reír, y mi tío, al verme, me dijo emputadísimo que el teléfono no era para hacer visitas, me lo arrebató y colgó. A partir de entonces supe que estaba viviendo en una tumba y que a la primera oportunidad debía escapar.
De todas formas, antes de completar el año ellos ya me habían pedido que me fuera. Estábamos en enero y tenía que encontrar cuanto antes dónde vivir. No tenía un buen trabajo, seguía como vendedor de sistemas de seguridad, y mi ineptitud para los negocios me hacía incapaz de mantenerme con las comisiones. Así que necesitaba una habitación barata porque no quería regresar a Cúcuta con mis papás y mis hermanos y con todos esos perdedores que viven allá y cuya única aspiración en la vida es escuchar vallenatos, casarse antes de los veintidós, engendrar y parir hijos, vivir sin plata y darle en la jeta a la mujer. Ya no había nada para mí en esa ciudad de mierda, eso lo sabía.
Entonces recordé lo que me había dicho Mara alguna vez, que quería arrendar el cuarto desocupado que había en su apartamento. La llamé y le pregunté cuánto me iba a cobrar.
Me mudé a principios de febrero, y mi papá, que había venido a Bogotá para supervisarlo todo, me acompañó ese día. Era la tercera vez que me trasteaba en menos de un año. Ese día mi papá conoció a Mara y a Juan Pablo, su esposo, y después de dejar todas las cosas en mi nueva habitación nos fuimos él y yo a dar un paseo por la ciudad.
––¿Hace cuánto conoce a Mara? ––me preguntó mientras tomábamos tinto.
––Los conocí en Cúcuta, a ella y al esposo, y los volví a encontrar aquí en Bogotá.
––¿Ella trabaja o algo?
––Estudia por las noches en la universidad. Creo que eso es todo.
––Es muy joven.
––No tanto, me lleva un par de años.
––Y este señor, el esposo, ¿no pone problema porque usted viva ahí con ellos? ¿No me dijo que se la pasa por fuera de la ciudad?
––Sí, trabaja de contratista en El Cerrejón o algo así. Está acá en Bogotá sólo unos días en el mes.
––Bueno, ¿pero él qué dice?
––Nada. Creo que le parece bien. Igual somos amigos, los tres. ––Me concentré en mi café y no dije más.
Luego entramos a cine y después, cuando íbamos de regreso en el taxi, me preguntó si ellos tenían hijos. Yo le conté lo de María Paula. Él hizo una mueca, masculló un “¡carajo!” y no preguntó más. Llegamos al apartamento y él siguió en el taxi. Al rato yo estaba desempacando y Mara salió del cuarto principal, cerró de nuevo la puerta, entró en mi habitación y me dio un beso en la boca. Su lengua recorrió con lentitud mis labios; yo miraba fijamente la puerta cerrada.
––Gabriel, qué hay en todas esas cajas, no me digas que libros.
––Sí… son sobre todo libros.
-¿En serio? ¿Te los has leído todos?
––No, claro que no.
––Yo tengo son unos de ovnis y de reencarnación que me la paso leyendo, cuando quieras te los presto… Y oye, Gabriel, qué rico tenerte aquí, ¿sabes que estoy muy feliz?, Juan Pablo también está emocionado y yo sé que vamos a hacer muchas cosas, ¿ya comiste?, ven, ven y comes, hay arroz y carne, ven y me cuentas qué dijo tu papá, me gustó mucho, ¿sabes?, está muy bueno.
Las primeras semanas me sentí muy bien. Claro que cada vez me aburría más ese trabajo de mierda que tenía. Llenaba mi agenda con las llamadas que debía hacer cada día, pero a veces no llamaba ni a la mitad de los clientes. Casi todos decían que los contactara después, que estaban ocupados ahora, que esto y que lo otro. Obviamente, no alcanzaba a hacerme ni el salario mínimo y mi papá seguía girándome plata. Muchas veces me largaba para el apartamento después de almorzar, si no encontraba a nadie dormía un rato o me ponía a leer, y si estaba Mara me acostaba a su lado, en su cuarto, y veíamos televisión, y pasábamos toda la tarde hablando de cualquier cosa hasta que a eso de las cinco ella se iba para la universidad.
Me gustaba acariciarle las piernas y ella pasaba distraídamente su mano por mi verga y a veces incluso la apretaba un poco. Yo podía también abrirle la blusa y meter mi mano y acariciarle los pezones, pero eso era todo. Por alguna razón no parecíamos muy dispuestos a tirar de nuevo, o por lo menos yo no quería llegar a ese extremo. Bueno, digamos que tenía mis razones: no sólo vivía ahora bajo el mismo techo con ella, no sólo me estaba quedando en el apartamento de ella y del esposo que, aunque nunca estaba, podía perfectamente llegar un día sin aviso y pillarnos en el acto: pasaba que la última vez que habíamos estado juntos, hacía meses, luego de todo un fin de semana en el que la penetré con gusto y sin condón, tuve ese susto colosal al ella decirme tres semanas después que no le había llegado el período y que era probable que estuviera preñada porque ese mismo fin de semana había estado ovulando (y no me lo dijo), y que tal vez era mío o tal vez de Juan Pablo, pero igual estaba dichosa de haber quedado embarazada de nuevo. Le dije que las dos o tres veces yo había eyaculado por fuera, pero ambos sabíamos que el riesgo existía. Traté de imaginar todos los escenarios posibles: me vi viajando a Europa en los siguientes nueve meses, me vi cortándome las venas, me vi muerto a manos de Juan Pablo, me vi incluso casándome con Mara. Todas estas opciones se me antojaron espeluznantes, sobre todo la última. Pero una tarde me dijo, como por no dejar, que esa mañana había discutido con Juan Pablo por teléfono porque le había llegado el período y cada vez se convencía más de que su esposo se estaba quedando estéril.
Así que lo máximo que estaba dispuesto a hacer, mientras viviera con ella, era chuparle las tetas, lo que en ocasiones la hacía venir, y tal vez masturbarla un poco. Nuestros encuentros eran como un juego. En cierta oportunidad estuvimos a punto de llegar al coito, pero los dos oímos un ruido proveniente de la sala o de las escaleras del edificio, y yo salté como un gato y corrí a mi cuarto y cerré la puerta. Fue una falsa alarma, claro. Aun así Mara llegaba de la universidad casi todas las noches a eso de las diez, y lo primero que hacía era entrar a mi cuarto, y si estaba dormido empezaba a darme besos en la cara y en la boca, y ya al verme despierto se quitaba el jean y se metía en mi cama y me abrazaba y me rodeaba con sus suaves y largas piernas y me contaba su día. Me excitaba tanto que, cuando ella se iba, tenía que hacerme la paja y eyacular en sus cobijas y en su colchón (casi todo lo de ese cuarto era suyo, excepto mis libros y mi ropa), y sólo así podía dormir tranquilo.
A veces, acostado en mi cama, la oía en la sala mientras hablaba por teléfono con Juan Pablo. Casi siempre se contaban lo que habían hecho durante el día, y ella le preguntaba una y otra vez si había estado bebiendo cerveza en el billar con la “secretaria ésa”. No sonaba molesta, generalmente lo decía entre risas y pasaba rápido a otra cosa. Una noche, justo antes de quedarme dormido, le oí contarle a Juan Pablo que la tarde anterior había visto a María Paula.
––¡Está muy bonita, Juampa!, sonríe mucho y tiene este resplandor bellísimo en los ojos, me dice que me quiere mucho y que está contenta, ¡si la vieras!
Hablábamos mucho, Mara y yo. A ella le gustaba hablar de fantasmas, de regresiones y de ovnis, de reencarnación, de brujería y de sueños premonitorios. Confieso que alguna vez, en mi adolescencia, llegué a aferrarme con desespero a libros y videos de ovnis y superación personal, pero pronto lo dejé. Ahora no creo en nada, ni siquiera en mí mismo, y me gusta decir que soy nihilista. Es otra forma de decir que mi vida es un completo fracaso, pero qué le vamos a hacer. Por supuesto, durante mis primeros años en Bogotá no me consideraba un fracasado. Tenía toda la vida por delante, y estaba convencido de que la vida me tenía preparado algo grande. Llenaba cuadernos con estas reflexiones: pensaba que, por medio de las palabras, podría llegar al meollo del asunto.
Había algo en lo que también creía en esa época: la libertad. Los celos, la posesión, la dependencia, el amor, la obediencia ciega a la Ley (a cualquier ley)… Ese tipo de cosas ya estaban superadas. Para mí, en ese entonces, vida auténtica y libertad eran lo mismo, y ya podía sentirlas en ciertos momentos perfectos, cuando todo estaba en su sitio, cuando cada evento adquiría un significado profundo, cuando la perfección del Universo se abría ante mí como una flor de loto. Eran, si se me permite el término, instantes místicos: me creía una especie de Horacio Oliveira.
Recuerdo sobre todo la primera vez que fumé marihuana, en una finca de un amigo por los lados de Pamplona, y me precipité por el abismo rojo que se había abierto en medio de la alfombra sobre la que estaba sentado. Y recuerdo también una tarde de jueves en que no quise ir a trabajar y Mara se había acostado a mi lado, en mi cama (yo no había metido nada y Mara odia las drogas), afuera llovía y las gotas golpeaban con fuerza el vidrio de la ventana. Llevaba un vestido muy corto que usaba de pijama y yo podía sentir el fuerte olor de su cuca, y de vez en cuando le acariciaba las piernas y me llevaba uno de sus pies a los labios. Estábamos callados y sentí una paz indescriptible, una suerte de levedad placentera. Supe, con absoluta certeza, que mi vida tenía sentido.
Pero aquello sólo duró unos minutos.
––¿Sabías que hay alguien merodeando en este apartamento? ––dijo de repente. Se quedó mirando fijamente la puerta del cuarto. Guardó silencio y yo me revolví inquieto.
––He logrado abrir un portal ––continuó al cabo de unos segundos––. Los atraje, dejé que vinieran, y ahora están acá y no quieren volver.
––¿Qué portal? ––pregunté.
––Un portal. Fue una de las tardes en las que me la pasaba sola. Los primeros meses luego de que a Juan Pablo le saliera lo del Cerrejón yo dormía hasta muy tarde, me despertaba y almorzaba arroz con huevo o cualquier huevonada, luego me acostaba otra vez y cerraba los ojos e intentaba irme, quería largarme de todo este mierdero, y empezó a surgir una imagen en mi cabeza, al principio sólo era un mar, un mar plateado cubierto por la niebla, o por lo menos las primeras veces todo era niebla. Pero luego empecé a ver fogatas en la playa, y había sombras que flotaban alrededor de las fogatas, como si salieran del fuego, ¿me entiendes, Gabi?, y yo les tenía miedo y lo que hacía era sentarme ahí en la playa, alejada de ellos, mirando el mar y oyendo a los alcatraces negros que gritaban a lo lejos (eran gritos de mujer) y que muy de vez en cuando surgían de la niebla y eran gigantescos y volaban hacia donde yo estaba, y era tanto el miedo que yo volvía inmediatamente a mi cuarto.
Le pregunté si eso no era un sueño.
––¡No, Gabi, no era un sueño! Mira, el escenario era el mismo siempre, toda las tardes yo iba a ese lugar y me quedaba ahí sentada, y oía los gritos de los alcatraces y los cantos de las sombras alrededor de las fogatas, eran cantos guturales, como si surgieran de una cueva o del fondo de la tierra, y una tarde empecé a oír que alguien me llamaba, tenía una voz de viejo muy chillona, “Mara, mara”, decía, y la voz venía de algún lugar detrás mío pero yo no quería volver la cabeza, no quería mirar. Pero la voz seguía y seguía y yo un día no me aguanté las ganas y volteé a mirar y ahí estaba él, sentado a unos metros de mí. Era un señor de gabardina y sombrero de mexicano negros, un hombre muy blanco y muy viejo, pero con una vejez de siglos, como de piedra. Ese señor me miraba fijamente y siempre tenía esta sonrisa como tallada en la cara, y un día me preguntó si quería ver a María Paula y yo le dije que sí, me dijo ven conmigo y lo seguí pero al momentico fui sacudida, sentí que caía en un pozo sin fondo, sentí un vacío en el útero, todo era negro y yo estaba como en el centro de un huracán, ¿me entiendes, Gabriel?, y si no es por Juan Pablo que llegó justo esa noche y me empezó a mover y me despertó… Creo que duré un día entero en ese estado, desplomada en la cama, a punto de morir. Pero no me importa morir, y cada vez que puedo intento volver a ese lugar, lo hago cada vez que tengo tiempo, cierro los ojos y me pongo a recordar todos los detalles del sitio y a los pocos minutos estoy allá otra vez, la niebla se fue yendo con los días y el cielo era ahora de un blanco insoportable y ya no había alcatraces y vi que alrededor de las fogatas lo que había era personas, personas que cantaban y bailaban, y un día me acerqué a una de las fogatas…
Noté que Mara acariciaba uno de sus pezones.
––Una señora me tomó de la mano y me llevó a un sitio lleno de piedras negras, una especie de desierto con piedras negras de todos los tamaños clavadas en la tierra, entramos por una gruta que había entre dos piedras, olía a moho, a humedad, a tierra mojada, y llegamos a una caída de agua en medio de un bosque verde y rojo donde había vacas lecheras pastando bajo un cielo verde brillante, y María Paula estaba allí, desnuda, bañándose en el río justo al lado de la cascada, con otros niños como ella. Yo pegué un brinco, salí corriendo, la abracé y nos tiramos las dos al agua y ella se reía muchísimo.
Miré el rostro de Mara. No expresaba dolor, ni alegría, ni angustia. Pero en sus ojos que miraban la pared había un brillo extraño, un brillo que sin embargo yo había notado ya, sobre todo los primeros meses, cuando me observaba mientras acariciaba mi pene. Era como si sus ojos estuvieran huecos y dentro de su cabeza, pero muy atrás, tuviera un cirio encendido. Era una luz temblorosa como de cirios al interior de una iglesia vieja y oscura, pero vistos desde fuera. Por un par de minutos perdí el hilo de lo que me estaba contando.
––… pero eso sí, trato siempre de huirle al señor ése, lo veo a veces y entonces me voy para otro lado, prefiero no escucharlo, me voy siempre con la señora que fue la primera que me llevó al sitio donde está María Paula, la última vez le pregunté quién era el señor de gabardina y sombrero mexicano y ella me ordenó que me callara esa jeta, que no lo nombrara, que no lo mirara siquiera, que lo ignorara y así él no tenía ningún poder, tú estás protegida, me dijo la señora, tú eres parte de nosotros, de la Luz, tu hija es hija de la Luz, ella tiene una misión muy importante y por eso ahora está acá con nosotros, ella te bendice y será tu guía durante toda tu vida, no debes temer, no mires jamás al hombre de negro, no dejes que entre en ti…
Así siguió durante un rato. Aquello se sumó a todas las otras pendejadas de las que se la había pasado hablando esas semanas, y que sin embargo yo escuchaba con un extraño placer: los ovnis que veía en noches despejadas en El Solar, donde pasó su infancia y su adolescencia con sus cuatro hermanos y su madre, y donde conoció por primera vez el amor con sus compañeritas de colegio; el “entierro” que le habían hecho a una amiga, a la que ella acompañó a buscarlo en una tumba del Cementerio Central por indicación de un brujo que les cobró doscientos mil pesos; el radio que ella tenía y que se encendía solo todos los días a la misma hora y que le tocó botar a la basura… Y así.
––Gabi, ¿quieres tetica? ––dijo luego de terminar su relato. Se levantó la blusa y le lamí los pezones.
Sin embargo, no puedo negar que algo en lo que dijo me causó cierta impresión. Creo que era lo del “portal” que había logrado abrir, o lo de María Paula, o lo del tipo con sombrero mexicano negro. En fin. El aire del apartamento se me hacía cada vez más denso, como si estuviera cargado eléctricamente, sobre todo cuando yo llegaba en las noches y no encontraba a Mara y me sabía completamente solo, y me acostaba en mi cama a leer y dejaba la puerta del cuarto abierta, o me iba a ver televisión a su cuarto.
Una noche la esperaba como todas las noches y creo, no estoy seguro, creo que me había quedado dormido o algo parecido, y puedo jurar que sentí, como otras veces, que ella abría la puerta del apartamento, y luego oí su voz hablando por teléfono y luego haciendo algo en la cocina. Como no venía hasta mi cuarto me paré de la cama y salí al pasillo. Sentí como una mano fría en la nuca al darme cuenta de que la luz de la sala estaba apagada. Además, no se oía nada. Caminé hasta la sala, prendí luces y comprobé que no había nadie. No sé explicar muy bien lo que experimenté: era una sensación de hundimiento, como darme cuenta de golpe de que no había suelo bajo mis pies, de que la realidad estaba colapsando.
Mara llegó después de medianoche. Había estado tomando y bailando con unos amigos. Me saludó, me dijo que recogiera la ropa limpia que ya estaba seca porque estaba ocupando casi todas las cuerdas que había en el cuarto de la lavadora. Le conté que hacía una hora la había sentido llegar, que había oído su voz en la sala.
––¿En serio…? ––dijo mirando una pequeña mancha en su blusa––. Gabi, hablamos mañana, tengo mucho sueño. Duerme bien, bizcocho.
La tarde siguiente llegó Juan Pablo. Esa noche lo encontré en su cuarto viendo televisión. Me preguntó que cómo me sentía en el apartamento, y cruzamos algunas palabras sobre lo que estaban dando en el noticiero, algo sobre la invasión norteamericana a Irak. Luego me encerré en mi habitación y me puse a leer, y al rato intenté dormir y no pude hacerlo. Mara llegó tarde de nuevo, pasada la medianoche. La oí hablar entre risas. La voz de Juan Pablo era casi imperceptible.
Ese fin de semana fuimos los tres a almorzar en un restaurante cercano. Caminamos un rato por el barrio. Mara abrazaba a Juan Pablo o se tomaban de la mano. Un par de veces discutieron por maricadas, o por lo menos ella discutió, él simplemente callaba o negaba con la cabeza o decía algo que Mara refutaba, y yo entonces me alejaba y me ocupaba viendo vitrinas. El lunes él se fue de nuevo, y esa noche Mara se desnudó y se metió en mi cama y me pidió que la masturbara:
––Pero tienes que hacerlo bien, Gabi… Méteme dos dedos y presióname por dentro, hacia arriba, así… Lámeme el clítoris… Ahí no, más abajo, ahí, eso, sí… Sigue, sigue, pasa la lengüita… hazme venir… Oh, eso...
Y al rato me cuenta como si nada que tiene ahí dos películas porno que alquilaron con Juan Pablo y estuvieron viendo esas noches.
––Sólo así me mojo con él, cuando vemos porno, él pone las películas y yo empiezo a excitarme y entonces él me toca y me lame el clítoris y por ahí a los quince minutos ya estoy lo suficientemente mojada y entonces me penetra y yo me vengo rápido pero él sí se demora mucho, tiene que voltearme y metérmelo por el culo, a mí me duele harto pero a los cinco minutos se viene y ya. Al principio no era así, por supuesto que no, es una cosa rara, ¿sabes?, pasábamos días enteros culiando, en Cúcuta con ese calor yo me la pasaba arrecha y él fue el que me quitó la virginidad y me quedó gustando, y nosotros déle.
Le levanté una pierna y empecé a pasar mi pene por los labios de su cuca, por su clítoris, y ella seguía hablando.
––¿Sabías que el pendejo tiene una moza allá en La Guajira? Es secretaria allá, yo la conocí la última vez que fui y está bastante buena, la verdad, de hecho esa vez le dije que hiciéramos un trío con ella pero a él no le sonó la idea. ¡Claro, cómo le iba a sonar si ya son amantes! Una vieja allá me lo dijo. Luego me lo confirmó un amigo de él, y yo lo enfrenté y le pregunté si era cierto y él me dijo que no, siempre me dice que no pero yo sé que es verdad, hasta le dije que me parecía bien, que siguiera con ella, que hiciera su vida allá y yo hacía mi vida acá y nos veíamos una vez al mes y listo, igual somos amigos y no necesitamos nada más, le dije que también me iba a conseguir un mozo, por ejemplo mi compañero Cristian, el de la universidad, que está muy bueno y ya me ha dicho varias veces que yo le gusto mucho, o también está Carolina que está muy aburrida con ese marido que tiene y quiere probar algo distinto, ¿no te la he presentado?, tiene unas tetas divinas.
Yo me había acostado bocarriba y miraba el techo. Conocía a Cristian, lo había visto una vez, había venido a recoger a Mara para ir a hacer compras o a estudiar.
––¿Pero Juan Pablo no dice nada sobre mí? ––pregunté.
––De ti no dice nada, Gabi, él sabe que tú y yo somos muy buenos amigos desde hace años, y te tiene mucho cariño. ¿Qué va a pensar de ti? A él le parece bien que estés acá, así yo no estoy tan sola todo el tiempo. A él le preocupa eso, que yo esté sola, por eso también me llama todas las noches y se impacienta cuando no contesto, cuando llego tarde.
––¿Y usted qué prefiere, un amante hombre o una mujer?
––¡Beeh!, la verdad no me interesa nada de eso, que pasen las cosas y ya, además yo quiero seguir así, sin nadie, no quiero que nadie me joda la vida, ¿te imaginas que Juan Pablo se viniera a vivir acá? ¡Uy no no no, yo no sé qué haría con ese señor todo el tiempo encima, jodiendo por todo! Lo mejor sería que le saliera ese doctorado que quiere hacer en Europa y me dejara a mí acá, sola. Claro que ahora que vives acá no me siento tan sola, para nada, tú me haces muy buena compañía, Gabi, bizcocho.
Ella me abrazó y yo pegué la nariz a su cuello, y entonces me besó, se levantó y la vi alejarse, y al ver su espalda y sus nalgas redondas estuve a punto de decirle que no se fuera, que durmiéramos juntos, pero ella cerró la puerta y se encerró en su cuarto.
Varios días después decidí renunciar. ¡Qué carajos!, igual ya no estaba ganando un peso, era más lo que gastaba en buses, yendo de un lado a otro de la ciudad. Llamé a mi papá y le conté mi decisión, y le dije que obviamente me iba a poner a buscar un trabajo serio, las ventas se habían acabado para mí. A él le pareció bien y me dijo que mientras pudiera me iba a seguir ayudando económicamente. Luego hablé con mi mamá y le conté lo de mi renuncia y le dije que iba a buscar trabajo y que si no conseguía me iba a poner a escribir la novela, y ella me dijo, cuando se aseguró de que mi papá no la oía, que eso estaba muy bien pero que tenía que ahorrar, que mi papá estaba muy endeudado y se estaba gastando toda la plata en lo del alpinismo, que a ella en cambio sí le tocaba usar la misma ropa siempre. En ese momento se calló. “Espera”, me dijo, y alcancé a oír a mi papá que le decía algo (sonaba a regaño o a orden, por supuesto), y ella le contestó con impaciencia que todavía estaba hablando conmigo. Así estaban las cosas en mi casa.
Al día siguiente me fui a celebrar y estuve toda la tarde con Eduardo bebiendo y fumando marihuana. Estábamos en un bar del Centro y a eso de las diez de la noche llegó Mónica, la estudiante de psicología que Eduardo se estaba comiendo. Como los vi muy románticos decidí largarme para el apartamento. Llegué y vi a Mara despierta en la sala. Todas las luces estaban encendidas.
––Gabi, gracias a Dios llegaste, imagínate que me estaba viendo en televisión una película de terror… era coreana o japonesa, no sé… ¡Jueputa, se me olvidó el nombre!... Era de fantasmas, Gabi, de una vieja que se moría y perseguía luego al man que la había traicionado y al final lo volvía loco, ¡Dios mío, Gabi, estoy muy asustada!... Déjame dormir hoy contigo, ¿sí?... ¿Y eso con quién andabas, estás borracho?
Esa noche, cuando tuve a Mara a mi lado y estaba acariciando sus piernas y chupando sus pezones, me dije a mí mismo ¡a la mierda! y empecé a meter mi verga erecta en su vagina, ella gimió un poco y yo empezaba a moverme ya cuando susurró en mi oído lo que me pareció una advertencia o una invitación:
––Gabi, estoy ovulando.
Se lo saqué y de un salto me bajé de la cama y busqué un condón en los cajones de la ropa. Al fin encontré uno, y cuando intentaba rasgar con los dientes el empaque me di cuenta de que estaba perdiendo la erección. Mara estaba acostada de espaldas a mí. Empecé a besarle el cuello y el pelo mientras intentaba poner el puto condón en mi verga flácida. Ella se volteó y me atrajo hacia sí, y de vez en cuando bajaba la mirada hacia mi pelvis. Después de por lo menos cinco minutos en los que lo único que logré fue sudar como un caballo, me dijo:
––Gabi, acuéstate. Tengo sueño.
Nos abrazamos bajo las cobijas pero era tal el calor que ella me dio la espalda y al rato yo hice lo mismo. La cabeza me daba vueltas y pensé mil cosas durante un tiempo (mi situación económica, los problemas en mi casa, la novela que seguía en veremos, etc.). Luego me quedé dormido.
Siempre he creído que la noche siguiente ––esa larga noche de viernes y la madrugada del sábado–– me cambió por completo. No sabría explicar qué fue lo que cambió, pero algo sin duda murió en mí, y lo hizo para siempre. Por lo menos, es algo que hasta el día de hoy no he logrado recuperar. Tal vez perdí la fe. Tal vez me enfrenté con una verdad que a mis veintidós años creía superada.
¿Me creía acaso inmune a ese lado oscuro de la “vida auténtica” (de la que hablaban Miller y Lawrence) que supuestamente perseguía? ¿Me creía inmune a la red inextricable que la realidad tejía en torno a mi cuerpo y a mi alma? Yo esa noche esperaba a Mara. Por supuesto que la esperaba, como siempre. Leía el Purgatorio de Dante, una versión en prosa, y había dejado la puerta de mi cuarto abierta. Sentí ese aire opresivo de los días previos, esa atmósfera fantasmal ––por ridículo que suene–– y mi pulso se aceleró. A eso de las diez y treinta el teléfono sonó y corrí a contestarlo. Era Juan Pablo. Le dije que no, que Mara no había llegado. Me dio las gracias, hablamos un par de cosas más y colgó. Luego volví a mi cama y ya no pude leer más. Me fui al cuarto de Mara y prendí el televisor, estuve cambiando canales un rato largo, vi un programa de entrevistas estúpido, vi la noticia de un bus que había atropellado a un niño de cuatro años, vi el discurso de Uribe donde hablaba de su apoyo a la invasión norteamericana a Irak, vi un video de Britney Spears, y luego me quedé un rato en un canal peruano donde estaban pasando Poltergeist doblada al español. Sentí estortijones durante la escena en que se oye por primera vez la voz de la niña desaparecida en el televisor con estática, así que apagué el aparato, fui al baño a cagar y luego regresé a mi cuarto.
Eran las doce y treinta. Apagué la luz e intenté dormir, pero era inútil. Me asomé por la ventana. Veía la calle de acceso al conjunto, oculta parcialmente por los árboles cuyas ramas filtraban la luz de las lámparas y creaban sombras retorcidas en el asfalto. Estaba vacía, a excepción de un carro que estaba parqueado al lado de la portería de ingreso, en un área particularmente oscura. Me quedé mirándolo y noté que había alguien en su interior. Luego me percaté de que eran dos personas en los asientos delanteros, que a veces se acercaban y se fundían en un solo bulto negro. Imaginé que eran un hombre y una mujer. Me quedé durante más de media hora observando atentamente el vehículo, buscando ver mejor a sus ocupantes, esperando a que alguno de ellos se bajara. Pero eso no ocurrió y me acosté de nuevo bocarriba y miré las sombras que ahora se agitaban en el techo dibujando enjambres de ojos y manos.
No supe en qué momento me dormí. O tal vez no lo hice y permanecí en un estado de aletargamiento, como drogado por el miedo que roía mi estómago.
Me despierta el ruido de la puerta principal al abrirse. Miro el reloj: van a ser las cuatro de la mañana. Mi corazón late con fuerza. Oigo voces, murmullos. Una de las voces es la de Mara. La otra es la de un hombre. Voy hasta la puerta cerrada y me agacho e intento pegar mi oreja al espacio que hay entre el piso y la puerta. Siento el frío del piso en mi cara. Intento controlar mi respiración para que no me oigan. Ellos dos están en la sala y siguen hablando en murmullos. Oigo a Mara reír, oigo su voz en un susurro de serpiente, y me siento completamente desconectado del mundo, como si yo no tuviera lugar en él, como si todas las cosas de las que estoy seguro se escurrieran entre mis dedos como arena. Mara entra en su cuarto y siento que la otra persona entra en el baño (en mi baño). Luego ambos regresan a la sala. Hablan un rato, en voz muy baja y espaciada. Pero más tarde no los alcanzo a oír bien y eso me pone peor, sólo escucho intermitentemente lo que parecen ser gemidos muy leves, suspiros, roces de piel, ropas que se estrujan, risas en sordina. Siento que algo revienta en mi pecho y me llena de humo por dentro.
¿Cuánto duró aquello? Al rato (¿una hora tal vez?) no se oye nada más. Decido por fin abrir la puerta e ir hasta el baño. Las luces están apagadas. Miro hacia la sala pero desde allí no alcanzo a ver a nadie. Prendo la luz del baño y me miro en el espejo. Mi piel está más pálida que de costumbre. No me gusta lo que veo, no me gusta esa cara en el espejo, esas ojeras, esos ojos muertos y aterrados, la joroba incipiente. Orino y regreso al cuarto, y decido ponerme la sudadera y salir a trotar, como lo hago a veces en la madrugada. Cuando paso por la sala veo a Mara y al hombre (¿Cristian?) acostados en el sofacama desplegado, arropados con la misma cobija. Abro la puerta y salgo a la calle. Hace frío. No ha amanecido aún. Siento un fuerte dolor en la sien derecha, como si una masa viviente estuviera gestándose ahí. Corro, corro durante media hora, durante una hora, quiero irme lo más lejos que pueda.
Regresé al apartamento a eso de las ocho de la mañana. Mara dormía sola en el sofacama. Entré al baño y me duché. Después me puse ropa limpia y fui hasta la sala.
––Mara ––la llamé.
Ella despertó con un suspiro, de muy mal humor.
––¿Qué fue?
––Mara. Yo me voy a ir.
––¡Dios santo…!
––Tengo que irme, Mara. Voy a buscar dónde vivir, y apenas consiga me voy.
––Mira, Gabriel, no te pongas así…
––No pasa nada, tranquila. Sólo tengo que irme.
––Pufffff… Bueno, tú verás… Déjame dormir ahora, ¿sí?
Me fui a mi habitación, dejé la puerta abierta y me senté en la cama. Recuerdo que estuve un largo rato allí sentado, con la luz del cuarto apagada y las cortinas corridas, simplemente mirando en la semioscuridad el afiche de la película Pearl Harbor que había en la pared y que Mara había puesto ahí unos días antes de que yo llegara. Ben Affleck besaba a Kate Beckinsale y a su alrededor había varios bombarderos japoneses sobrevolando los portaviones norteamericanos. “Qué horror de película”, pensé vagamente. Tal vez movía mi cuerpo rítmicamente atrás y adelante, como hago a veces cuando no quiero o no puedo pensar. Luego sentí a Mara caminar por el pasillo y la vi entrar en su cuarto arrastrando las cobijas, entrar en el baño, salir al cabo de unos minutos y acostarse en la cama. Desde donde estaba sólo lograba ver un bulto bajo las cobijas, que tal vez eran sus pies y que a veces se movían. Me acosté también e intenté dormir. Pensaba en mi vida, en la vida que había llevado en Cúcuta durante mi adolescencia, en tardes en las que también me la pasaba tirado en la cama pensando en Paola o viendo televisión o leyendo libros de autoayuda o escribiendo mala poesía. Sentí que todo se repetía, que después de unos meses de paz volvía a caer en el mismo agujero. Me levanté y entré en el cuarto de Mara y me senté en un rincón. La miré dormir. De vez en cuando recordaba en oleadas la noche anterior y decía “puta” en voz muy baja para que ella no me oyera. No sé cuánto tiempo pasó, tal vez una hora, tal vez dos, y Mara se despertó y me vio allí sentado e hizo un gesto de asombro y luego de completo desagrado.
––¿Qué pasa…? Gabi, acuéstate, ¿sí?
––Está bien, Mara, sólo quería estar acá un rato, no la voy a molestar.
––Ven, acuéstate aquí conmigo si quieres.
Ella se volvió a acostar, de espaldas a mí. Luego de unos minutos me levanté y me acosté a su lado, mirando el techo, sin dormir.
Cuando despertó le dije que lo sabía todo. Le dije que sabía que ella había culiado con el Cristian ése, que los había oído. Ella lo negó todo el tiempo, dijo que habían estado tomando y que él la había acompañado al apartamento porque estaban muy pichos y que se habían acostado a dormir en el sofacama, y que eso era todo. Dijo que ella había dormido con él porque no tenía suficientes cobijas para arroparlos a los dos, él en la sala y ella en el cuarto, y que tampoco quería dormir con él en el cuarto de ella. Le dije que no habían entrado al cuarto de ella justamente porque queda muy cerca del mío y era mucho más fácil que yo los oyera.
––¡Jueputa, Gabriel!, y tú por qué me estás amargando la vida, ¿ah?, ¿acaso nosotros tenemos algo? ¿Estás enamorado de mí o qué?
––No, no, yo sé que no ––dije al borde de las lágrimas.
––¿Entonces qué es la vaina, Gabriel? ¿Por qué mierda me celas? Ni siquiera Juan Pablo hace esto, ¿sabes?, nunca me ha celado ni con Cristian, ni con mis amigas, ni contigo, ¿y tú te vas a poner en esas?
––No sé que me pasa… Mara, mire, yo no soy celoso. No sé qué pasa, hay algo en este apartamento… una presencia, algo, usted misma me lo ha dicho. Yo… me tengo que ir y ya.
––Cuáles que irte.
––Sí, Mara, lo voy a hacer… no tengo un peso, no tengo trabajo… en donde mis papás andan mal de plata, pero algún apartamento o alguna pieza tengo que encontrar. En menos de un mes ya no voy a estar acá.
––Meehhh… Haga lo que quiera, entonces.
––Mara, perdóneme. En serio no sé qué es esta mierda.
Al mediodía me fui y me encontré con Eduardo y estuvimos toda la tarde juntos (no le conté nada), y cuando regresé al apartamento, de noche, Mara trabajaba en el computador y en el sofá estaba sentada Claudia, la mejor amiga de Mara, a la que había conocido hacía algunos meses y con la que nos habíamos besado y manoseado en un par de ocasiones.
Esa noche por fin tiramos, Claudia y yo. Mi rendimiento no fue el mejor debido a que llevaba más de 32 horas sin dormir, pero igual la cosa estuvo aceptable, y Claudia durmió a mi lado mientras Mara dormía sola en su cuarto.
––¿Ves, Gabriel, que a mí si no me importa que tú te culees a las viejas que quieras, que no te jodo por eso? ––me dijo al día siguiente, acostada a mi lado.
De ahí en adelante nos la pasábamos peleando por cualquier maricada, por mis platos sin lavar, por la ropa que yo dejaba colgada más tiempo del necesario en las cuerdas del cuarto de la lavadora, por las gotas de orín en la taza del inodoro, etc. Incluso me dijo que si no me marchaba me iba a tener que subir el arriendo porque los servicios le estaban llegando muy caros. Un par de noches volvimos a manosearnos, pero Mara parecía ausente y yo prefería entonces dejarla tranquila. Casi todas las noches llegaba tarde, y yo dejé de esperarla.
Una tarde estaban en la sala Cristian, Claudia y Mara, y reían a carcajadas (sobre todo Mara), y yo me encerré en el cuarto y al rato sentí que salían del apartamento, y para poder descansar en paz, para no sentir de nuevo la angustia espantosa de la otra noche, me fumé un porro y traté de dormir. Lo logré, medianamente. Ya tarde los sentí entrar y desperté, corrí hacia la puerta cerrada y pegué mi oreja en la madera, y por lo que alcancé a oír pude comprobar que Cristian se quedó a dormir en la sala, mientras Mara y Claudia se encerraban en el cuarto de Mara. Volví a mi cama y quedé profundo.
Los últimos días Mara parecía obsesionada con Carolina, su compañera de la universidad. Hablaba mucho de ella, de las ganas que tenía de traerla al apartamento y de hacerla sentir lo que el esposo ya ni siquiera se esforzaba en darle.
––Cuando culean, y eso es muy raro, el tipo se hace encima, la penetra un ratico, se viene y luego le da la espalda y se queda dormido. Antes no era así, antes se demoraba harto y la besaba mucho y la tocaba y la hacía venir, pero ahora parece haber perdido la arrechera, la trata como a una caca y lo único que hace para compensarla es llevarla seguido al Andino a comprarle ropa cara y zapatos, y eso a ella la pone feliz pero no es suficiente, para nada, por ahí tiene un tinieblo y está bueno y el tipo le gusta pero no es suficiente, no lo quiere, dice, así que yo le propuse que viniera y se quedara acá conmigo todo un fin de semana, que yo iba a comprar un consolador y a metérselo y a hacerla venir todas las veces que quisiera, y a ella le está sonando.
Pero no me gustó para nada que Mara me dijera eso, no quería estar en ese puto apartamento cuando trajera a Carolina. Así que, al no encontrar nada que pudiera pagar en La Candelaria, que era donde quería vivir, llamé al amigo de una prima que vivía solo en Centro Nariño y alguna vez me había dicho que podía arrendarme la habitación que estaba vacía en su apartamento (la verdad es que ahí dormía el perro), y él me dijo que listo, que no había problema, que cuando quisiera me pasara. Llamé a mi papá y le conté mi decisión, pero no le gustó ni cinco.
––¿Por qué no me consultó antes, ah? ¡Usted no puede andar cambiando de casa cada dos, tres meses! ¡Parece un gitano ya! ¿Por qué no se espera unos mesecitos mientras consigue algo mejor y consigue trabajo?
––No, papá, yo me tengo que ir de acá cuanto antes.
––¿Pero qué es lo que le pasa? ¿Lo están tratando mal allá o qué?
––No, todo está bien. Pero necesito irme. Tengo que irme de acá.
––¡Mire a ver! ––gritó, y colgó el teléfono.
Empecé a pasar hambre. Esa última semana almorcé corrientazos baratos y apestosos cerca del apartamento, no desayunaba y de noche comía mogolla con tinto. No quería pedirle a Mara que me regalara comida. Por esos días una amiga me consiguió un trabajo que no tenía nada que ver con la ingeniería, iba a ser una especie de archivador y digitador del sistema de calidad en una empresa de ingenieros consultores. Es decir, yo iba a trabajar de secretaria a las órdenes de un grupo de ingenieros más o menos de mi edad. ¡A la mierda!, igual acepté. No podía darme el lujo de no hacerlo. Pero iban a pasar por lo menos quince días antes de recibir mi primer sueldo, que dejaba mucho que desear. Aparte de eso mi papá no me hablaba, en mi casa se habían quedado sin dinero y las cosas entre mi mamá y él andaban de mal en peor.
Pero me sentía eufórico porque me iba a largar de esa mierda de apartamento cuyo olor dulzón ahora me desagradaba por completo, como si el lugar estuviera repleto de todos los fantasmas que Mara había traído con ese puto portal que había abierto y que se tragaban todo el aire respirable, como si ella misma succionara la vida de los que la rodeábamos y fuera necesario escapar, escapar de ella y de sus fantasmas (como ya lo había hecho Juan Pablo).
La víspera de la mudanza Mara y yo conversábamos en su cama. Era casi la medianoche. A pesar de todo me sentía en paz con ella. Quería entenderla, quería aceptarla. Se puso a hablar de María Paula, en medio de los bostezos.
––Ella está siempre conmigo, siempre, siempre… la recuerdo cuando me levanto, pienso en ella antes de dormir, sueño con ella todas las noches… La verdad es que nada me importa, Gabi. Lo único que quiero es desdoblarme para verla, para jugar con ella, para cantarle, y no me importa si un día de estos no regreso, si muero, si Juan Pablo llega una tarde y encuentra mi cuerpo pudriéndose ya… Estoy completamente vacía… Ya no amo a nadie, ni siquiera a Juan Pablo… Menos mal te vas, Gabi, porque quiero volver a estar sola, no voy a arrendarle a nadie más ese cuarto… voy a estar sola y cuando venga Juan Pablo lo voy a atender y voy a estar con él todo el tiempo y le voy a dar culo… y voy a darle un beso de despedida cuando se vaya de nuevo… y así, hasta que se largue a Europa o a donde… se le dé la gana… y yo luego… me voy a quedar acá… sola… sola con m…
Cerró los ojos y suspiró. No dijo nada más. Me quedé contemplándola mientras dormía, sentado en el suelo y con mi cabeza apoyada en la cama, muy cerca de la suya. En ese momento le deseé lo mejor. Deseé que tuviera una vida feliz.
Inhaló con fuerza por la boca como si se estuviera ahogando ––con un gemido largo y profundo–– y abrió los ojos. Parecía volver de un lugar imposible, a millones de años luz de distancia. Me miró como si el alma le entrara de nuevo al cuerpo. Me miró horrorizada.
––Gabriel… vete a tu cuarto… ve y duermes, ¿sí?
© Jorge Mario Sánchez, 2009.